Categoría: Libros

  • Ellas, nosotras, nuestro reflejo

    Ellas, nosotras, nuestro reflejo

    Una de las grandes ventajas de pasar horas manejando es que te da tiempo de pensar en muchas y variadas cosas. Podés hacer planes, escuchar libros, cantar sin mesura, escuchar los ruidos del mundo o, simplemente, dejar que el tren de pensamientos se descarrile. Hace un par de mañanas venía para el trabajo y cruzó por mi mente un recuerdo totalmente aleatorio que me hizo tener la necesidad de escribir acerca de él.

    Supongo que tiene que ver que hace poco terminé «Bailando al borde del mundo«, de Ursula K. Le Guin, libro hermoso a ratos, divertido, retador y del que todavía no estoy lista para hablar con detalle porque no he terminado de digerirlo.

    El recuerdo viene de otra lectura, en particular del análisis que hice en la universidad sobre esa lectura. En tercer, cuarto o quinto semestre de Letras leímos «Los de abajo», de Mariano Azuela y recordé que uno de mis comentarios al libro fue que me había parecido machista porque no tenía personajes femeninos (o algo en esa línea). Hace todos esos años lo más probable es que no tuviera conmigo todos los argumentos para explicar mi punto de vista o que no usara los términos correctos. Lo cierto es que la licenciada de Alonso me dijo que mi comentario no era válido porque se trataba de un libro que retrataba una época y que era fiel a ella, que incluso había sido escrito antes de que el machismo y feminismo fueran «un tema».

    Yo me lo tomé así, lo entendí perfectamente, porque si somos completamente estrictos, es así. No podemos acusar de machista a un libro por no representar mujeres, en particular cuando se trata de una historia de la revolución mexicana y los protagonistas son los hombres que pelearon esas batallas y pasaron a la historia con sus dolores, sus derrotas, sufrimientos y victorias. Es más, me centré en rigores académicos y me acostumbré a ver el mundo de la literatura en esos términos, dejé de pelear esa pelea que no podía ser válida.

    Quizás lo que no tenía claro en ese momento y que tengo un poco mejor definido ahora es que la literatura, en particular la que se sigue enseñando en las universidades y se sigue considerando clásica, como bien afirma Le Guin en su libro, es una literatura de hombres, donde los protagonistas son hombres, los héroes son hombres (porque la heroína es una droga). El mundo está contado desde sus miradas, con sus preocupaciones y sus perspectivas y si logramos identificarnos con ellos, pues en hora buena y si no, no importa porque no es para nosotras.

    Sé que ese hecho innegable me ha llevado a buscar los libros escritos por ellas, las historias que se cuentan con más en mente que la precisión histórica, porque la Historia (con h mayúscula y rigor académico) la cuentan ellos, la construyen ellos. También me ha hecho cuestionar por qué escribo, qué quiero escribir.

    “…éste es un mundo en donde lo primero que una ve es a una mujer, una madre, escribiendo. En la costa, a orillas del mar, al aire libre, ¿es allí donde escriben las mujeres? ¿No en una mesa, en un escritorio? ¿Dónde escribe una mujer? ¿Cómo es ella escribiendo, cuál es mi imagen, la imagen de ustedes, de una mujer escribiendo? Pregunté a mis amigos y amigas: “Una mujer escribiendo: ¿qué es lo que ven?”. Habría una pausa, luego los ojos se iluminarían, viendo. Algunos me remitieron a cuadros –Fragonard, Cassatt– pero la mayoría de ellos resultaron ser cuadros de una mujer leyendo o con una carta, no realmente escribiendo o leyendo la carta sino mirando por encima de ella con ojos perdidos: ¿Volverá él alguna vez? ¿Recordé apagar la olla con la comida? Otro amigo respondió vigorosamente: “Una mujer escribiendo está tomando un dictado”. Otro dijo, “Está sentada en la mesa de la cocina, y los niños gritan”. La hija de la pescadora, Ursula K Le Guin

    Ellas, que escriben

    Cuando estaba en la universidad escribía sin hacerme preguntas, por esa necesidad que surge cuando tenés 19 años y estás viva y te enamorás y te rompen el corazón y eso. Las preguntas llegaron después, así como esa necesidad de encontrarme en las líneas de alguien que no fuera yo misma. Las preguntas llegaron cuando dejé de ver el mundo desde la pelusa en mi ombligo.

