En otra vida me pagaban por leer. Todavía me cuesta un poco decir esa frase y no sentir la nostalgia por el tiempo de los clubes de lectura y esa sorpresa un poco pueril por no seguir en ese tipo de trabajo y porque han pasado demasiados años desde mi tiempo en la Biblioteca LVM.
Desde que perdí unos años de entradas de este blog he estado encontrando retazos de cosas que he escrito y de experiencias en este mundo surrealista de la literatura guatemalteca. Hoy traigo dos textos que rescaté del blog de la biblio, uno es la ponencia sobre mi trabajo con los clubes y el otro es el recuerdo de la experiencia de presentarlo en un panel donde ese trabajo fue ninguneado por una señora que muchos años después sería ministra de educación.
La ponencia: El gusto de leer en compañía, experiencia de los clubes de lectura de la Biblioteca Ludwig von Mises
La Biblioteca Ludwig von Mises, de la Universidad Francisco Marroquín se formó con 1,500 libros en 1971; por aquel entonces cumplía con la misión de proveer a los estudiantes de la Universidad con el material bibliográfico necesario para sus estudios. Ahora, con 37 años de experiencia y más de 60,000 volúmenes, busca motivar la curiosidad intelectual a través del uso creativo y responsable de los mejores recursos de información. Sin embargo, ser una institución con una amplia colección de libros, con los mejores recursos digitales, con revistas y películas, no es su fin último. Una biblioteca solo está completa cuando los usuarios se acercan a ella y la convierten en parte de sus vidas.
Nuestra biblioteca no es para uso exclusivo de los estudiantes de la UFM, está abierta al público en general y las personas que trabajamos en ella hacemos grandes esfuerzos para acercar los libros a aquellos que los necesitan, los lectores. A partir de esta idea, en febrero de 2006 se fundaron los primeros dos clubes de lectura; ahora nuestro proyecto cuenta con 5 grupos permanentes y algunos proyectos de temporada como el Club del terror, todos ellos están abiertos al público en general y son gratuitos.
Cada grupo del club de lectura es distinto, tiene su propio carácter, intereses y lecturas. Comparten la misma dinámica, durante las reuniones elegimos un libro, por votación en la mayoría de los casos; tenemos establecido leer un promedio de 70 páginas a la semana, aunque ello depende del libro; luego cada quien consigue su libro, lee lo acordado y llega a la reunión de la semana siguiente a discutir con base a lo leído o a escuchar las opiniones de los otros si decidió no leer. Cada miembro del grupo recibe un correo electrónico con un resumen de la reunión y un recordatorio de lo que se leerá para la semana siguiente. Algunas veces recibimos visitas de autores o expertos en un tema relacionado con el libro leído; otras veces, vemos una adaptación al cine del libro o una película relacionada con éste.
En cuanto a las reuniones, tipos de lectura y lectores, hay para cubrir muchos gustos y necesidades. Tenemos reuniones semanales en algunos casos y quincenales en otros. Tenemos clubes temáticos como el de Ayn Rand, que pretende leer las obras más emblemáticas de esta autora; clubes que van eligiendo sus libros según el ánimo del día o las recomendaciones de amigos, por lo regular dentro del ámbito de la novela y el cuento, aunque unos siguen un tema específico como novela histórica o autores hispanoamericanos y otros navegan por los amplios mares de la literatura universal y van de los clásicos a los contemporáneos. Tenemos lectores que han encontrado una buena manera para compartir sus opiniones, los que han recuperado un amor perdido, los que han descubierto a un amor inimaginable y los que aún le buscan un sentido a la lectura.
Una vez que establecí el contexto institucional, creo necesario hablar un poco de mi propio contexto, solo para contar la historia completa. Debo aclarar que terminé trabajando con los clubes por la certeza de mi amor a la lectura y las ganas de contagiar a otros con él. Mucho antes de comprender que éste sería mi trabajo ideal estudié literatura en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos, participé en talleres de poesía, empecé a tomarme en serio el escribir poesía, compartí libros e interminables charlas con amigos, organicé eventos culturales, estuve en algún proyecto editorial silvestre e independiente, dediqué mi tiempo a las más variadas lecturas y a largas temporadas sin tocar un solo libro y trabajé en Sophos, librería en la que heredé mi primer club de lectura. Leíamos una novela quincenal con alumnas de cierta escuela de lectura rápida. Fue en esas reuniones de sábado por la tarde que comprendí que los clubes son uno de los mejores canales para compartir lecturas con personas que no pretenden más que disfrutar de los libros y aprender de ellos en el camino.
