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  • Las suicidas

    Las suicidas

    La muerte es un tema común en la literatura y depende de cada autor desarrollarlo para que sea glorioso o terrible. Esta semana quiero hablar de algunas mujeres que se han quitado la vida en las páginas de novelas clásicas y no tan clásicas. Es demasiado tarde si usted no quería saber que Emma Bovary y Anna Karenina le dan fin por sí mismas a una vida de pasiones, enamoramientos y fantasías. Que Hanna, la mujer mayor que tiene una relación con un jovencito en “El lector” (de Bernhard Schlink), se quita la vida un día antes de salir de prisión.

    En realidad no me da pena contarles sobre estos tres casos porque cuando uno lee una novela con este tipo de protagonistas, sabe que todo va a terminar en tragedia; ellas no están hechas para vivir felices por siempre. Lo importante de estas mujeres no es su muerte, sino la forma en que vivieron su vida. Anna, Emma y Hanna se quitan la vida al final de la historia, con ellas terminan las posibilidades, lo que fue y lo que ya no pudo ser. Las dos primeras dejan hijos que tendrán un futuro incierto y el lector hasta puede sacar algún tipo de moraleja cuando termina la novela. Para entender la muerte de Emma uno tuvo que haber sufrido con ella el tedio de su vida al lado de un doctor rural. Para entender la muerte de Anna uno tuvo que saber lo que fue estar casada con Karenin y haber perdido la oportunidad de vivir con Alexei. El caso de Hanna es distinto, la muerte de esa mujer que aprendió a leer por sí misma le deja a uno más preguntas que respuestas, ¿habría podido ser feliz después del juicio, de su papel en la guerra, de su soledad analfabeta?

    Hay casos de suicidas mucho más jóvenes, como Paloma de “La elegancia del erizo”, la pequeña de 12 años que ha decidido quitarse la vida al cumplir 13, justo antes de abandonar la infancia y entrar en el mundo de esos adultos que viven como en una pecera. Ella habla de morir cuando no ha empezado su vida y no puedo decirles acá si lo logra o no, porque es una novela que vale la pena leer.

    Al final, también hay casos de escritoras suicidas que se vuelven personajes, así le pasa a Virginia Woolf en la pluma de Michael Cunningham en “Las horas”. Ella le deja a su esposo una carta de despedida cuyo final resume que fue más importante su vida: Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

  • Cuatro

    Cuatro

    Hay cuentos a los que uno llega por una hermosa casualidad, por uno de esos azares del destino que hacen que uno esté en el lugar justo, en el momento preciso. Yo llegué a Roy Spivey mientras iba en el carro oyendo un podcast de la sección de narrativa breve de The New yorker. David Sedaris se disponía a leer este cuento de Miranda July cuando dijo que en su vida había una diferencia entre el antes y el después de leerlo; después de escucharlo, yo creo que en mi vida también existe esa diferencia.

    Miranda July nos da pocos detalles de su protagonista; conocemos tan pocas cosas de ella que ni siquiera nos enteramos de su nombre. Sabemos, eso sí, que es insegura, que dos veces en la vida se sentó al lado de un famoso en un avión, que es alta y, a pesar de ello, vulnerable. “En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1.80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas”.

    La autora nos da un detalle más. A mitad de la narración nos habla de las dificultades que tiene esta mujer para vivir, por plantearlo de alguna manera. Puede quedarse detenida a mitad de su sala durante horas, sin reunir las fuerzas necesarias para el siguiente movimiento, hasta que se encuentra con Roy Spivey, el actor que encarna a un espía en el cine, y él le da ese número que le sirve de talismán. “Y entonces recordé el número. Lo saqué de mi bolsillo. Lo había escrito encima de una foto de cortinas rosadas. Estaban hechas de una tela diseñada originalmente para los transbordadores espaciales; cambiaban de densidad en reacción a las fluctuaciones de la luz y el calor. Vocalicé en silencio todos los números y entonces dije el último en voz alta. ‘Cuatro’. Me pareció arriesgado e ilícito. Grité: ¡CUATRO! Y caminé con facilidad hacia la habitación. Me puse el camisón, me lavé los dientes y me fui a la cama. En el transcurso de mi vida he usado ese número muchas veces”.

    Quizá lo que más me gusta del cuento son todas esas preguntas que no contesta; saber que incluso el poder del cuatro es limitado o que los protagonistas pueden parecerse a nosotros y nosotros a ellos.