    Tuvieron que pasar más de veinte años para que recordara que alguna vez me quejé en voz alta de que un libro me pareció machista (cosa que no volví a hacer) y que eso me pareciera un hecho relevante, no porque la crítica académica lo considere un argumento poco válido, quizás porque ahora le pido más a los libros que leo o porque ahora puedo elegir los libros a los que les dedico tiempo. Mis lecturas ahora dependen de mi criterio y no de un currículum que algún señor pensó que era el más adecuado.

    Hay autoras a las que les debo cartas de amor, cartas de agradecimiento por los libros que escribieron, por los mundos que crearon y por las ventanas que abrieron para que yo y muchas como yo, no sintamos que nuestras líneas son irrelevantes. Para que deje de pensar que mi forma de ver el mundo y mi necesidad de explicarlo desde las letras es un esfuerzo vano.

    Quizás no escribo tanto como debería y puedo culpar a 120 factores totalmente válidos y razonables, pero sigo acá, ocupando un espacio en el mundo de la literatura. No me siento a escribir en la playa, con la mirada perdida en el horizonte, lo hago en los ratos que puedo robarle a las responsabilidades que me dan dinero para pagar la renta. Leo y escucho libros y, de vez en cuando, recuerdo que escribir es lo que quiero hacer con mi vida. Agradezco la oportunidad de ver a la que fui años atrás y comprender que he aprendido mucho en este tiempo, que aún me falta mucho por ver y aprender.

  • Libros malos y lectores terribles

    Libros malos y lectores terribles

    Todo el que haya leído un libro ya tuvo lo oportunidad de toparse con un libro malo y la mejor forma de saberlo es si recuerda algo de esa lectura o no. Hablo de esos libros que son incapaces de conmovernos, de decirnos algo que se nos quede pegado en las ideas, de hacernos sentir aunque sea el enojo por estar peleándonos con sus páginas.

    De todos los libros que he leído hay dos que catalogo como malos. Uno es «El corazón de piedra verde«, de Salvador de Madariaga y el otro es «El mercader de café», de David Liss. Ambos son novelas históricas y que yo diga que son malos solo me sirve como contrapeso de otros libros que me parecen muy buenos. En ambos casos considero que los autores los escribieron con cierto desprecio hacia sus propios personajes y la historia que están contando. Madariaga lo hace de forma condescendiente al describir ciertas actitudes y Liss lo hace al despreciar el producto que su protagonista vende. Si alguien me pregunta de qué tratan les puedo dar una idea general, pero lo cierto es que con el paso del tiempo me olvidé de sus tramas y de los detalles que podrían enriquecer mi memoria de la lectura. Eso es lo que creo que los hace particularmente malos.

    Yo siempre he creído que para cada libro hay un tiempo. Que uno puede llegar demasiado joven a «La tregua», de Benedetti y que la entiende mejor cuando es un poco mayor. Uno puede llegar con la cabeza muy ocupada a «Rayuela», de Cortázar y disfrutarla más con las ideas en calma. Creo que uno debería darle segundas oportunidades a algunos libros, porque negarnos a ese segundo encuentro nos hace lectores terribles. Bueno, yo también soy del tipo que lee hasta el final del libro aunque lo esté odiando todo el camino porque creo que los libros pueden reivindicarse incluso con el último párrafo. Algo así me pasó con «Madame Bovary», porque uno tiene que vivir el aburrimiento de la pobre mujer para entenderla.