Los lectores que se acercan a los clubes no suelen necesitar de la academia y sus teorías, solo necesitan un camino para encontrar aquellos libros inolvidables. Ellos, necesitan ordenar su lista de lecturas, tener alguien que hable el mismo idioma para compartir lo que leyeron, para hablar del libro que amaron u odiaron. Y ya en ese tono, si me lo preguntaran, terminaría por confesar que mi primer amor fue Mafalda, y luego todo Quino. Si me dijeran que no haga trampa, que diga cuál fue el primer libro sin dibujitos del que me enamoré, diría que fue Guayacán, de Virgilio Rodríguez Macal. Porque creo que Virgilio sabía lo que hacía. Porque me parece imposible no enamorarse de Valentín Ochaeta; porque recuerdo a los chicleros, a los contrabandistas de piel de lagarto, a Nicté y su gusto por la pasta de dientes, a las ruinas de una antigua gran civilización y la lucha del hombre por fundar su propia gran existencia; porque me parece importante recordar ese tipo de detalles de una novela que leí cuando tenía 16 años. Por fortuna ésta no será una confesión firmada de mis experiencias de lectora desvelada. Ésta es una historia más rica y basta, es la historia de un amor recuperado, de un amor transformado, de un amor descubierto por personas que lo creyeron perdido, estático, imposible.
Si cada libro es un mundo, cada lector es el creador de infinitas posibilidades para esos mundos, el problema con la lectura es que hemos olvidado la parte hermosa de leer y enamorarnos de nuestras libros. Si lo vemos a ojo de buen cubero, solo invertimos nuestro tiempo en actividades importantes; vemos televisión, vamos al super, hacemos cuentas, vamos al centro comercial y caminamos largos minutos porque no encontramos el carro. Pero, ¿qué pasaría si dedicáramos quince minutos diarios a leer?, digamos antes de dormir o en la cola mientras esperamos que los niños salgan del colegio o en la cola del banco. ¿Llegaremos a algún lado leyendo por ratitos?, ¿será que la lectura, como el ejercicio, es acumulativa? Y luego, ¿será necesario dedicarle algún tiempo a comentar lo que leemos?, ¿a reflexionar sobre la vida, obra y milagros de personajes de ficción?
Yo sé que en el mundo hay gente que lo hace; gente que lee diez o veinte o treinta páginas diarias y se reúne con cierta periodicidad a comentar sobre lo que leyeron. Es gente que ha creado, desde hace algún tiempo, una nueva versión para su historia de amor con los libros. Basan dichas historias en su experiencia, en sus objetivos particulares, en la lectura que cada uno hace del mismo libro. Algunos son miembros de clubes de lectura, quizás de clubes en línea como el de Oprah; otros se reúnen una vez al mes en la casa de alguna amiga; incluso hay quienes llegan una vez por semana a la Biblioteca Ludwig von Mises y comparten, enriquecen y amplían sus ideas sobre libros que muchas veces no imaginaron que iban a leer.
Hablo acá de los amores recuperados porque desafortunadamente hay épocas en la vida en las que dejamos de experimentar placer cuando leemos; ese placer que es como la cosquilla que siente quien hace una travesura y luego la cuenta. En algún momento la lectura se torna una carga pesada y abrumadora. Ya no nos importan los personajes y sus aventuras, de pronto es más importante “entender”, sacar buenas notas, hacer un resumen, entregar la tarea de literatura a la mañana siguiente, por cierto, de un libro que no entendimos ni disfrutamos; ésa es como la cosquilla de la angustia que siente el culpable antes de ser condenado. Cuando leer no nos produce placer alguno es mucho más fácil buscar otros medios para salir del aburrimiento y estrés cotidianos.