  • Los caminos de los hombres y las aves

    Los caminos de los hombres y las aves

    Un comentario previo: hace dos años trabajé en el periódico Siglo 21 y empecé con esta serie de columnas sobre literatura, llamé a mi columna «Comelibros». Cuando dejé de trabajar con ellos le acreditaron los textos a otra persona, solo en un par de casos me devolvieron el crédito. Por ello decidí publicarlas acá, porque aunque a ellos no les importe, a mí me importa que mi nombre acompañe mis comentarios.

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    Hola: Antes de empezar con la primera columna de la serie Comelibros, quiero explicar de qué se tratará este proyecto. Me llamo Adelaida Loukota Estrada, alguna vez trabajé en una librería que estaba sobre la Reforma en la 14 calle de la zona 10 y durante diez años dirigí discusiones de clubes de lectura en una biblioteca. Amo los libros, y ahora que ya no me pagan por leer, lo que más extraño es dedicarle tiempo a hablar de lecturas, así que este espacio estará consagrado a presentar mis ideas sobre libros y lo que pensé al leerlos, más que a escribir reseñas o críticas literarias.

    El primer libro del que hablaré será El mundo como flor y como invento, de Mario Payeras, porque marcó una época de mi vida. Es el texto que seleccioné para mi tesis cuando terminé la Licenciatura en Letras en la Usac, algunas de sus ideas me acompañan todos los días y ese me parece un buen criterio para saber si un libro es bueno. Los lectores recordamos aquellos libros que dejaron una huella profunda en nuestra forma de ver la vida, esos a los que recurrimos cuando queremos explicar algo.

    Así, cuando camino al trabajo y veo algún pájaro volando comprendo que nuestros caminos no se cruzarán de nuevo, porque La vida de un pájaro no siempre es suficiente para coincidir dos veces con los circunstanciales itinerarios del mismo hombre. Idea que me produce cierta nostalgia, porque es definitiva y por las pocas posibilidades que tendría yo de reconocer a un zanate específico si me lo topara otro día en un parque o en la terraza de la oficina. Admito que también le he dedicado algún tiempo a imaginar hacia dónde irá después esa ave, cuál será su invisible ruta de navegación.

    En los nueve relatos que conforman el libro hay temas que el narrador aborda reiteradamente, imágenes con las cuales nos explica que el tiempo no es más que otro invento del hombre y que la naturaleza no sigue nuestros itinerarios, que tomará posesión de todo lo que el hombre olvide o abandone. Sin embargo, también nos regala personajes maravillosos como el guacamayo cuya sabiduría se redujo a la certeza de que la materia está llena de pájaros y de que estos tienen caminos innumerables. De ahí las infinitas posibilidades de olvido. O un maestro músico que se dio cuenta de que en el orden y en la sucesión de la música hay mucho de las costumbres de los números; que la música es una matemática de los sentimientos y que para expresar el movimiento de las  cosas en el espíritu se hacen necesarios números que fluyan.

  • Cuando leo algo de ellas

    Alguna vez pasé por las aulas de la Facultad de Humanidades de la USAC y leí todo lo que me decían que tenía que leer para sacar la licenciatura en Letras y leí algunas otras cosas más. De esos tiempos guardo algunos recuerdos arbitrarios que me vienen a la mente cuando tengo un libro escrito por una mujer y debo decidir si quiero leerlo o no. Alumnos de un año superior al que yo cursaba hicieron un seminario sobre la literatura femenina hispanoamericana contemporánea (cuyas representantes para ese tiempo eran Isabel Allende, Marcela Serrano, Laura Restrepo, entre otras) y algunas de sus conclusiones fueron que esas autoras eran feministas o decían representar al feminismo, pero siempre situaban la acción de sus relatos en la cocina o hacían que sus protagonistas fueran esposas, madres. Esa poca correlación entre el discurso y la forma de retratar a sus personajes me pareció atroz, así que me cuidé mucho de no leer a esas señoras durante un buen tiempo.

    Una de esas mañanas en que salía temprano de clase fui a parar con un amigo a la Alianza Francesa para ver una documental sobre Farinelli il castrato, después de la cual tuvimos una discusión sobre las mujeres y su rol en el arte y terminamos preguntándonos si era posible que un hombre supiera mejor cómo debía ser representada una mujer. Tiempo después leí Pubis angelical, de Manuel Puig y Pájaros de playa, de Severo Sarduy y llegué a creer que ellos sabían representar mejor a los personajes femeninos que muchas de las escritoras latinoamericanas con su feminismo y todo, quizás porque supe identificarme mejor con la Siempreviva de Sarduy que con la Clara de Allende.