  • Cuando leo algo de ellas

    Alguna vez pasé por las aulas de la Facultad de Humanidades de la USAC y leí todo lo que me decían que tenía que leer para sacar la licenciatura en Letras y leí algunas otras cosas más. De esos tiempos guardo algunos recuerdos arbitrarios que me vienen a la mente cuando tengo un libro escrito por una mujer y debo decidir si quiero leerlo o no. Alumnos de un año superior al que yo cursaba hicieron un seminario sobre la literatura femenina hispanoamericana contemporánea (cuyas representantes para ese tiempo eran Isabel Allende, Marcela Serrano, Laura Restrepo, entre otras) y algunas de sus conclusiones fueron que esas autoras eran feministas o decían representar al feminismo, pero siempre situaban la acción de sus relatos en la cocina o hacían que sus protagonistas fueran esposas, madres. Esa poca correlación entre el discurso y la forma de retratar a sus personajes me pareció atroz, así que me cuidé mucho de no leer a esas señoras durante un buen tiempo.

    Una de esas mañanas en que salía temprano de clase fui a parar con un amigo a la Alianza Francesa para ver una documental sobre Farinelli il castrato, después de la cual tuvimos una discusión sobre las mujeres y su rol en el arte y terminamos preguntándonos si era posible que un hombre supiera mejor cómo debía ser representada una mujer. Tiempo después leí Pubis angelical, de Manuel Puig y Pájaros de playa, de Severo Sarduy y llegué a creer que ellos sabían representar mejor a los personajes femeninos que muchas de las escritoras latinoamericanas con su feminismo y todo, quizás porque supe identificarme mejor con la Siempreviva de Sarduy que con la Clara de Allende.

    Muchas lecturas y muchos autores después, he dejado algunos de mis prejuicios y entro a buscar en los libros lo que las historias quieran darme. Ya no espero que un autor, solo por ser hombre, me hable sobre la naturaleza masculina, o que una mujer, solo por ser mujer, me hable de la naturaleza femenina. Ahora me dejo arrastrar por las páginas de algunos relatos, sintiendo que el autor o autora es capaz de ver un detalle en el alma humana, del que tiene que contar algunas cosas importantes. Así dejé que Laura Restrepo me sorprendiera con Delirio, que yo diría es una novela contada de forma muy femenina y por ello no me sorprende que no le guste a muchos hombres; así dejé que Carmen Matute, Denise Phé-Funchal y Lorena Flores me dijeran algunas cosas de mí misma o que Jessica Masaya me contara cómo puede haber diosas decadentes. Así dejé que Miranda July me sedujera con sus historias tan simples y tan perversas.

    Si empecé a hablar de estos libros y de autoras y su visión del mundo, es porque a veces encasillamos a los escritores y esperamos que si son indígenas nos hablen de sus pueblos o si son mujeres, nos hablen sobre maternidad, menstruación y asuntos por el estilo. Contar historias es un asunto complicado, lograr el retrato de esa parte del mundo que queremos contar, convencer a los lectores para que se dejen llevar a nuestras historias o poemas es un fenómeno maravilloso, así que ahora, cuando tengo un libro en mis manos y estoy tratando de decidir si leerlo o no, le doy el beneficio de la duda, no le pido más de lo que me puede dar y lo abandono si es pretencioso y no logra mi complicidad.