La experiencia de nuestros clubes de lectura es la suma de diversas experiencias. Se basa en la experiencia de cada uno de los individuos que conforman los grupos, en la experiencia de cada uno de los libros, en la experiencia de cada una de las visitas de autores o expertos que hemos recibido. Cada lector enriquece las discusiones con su visión personal de la lectura; también se da la oportunidad de leer libros que no leería en su zona de comodidad lectora, que muchas veces es no leer libro alguno o solo leer artículos de revistas. En estos dos años y medio nos hemos dado el lujo de leer libros “difíciles”, de leer libros que hemos odiado profundamente y de corazón. Nos hemos dado la oportunidad de abandonar lecturas y, ahora, sabemos que muchas veces es mejor la discusión cuando no nos gustó el libro a todos. Esos libros que le gustan a todo el mundo suelen ser más difíciles de comentar, no hay mucho que aportar cuando los lectores se encierran en un “sí, me gustó” y nada más.
Tenemos lectores con gustos diversos, están aquellos que sacan citas de los libros y las anotan en libretitas interminables; los que no se pierden detalle y complementan sus comentarios con una referencia del libro; aquellos que van al diccionario a buscar todas las palabras nuevas, las que no entienden o las que piensan que están mal usadas y que juzgan como malo un libro que no les aportó palabras nuevas. Tenemos lectores tímidos, que muchas veces prefieren escuchar las opiniones de los demás y a los investigadores que siempre complementan la lectura con artículos y datos curiosos.
Tenemos historias de amor a primera lectura, como nos pasó con Doce cuentos peregrinos o con 1421: el año en que China descubrió el mundo; tenemos historias con libros que hemos tenido que desentrañar, releer, repensar como Hombres de maíz o El aleph; tenemos historias fabulosas de libros que nos parecieron fatales, como El mercader de café o La mujer de mi vida. Hemos tenido aventuras con géneros distintos, desde el ensayo hasta la literatura fantástica y hemos encontrado novelas que ahora son nuestras enemigas personales, personajes a los que si encontráramos en una calle insultaríamos de buena gana y otros que aún nos hacen suspirar. En este tiempo hemos aprendido que la lectura no es más que la puerta por la que nos colamos a la vida privada de personajes que nos dejan ver una parte de sí mismos e identificar en ellos parte de nosotros mismos.
No creo que el camino haya sido especialmente difícil en estos años. Hemos aprendido mucho, eso sí. Hemos llegado a grandes descubrimientos que quizá son como el agua azucarada para los lectores expertos y académicos, pero que para nuestros lectores son puertas a horizontes cada vez más amplios. Es importante recordar que nuestros lectores se están recuperando de las garras de la desidia por la lectura, que nunca se han tomado la literatura como una carrera o como algo importante siquiera y, muchas veces, confiesan no haber leído nada después de Barbuchín en tercero primaria.
Descubrimos, cada vez que conocimos a un autor en persona o que navegamos por su biografía, que en realidad los novelistas son bastante mentirosos y no nos cuentan la verdad y nada más que la verdad; descubrimos que los personajes no son personas reales, que los narradores no suelen hacer retratos al calco de gente que es parte de su vida, que no son los escritores mismos. Conocimos pueblos que son producto de la imaginación de un escritor y que no nos parece posible que no existan en realidad. Aprendimos que hay hombres que pueden hablar con la voz de una mujer y hacer que nos olvidemos que estamos leyendo un libro escrito por ellos para pensar que estamos en una charla con una señora salvadoreña o con una francesa que le es infiel a su marido.
Logramos reconocer que hay un tiempo ideal para algunos libros, que en un momento determinado podemos amarlos y en otro podemos sentir que son la peor tortura para el ánimo. También comprendimos que hay autores que nos parecen pesados en cierta época y luego nos parecen maravillosos, que a veces, la diferencia entre odiar y amar las descripciones largas depende de nuestro cansancio del día. Conocimos el placer de darle una segunda oportunidad a algunos escritores de los que teníamos un mal recuerdo y luego nos parecieron maravillosos. Aprendimos a desligar la vida personal e ideología del autor, de la obra que estamos leyendo. Así García Márquez se ganó algunos amigos que había perdido hace tiempo por sus ideas políticas.