    Muchas lecturas y muchos autores después, he dejado algunos de mis prejuicios y entro a buscar en los libros lo que las historias quieran darme. Ya no espero que un autor, solo por ser hombre, me hable sobre la naturaleza masculina, o que una mujer, solo por ser mujer, me hable de la naturaleza femenina. Ahora me dejo arrastrar por las páginas de algunos relatos, sintiendo que el autor o autora es capaz de ver un detalle en el alma humana, del que tiene que contar algunas cosas importantes. Así dejé que Laura Restrepo me sorprendiera con Delirio, que yo diría es una novela contada de forma muy femenina y por ello no me sorprende que no le guste a muchos hombres; así dejé que Carmen Matute, Denise Phé-Funchal y Lorena Flores me dijeran algunas cosas de mí misma o que Jessica Masaya me contara cómo puede haber diosas decadentes. Así dejé que Miranda July me sedujera con sus historias tan simples y tan perversas.

    Si empecé a hablar de estos libros y de autoras y su visión del mundo, es porque a veces encasillamos a los escritores y esperamos que si son indígenas nos hablen de sus pueblos o si son mujeres, nos hablen sobre maternidad, menstruación y asuntos por el estilo. Contar historias es un asunto complicado, lograr el retrato de esa parte del mundo que queremos contar, convencer a los lectores para que se dejen llevar a nuestras historias o poemas es un fenómeno maravilloso, así que ahora, cuando tengo un libro en mis manos y estoy tratando de decidir si leerlo o no, le doy el beneficio de la duda, no le pido más de lo que me puede dar y lo abandono si es pretencioso y no logra mi complicidad.

  • El aleph, Jorge Luis Borges

    El aleph, Jorge Luis BorgesLos libros son, entre muchas otras cosas, los momentos en que los leemos. Para mí El aleph es un viaje en bus urbano por la séptima avenida de la zona 9, desde la oficina en que trabajaba hacia la universidad. Era de tarde e iba sentada del lado derecho junto a la ventana, en el relato había un hombre que descifraba la escritura de dios en los dibujos de la piel de un jaguar y tuve que levantar la vista para terminar de asimilar cierta fascinación por la historia. Muchas veces antes había fracasado en mis intentos por comprender los cuentos de ese tal Borges del que tanto hablaban mis amigos. Los libros son, también, el recuerdo de la gente con que  hablamos de ellos. Mi tío me hizo ver la genialidad de este autor que te cuenta cómo un hombre se obsesiona con una moneda de lo más vulgar y corriente cuando otros en el pasado se obsesionaron con cosas más exóticas y mágicas como un tigre, el fondo de un pozo, un astrolabio, una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares en la aljama de Córdoba. Mi amigo el Valo me regaló una copia del libro y me dijo que hay demasiados alephs, que quizás alguna vez encontraría uno para saltar dentro. Ese libro se perdió de mi librera por unos ocho años y volvió en un momento inesperado, pero cuando me hacía falta. Los libros son, cada vez, la lectura que hacemos de ellos. La casa de Asterión es la explicación que del cuento nos dio María del Carmen de Alonzo en clase y las explicaciones que ahora le doy a mis alumnos cuando se animan a explorarlo conmigo. Los libros son aquello que sentimos al leer, así uno de mis cuentos favoritos es La busca de Averroes que me hizo reír en voz alta, aún cuando no recuerdo qué fue exactamente.

  • Querido Miguel, de Natalia Ginzburg

    Querido Miguel, Natalia GinzburgNo tenía muchos recuerdos de la primera vez que leí esta novela hace unos cinco años. Sólo sabía que Miguel muere, de hecho, pensaba que muere al principio de la historia y fue bastante sorprendente ver que no es así. No creo arruinarle a nadie el final si les cuento ese detalle, porque la muerte de Miguel es algo más que esa acción en sí misma.

    En la película The hours, hay una escena en la que el esposo le pregunta Virginia Woolf por qué debe morir el poeta en su novela, Virginia le contesta que es un contraste, él debe morir para enseñarnos a todos los demás el valor de la vida. Creo que la muerte de Miguel me dejó un sentimiento similar, cuando él muere los demás personajes interiorizan su propia nostalgia y tienen algún tipo de respuesta a si la felicidad existe o no en el mundo. Al final de la novela a uno le queda esa noción de que Miguel era sólo el pretexto que los hacía buscarse unos a otros, el nexo que unía esas vidas. Miguel se convierte en el catalizador de los anhelos de los otros, es el ancla que les da un sentido de unión.

    Es una novela cuya lectura recomiendo porque usa la técnica epistolar, con lo que logra que uno se encuentre en medio del drama de personajes que no ven su propia existencia como drama alguno.

  • Siddartha, de Herman Hesse

    Siddartha, Herman HesseSiddhartha narra la historia de un hombre y su búsqueda.