  • El aleph, Jorge Luis Borges

    El aleph, Jorge Luis BorgesLos libros son, entre muchas otras cosas, los momentos en que los leemos. Para mí El aleph es un viaje en bus urbano por la séptima avenida de la zona 9, desde la oficina en que trabajaba hacia la universidad. Era de tarde e iba sentada del lado derecho junto a la ventana, en el relato había un hombre que descifraba la escritura de dios en los dibujos de la piel de un jaguar y tuve que levantar la vista para terminar de asimilar cierta fascinación por la historia. Muchas veces antes había fracasado en mis intentos por comprender los cuentos de ese tal Borges del que tanto hablaban mis amigos. Los libros son, también, el recuerdo de la gente con que  hablamos de ellos. Mi tío me hizo ver la genialidad de este autor que te cuenta cómo un hombre se obsesiona con una moneda de lo más vulgar y corriente cuando otros en el pasado se obsesionaron con cosas más exóticas y mágicas como un tigre, el fondo de un pozo, un astrolabio, una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares en la aljama de Córdoba. Mi amigo el Valo me regaló una copia del libro y me dijo que hay demasiados alephs, que quizás alguna vez encontraría uno para saltar dentro. Ese libro se perdió de mi librera por unos ocho años y volvió en un momento inesperado, pero cuando me hacía falta. Los libros son, cada vez, la lectura que hacemos de ellos. La casa de Asterión es la explicación que del cuento nos dio María del Carmen de Alonzo en clase y las explicaciones que ahora le doy a mis alumnos cuando se animan a explorarlo conmigo. Los libros son aquello que sentimos al leer, así uno de mis cuentos favoritos es La busca de Averroes que me hizo reír en voz alta, aún cuando no recuerdo qué fue exactamente.

  • Vida de perros, Isol

    Vida de perros, IsolAmo que el perro se llame Clovis, que el niño juegue con él a enfriarse la lengua y que no esté tan seguro de que no pueda convertirse en perro para estar todo el tiempo con su mejor amigo. Tuve este libro en mis manos por primera vez en la sección infantil de la sucursal del Fondo de Cultura Económica que queda en la zona 9 de la ciudad de Guatemala. Debe haber sido un sábado por la tarde o cerca del mediodía y la historia me capturó, tanto así que lo he regalado varias veces, a niños y a gente grande que todavía puede entender lo maravilloso de esta historia.

    Hoy me enteré de que a Isol le dieron el Premio Memorial Astrid Lindgren y eso me puso muy feliz,  porque me gusta que los libros que me gustan le gusten a más personas y eso haga que les den premios, y porque Astrid Lindgren era la autora de Pippi Långstrump (“Pipi Medias Largas”) y debe ser un tremendo orgullo que le den a uno un premio con el nombre de un escritor que creó personajes tan importantes en la vida de millones de niños.

  • Querido Miguel, de Natalia Ginzburg

    Querido Miguel, Natalia GinzburgNo tenía muchos recuerdos de la primera vez que leí esta novela hace unos cinco años. Sólo sabía que Miguel muere, de hecho, pensaba que muere al principio de la historia y fue bastante sorprendente ver que no es así. No creo arruinarle a nadie el final si les cuento ese detalle, porque la muerte de Miguel es algo más que esa acción en sí misma.

    En la película The hours, hay una escena en la que el esposo le pregunta Virginia Woolf por qué debe morir el poeta en su novela, Virginia le contesta que es un contraste, él debe morir para enseñarnos a todos los demás el valor de la vida. Creo que la muerte de Miguel me dejó un sentimiento similar, cuando él muere los demás personajes interiorizan su propia nostalgia y tienen algún tipo de respuesta a si la felicidad existe o no en el mundo. Al final de la novela a uno le queda esa noción de que Miguel era sólo el pretexto que los hacía buscarse unos a otros, el nexo que unía esas vidas. Miguel se convierte en el catalizador de los anhelos de los otros, es el ancla que les da un sentido de unión.

    Es una novela cuya lectura recomiendo porque usa la técnica epistolar, con lo que logra que uno se encuentre en medio del drama de personajes que no ven su propia existencia como drama alguno.

  • Seda, de Alessandro Baricco

    Seda, Alessandro BariccoDicen que la presentación de Seda, de Alessandro Baricco fue hecha por una actriz que leyó el texto de principio a fin en un teatro. Puedo imaginar el sonido de su voz al leer en voz alta, me hubiera gustado estar ahí. Seda es una novela corta, su narración muchas veces está en la frontera entre la prosa y la poesía, entre la poesía y el teatro. Hay personas que la encuentran parca, simplista, yo encuentro que tiene la cantidad justa de palabras, ni una más, ni una menos.