Cada seis meses hacemos convocatorias para que asistan nuevos miembros a los clubes y muchas veces recibimos como respuesta una pregunta: ¿qué necesito para ser parte de un club? Esta pregunta que encierra cierta angustia porque las personas piensan que no saben lo suficiente para opinar, creen que no pueden dedicarle tiempo suficiente al club, no saben qué se espera de ellos en cuanto a su nivel académico o su nivel de lectura. La respuesta es bastante simple y nuestros requisitos bastante alcanzables, nos basta con que la persona tenga ganas de leer, ganas de platicar o, por lo menos, ganas de vivir una aventura bastante más barata que tomar un crucero por las Bahamas; nos basta con que las personas tengan ganas de conocer una forma amable de leer.
A los clubes llega gente de todos lados, de muchos contextos y distintas edades; hay estudiantes, madres de familia, ingenieros, maestras, personas retiradas, psicólogos, ejecutivas, arquitectos, arqueólogos, poetas, doctores y locos. Y bueno, entre tanta variedad uno suele encontrar las más diversas opiniones y lecturas, siempre hay alguien que nos sorprende con una interpretación completamente distinta a la que hizo el resto del grupo. Uno de esos casos se dio con un libro en el que se narra una historia de amor entre un jovencito y una señora mayor. Por azares del destino la señora pasa muchos años en la cárcel, un día le dicen que va a ser liberada y el chico, que había pasado mucho tiempo sin saber de ella o hablarle, le ayuda a conseguir un apartamento y un trabajo. Un día antes de salir de la cárcel ella se suicida.
La mayoría pensamos que se suicidó por miedo al mundo, porque era mayor y le iba a tocar empezar de cero. Una señora nos dijo que no, que ella se había suicidado para castigar al joven. Ese nuevo punto de vista nos dio mucha tela para cortar en la discusión, nos propuso nuevos temas y posibilidades.
El que nuestro club reúna a personas de distintos contextos hace que nuestras discusiones sean ricas en recuerdos, experiencias y anécdotas. Hay que admitir que a veces la discusión se va por la tangente o que hay algún acaparador que necesita tener la última palabra; por suerte, también hay que admitir que siempre hay algún lector acucioso que nos hace regresar al libro y centrarnos en lo que el autor plantea, aunque sea para decir que el libro fue lo bastante malo para no merecer nuestra atención.
Esta variedad también hace que la elección de libros, en los grupos que la hacen al terminar cada lectura, dependa de las sugerencias e intereses de cada lector.
Tenemos lectores que prefieren cambiar radicalmente de tema, otros que prefieren leer libros que no han leído antes y aquellos que quieren compartir con el grupo a su autor o su libro favorito.
En esta dinámica los lectores han entrado en contacto con Kafka, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Tucídides, Umberto Eco, Cortázar, Borges, Henry Miller. Autores que les generaron cierta angustia al inicio, más cuando habían oído hablar de ellos y su fama los antecedía; o cuando se topaban con gente en la calle que no creía que alguien podía, de hecho, leer a esos escritores. Autores que les generaron cierto orgullo cuando terminaron el libro, más si el análisis en grupo se convirtió en un esfuerzo por no abandonar la lectura y tratar de entender en conjunto de qué se trataba ese laberinto ininteligible; e incluso les generaron cierto placer cuando descubrieron que no, no son tan difíciles e ilegibles como se los imagina uno.
También nos hemos topado con autores muy amables que nos presentan libros de los que seguiremos hablando por el resto de nuestros días. Así, La diabla en el espejo se ha convertido en el punto de referencia cuando hablamos de un lectura divertida y apasionante. El principito en un hermoso descanso después de una seria aventura con ciertos ensayos, una bocanada de aire fresco después de una lectura abrumadora. Alicia en el país de las maravillas, un juego para olvidarnos de las preocupaciones diarias. Caballeriza, una lectura de esas que no pudimos soltar hasta el final.
Hasta ahora he hablado un poco de los alcances cualitativos de los grupos en general, quizás porque hablar de cifras no se me hace la parte importante de los clubes. Sin embargo, puede ser interesante analizar algunos números para ejemplificar los logros cuantitativos de los grupos, porque estamos muy orgullosos de ser parte de ese pequeño porcentaje de guatemaltecos que leen; para ello haré una pequeña lista con algunos detalles de cada grupo, a fin de identificarlos y contextualizarlos.