    Él no busca tesoros en las profundidades del océano, no busca el camino para descubrir parajes maravillosos, ni siquiera busca el amor de una mujer. Él busca descubrirse a sí mismo; comprender la esencia de su ser e iluminarse (casi nada, digamos).

    Lo hemos acompañando en una parte de su camino. Hasta ahora ha sido hijo de un brahmán, samana, comerciante, discípulo. ¿Llegará el momento en que sea Siddhartha?, ¿encontrará lo que busca?

    Por lo pronto les dejo algunos términos que nos pueden ayudar para profundizar en la lectura:

    Brahmán:

    Conviene distinguir la divinidad Bráhman (con mayúscula) del brahmán o sacerdote, quien —dentro del sistema hindú de castas— es superior a los otros tres grupos:

    2) chatrias : guerreros y políticos

    3) vaisias : campesinos / vaqueros y comerciantes, y

    4) sudras : esclavos.

    Veda:

    Se denomina Vedas a los cuatro textos sánscritos que forman la base del extenso sistema de escrituras sagradas del hinduismo.

    La palabra veda es el origen de la palabra española ‘verdad’ (especialmente entendida como conocimiento revelado). En sánscrito literalmente significa «¡conoce!».

    Los textos védicos se desarrollaron dentro de lo que se denomina la cultura védica, basada en castas (varna o color) y aśrāmas (etapas de la vida).

    Samanas:

    Los Samanas son hombres de alma religiosa, meditadores, que viven al acaso, con poco o nada, y que sobreviven en su mansa peregrinación con lo que hallan en el camino.

    Y pueden leer algo sobre Siddhartha Gautama en Wikipedia

  • Con pasión absoluta, de Carol Zardetto

    Con pasión absoluta, Carol ZardettoMi vida está suspendida. Con exasperación me percato de que no tengo voluntad para reinventar mi propia historia. El pasado abre su enorme boca, me traga. Quise borrarlo y, ahora comprendo, me miraba de regreso con su intangible reflejo. Huí de él, como una necia de su sombra. Un hilo largo se va desenredando… y ya no sé si son sus palabras o las mías en el recuerdo.

    (Con pasión absoluta, Carol Zardetto. Página 69)

    Una mujer vuelve a su casa después de mucho tiempo. Encuentra a su abuela enferma, al padrastro con el que no se lleva bien, la huella de la muerte de su hermano, la huella de su infancia y de la infancia de su madre, de su abuela. Una mujer que quiere escapar, estar en cualquier otro sitio, aunque no sabe cuál.


    Una mirada a la historia de un país, a sus dictadores, a sus terratenientes y a sus conflictos. Desde luego que es parcial, porque solo es una mirada de todas las miradas que forman la historia, solo es una voz dentro del coro que conforma el pasar de los años en una sociedad que a veces no vemos bien porque estamos demasiado cerca de ella.

  • Bestiario, de Julio Cortázar

    Bestiario, Julio Cortázar

    • En el ensayo Incesto y espacialización del psiquismo en «Casa Tomada de Cortázar» , se plantea que el cuento Casa tomada aborda el tema de una relación incestuosa entre los protagonistas. La progresión en dicha relación y su relación directamente proporcional con la “ocupación” de la casa hasta que se van de ella.
    • Con respecto a este cuento también abordamos la sensación de angustia que propicia la atmósfera para que ambos hermanos terminen por irse de la casa. Además, hablamos de que la casa es tomada por algo abstracto, no por un ente concreto.
    • Con Carta a una señorita en París, Edmundo nos comentó sobre la necesidad casi neurótica de Cortázar de escribir y su paralelismo con vomitar conejitos.

    • Comentamos acerca del personaje central que era un hombre al que le costaba adaptarse al mundo y en especial a la vida en el apartamento de su amiga, que era tan ordenado y tan hecho a la medida de ella.

    • Con Lejana nos enfrentamos a la cuestión del doble o del otro yo. Descubrimos que finalmente no se trataba de dos mujeres, sino de una sola que tenía una doble y que era capaz de sentir lo que sentía la otra. Hablamos, además, de la “reversibilidad” del texto, es decir, de cómo invierte a los personajes al final, lo que nos da una idea de que la que estaba lejos también sentía lo que sentía la argentina.

    • Ómnibus nos trasladó de manera alegórica al sentimiento de rechazo por ser diferentes que sienten los personajes. Nos introdujo en una atmósfera llena de hostilidad que nos hizo comentar las formas de solidaridad entre las minorías y las formas de discriminación tan absurdas que pasan a veces en la vida.