    Dicen que los textos de Baricco son mágicos, que envuelven al lector con una narrativa que trata temas que pudieran parecer ligeros o “leves” con una visión tan espontánea y reveladora que hace de su lectura algo delicioso, saboreable. Yo admiré su capacidad de síntesis, le basta un párrafo para contarnos el viaje desde un pequeño pueblo de Francia hasta el fin del mundo, es decir, hasta ese Japón que era tan inimaginable para los europeos de la época.

    No he visto la película, pero tengo ganas de ver cómo personificó Alfred Molina a Baldabiou y sus juegos con el manco. Seda es una de esas novelas que dejan mucho a la imaginación para que uno complete la historia con su propia historia.

  • La elegacia del erizo, de Muriel Barbery

    La elegancia del erizo, Muriel Barbery«tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes

    Con La elegancia del erizo me pasó algo que me pasa pocas veces con los libros, se ha vuelto una de mis referencias recurrentes. No sé si sea porque encuentro representaciones de la portera por todos lados o porque hay libros de filosofía que me la recuerdan un poco. Lo cierto es que se ha convertido en una especie de compañía necesaria en algunas conversaciones. Uno puede leer esta novela y discutir con la autora sobre su visión de la fenomenología, puede acompañar Renée en sus lecturas clandestinas y en su amor por el té de jazmín o puede saber a qué se refiere exactamente la niña cuando habla de la pecera.

    Sé que una de las críticas que le hacen a la novela es que aborda temas filosóficos complejos pero, a final de cuentas, participar de ellos, conocerlos, interesarse, debatirlos o dejarlos de lado, es tarea de cada lector. Me pareció un libro dulce de leer, con un final que a veces he querido cambiar porque me dolió, pero que tengo ganas de leer de nuevo, de recomendar de nuevo, de comentar de nuevo.

  • Noticias del impero, Fernando del Paso

    Noticias del imperio, Fernando del PasoHay tanto por decir de Noticias del imperio, pero como su autor ya dijo bastante en las mil doscientas páginas que conforman la novela, usaré algunas palabras de María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira como conclusión, porque ella fue memoria viva y temblorosa, una memoria incendiada, vuelta llamas, que se alimenta y se abrasa a sí misma y se consume y vuelve a nacer y abrir las alas. Porque ella tenía alas de águila: que se robó de una bandera mexicana. Alas de ángel que le crecieron por imaginar a Maximiliano. Porque ella no era nada si no inventaba sus recuerdos. Porque Maximiliano no sería nada si no lo inventan los sueños de ella, que le dice:
    Cómo te hubiera gustado, sí, Maximiliano, que yo te abriera las piernas una y muchas veces más para satisfacer tus deseos inmundos. No lo hice, y no me envenenaste la sangre, pero bastó que te conociera, bastó que te amara alguna vez, para que envenenaras mi vida”.
    Este libro es un esfuerzo enciclopedizante, del Paso quiere contarlo “todo”. En los capítulos impares tenemos a Carlota, que se volvió loca después de la muerte de Maximiliano, que pasó 60 años entre recuerdos y desvaríos, y cuyas palabras nos llegan desde la imaginación exaltada de un escritor que la convirtió en el centro de su novela. En los capítulos pares está la historia, esa que no está menos loca, pero que tomamos más en serio porque nos enseña a reírnos un poco de nosotros mismos. Ahí aparece Benito Juárez, Napoleón III y el imperio en un país que aunque ya se había independizado  no era libre. (más…)
  • Ciudad de cristal, de Paul Auster

    Ciudad de cristal, Paul AusterUn escritor se convierte en detective. El autor aparece como personaje. Hay un hombre que quiere descubrir el lenguaje de Dios y en ese proceso encierra a su hijo en la oscuridad durante años. Al final el detective que antes fue escritor recupera el oficio y su libro termina cuando se terminan las hojas en su libreta. No es un libro fácil porque Auster no hace concesiones. Es un libro hermoso porque en él las calles de Nueva York se convierten en laberintos.