Grupo de 12 a 1: se fundó el 8 de febrero de 2006. Se reúne los miércoles, de 12:00 a 1:00 p.m. Cuenta con 24 miembros activos. Leen novela y cuento.
Grupo de 2 a 3: se fundó el 8 de febrero de 2006. Se reunía los miércoles, de 2:00 a 3:00 p.m. Contaba con 9 miembros activos. Leían novela y cuento.
Grupo de los clásicos: se fundó el 26 de junio de 2006, por iniciativa de Giancarlo Ibárgüen, rector de la UFM. Se reunía quincenalmente los martes, de 5:30 a 6:30 p.m. Contaba con 21 miembros activos. Leyeron a los clásicos griegos.
Grupo de los martes: se fundó el 10 de julio de 2007, con los miembros del Club de los clásicos. Se reúne quincenalmente los martes, de 5:30 a 6:30 p.m. Cuenta con 9 miembros activos. Leen novela histórica.
Club de Rand: se fundó el 19 de julio de 2007. Se reúne los jueves, de 5:30 a 6:30 p.m. Cuenta con 46 miembros activos. Leen libros de Ayn Rand.
Grupo de introducción a la lectura: se fundó el 19 de febrero de 2008. Se reúne quincenalmente los martes, de 6:00 a 7:00 p.m. Cuenta con 9 miembros activos. Leen novela y cuento.
Grupo de autores hispanoamericanos: se fundó el 20 de febrero de 2008. Se reúne los miércoles, de 5:30 a 7:00 p.m. Cuenta con 8 miembros activos. Leen novela, cuento e historia de autores hispanoamericanos.

Los datos que muestra la gráfica están tomados desde la formación de cada grupo a junio de 2008. En ella se muestra la cantidad de reuniones, libros y páginas que han leído. Los primeros dos grupos, fundados en febrero de 2006, fueron el “de 12 a 1” y el “de 2 a 3”. El resto de grupos han aparecido y desaparecido en los dos años y medio que lleva el proyecto; algunos se han transformado, como el “grupo de los clásicos”, quienes leían clásicos griegos y cuando terminaron con la lista propuesta en un inicio decidieron leer novela histórica, ese grupo pasó a ser el grupo de los martes. Los grupos más nuevos son el de “Introducción a la lectura” y el de “Autores hispanoamericanos”, que empezaron en febrero de este año.
El incremento en la cantidad de páginas del “grupo de 12 a 1” es significativo entre 2006 y 2007, porque creía que no podía leer diez páginas diarias, es más, decían que solo les daba tiempo de leer diez a la semana. Supongo que a estas alturas está de más decir que no sólo leen más de su cuota promedio, ahora son más exigentes con sus libros, ampliaron sus criterios críticos y desarrollaron una identidad de grupo, así que se sienten libres de decir lo que piensan sobre los libros y las lecturas, sin miedo a la censura y sin necesidad de quedar bien con nadie.
Si esta historia debe tener algún final, espero que sea un final feliz. En las listas de correo electrónico tenemos inscritos en todos los grupos a unas 150 personas; no todos asisten a las reuniones, pero mantenemos ese contacto virtual. Espero que aquellos que dejaron de asistir a los clubes, por la razón que fuera, hayan seguido leyendo y buscando nuevas alternativas de libros y lecturas. Que su tiempo en los clubes les haya servido, aunque sea, para darse cuenta de que jamás en la vida van a volver a tocar un clásico griego, pero que vamos, los libros no son tan malos como se piensa y leer no es tan difícil cuando uno lo intenta.
Si mi historia debe tener alguna moraleja, creo que se relaciona con muchas de las preguntas que planteé al inicio. Todos podemos leer sin el afán de encontrarle un sentido a la vida, respuesta a las grandes inquietudes filosóficas que han desvelado a los humanos desde hace siglos. Todos podemos leer sin necesidad de obtener una calificación o un grado académico; podemos aventurarnos en libros a ratitos o imbuirnos por horas en la lectura. Creo de corazón que si, que la lectura es acumulativa, no estoy tan segura con el ejercicio.
Considero importante hacer énfasis en algunos puntos que mi experiencia lectora y la experiencia con los clubes me han confirmado con el paso del tiempo. Si bien la lectura es un acto solitario, comentar lo que leemos puede acercarnos a personas tan locas como nosotros, que no ven en los libros solo objetos de diseño, que se ven bonitos en las libreras. A personas que no los coleccionan porque son primeras ediciones o ejemplares raros. Nos dan la oportunidad de conocer a lectores que subrayan medio libro porque les parece que lo que el autor dice tiene algo de verdad o de mentira.
Hay libros para cada persona y una lectura que disfrutemos nos llevará a otra. No hay que amar a los clásicos porque son los clásicos, ni acercarse a la lectura porque es importante leer a los clásicos. Hay que amar primero a los libros y luego descubrir qué tienen de especial los clásicos esos, que los han hecho sobrevivir incluso por siglos.
En los clubes no calificamos la comprensión de lectura, muchas veces no sabemos si la gente leyó lo que había que leer o simplemente decidió ir a escuchar comentarios para ver si después le daban ganas de leer. Nuestras reuniones carecen de formalidad académica en el sentido estricto de impartir y recibir clases, aunque nos apoyamos en los académicos, libros de crítica y de teoría literaria e histórica para profundizar en ciertos detalles de los libros. Quiero aclarar que no nos tomamos las discusiones a la ligera, ni hacemos análisis superficiales de nuestras lecturas; sin embargo, no somos una clase de literatura ni dejamos “tareas”, si a algunos lectores les sirve pensar que van a su clase del miércoles, no es mi culpa. Nuestras reuniones se basan en un diálogo abierto y sincero que no busca convertir a nadie a ningún credo ni descubrir la verdad revelada. Buscan crear un ambiente en el que los lectores encuentren el espacio necesario para compartir opiniones y sus conocimientos particulares. Un punto importante en nuestras reuniones es descubrir si las personas disfrutaron la lectura. De ahí que una de nuestras preguntas tradicionales sea ¿qué les pareció el libro? No comenzamos con “¿les gustó el libro?” porque es una pregunta que limita las respuestas. Hacemos esa breve evaluación subjetiva de cada lector, porque es importante si les gustó o no para saber qué camino seguir en el diálogo posterior. Quizás de primera mano no les ha gustado el libro porque no han considerado el contexto de la obra o necesitan más tiempo para asimilar la lectura y entrar en la dinámica del libro. Digamos que para muchos de nosotros ha sido muy difícil la primera lectura de Hombres de maíz o de Cien años de soledad. Hincarle el diente a esos libros no siempre es fácil, pero el apoyo de otros lectores que se están rompiendo la cabeza a la par tuya es una ayuda invaluable.
Yo creo que los personajes de ficción son maravillosos, no solo porque surgieron de la mente de personas que tenían una historia que contar, un mundo que representar.
Creo que sí, que discutir sobre su vida, obra y milagros nos ayuda a entender un poco del mundo en que vivimos. Sólo después de Kafka comprendemos la sensación que hemos vivido cuando hacemos cola en la SAT, cualquier parecido con El proceso o El castillo es pura coincidencia. Sólo después de Dorian Gray podemos comprender la ansiedad que nos produce envejecer. Sólo después de La joven de las naranjas sabemos que las historias de amor son mágicas y que los padres pueden escribirle cartas maravillosas a sus hijos. Sólo después de Rayuela nos pueden dar ganas, no digamos de vivir en el París de aquellos años, de trabajar en un manicomio o en un circo y jugar con el diccionario.
Nuestra vida está llena de personajes que parecen salidos de la ficción. Una buena forma de sobrevivir a este mundo tan loco en el que vivimos es escapar dentro de un libro hacia mundos nuevos y desconocidos. Si le funcionó a Frank McCourt, que vivió en medio de la pobreza y la muerte, cómo no nos va a funcionar a nosotros, que tenemos tantas oportunidades para soñar y dejar que nuestros sueños se mezclen con las páginas de los libros.
Y para terminar, si usted no ha leído ninguno de los anteriores, dele una oportunidad a los que mencioné, puede ir a la inmensa biblioteca de Babel que la gente ha decidido llamar Internet o acérquese a su biblioteca más cercana. Incluso puede usar un método que no falla, consígase algún amigo que lea y secuéstrele los libros, claro, a condición de devolvérselos después y comentarlos.
Así empiezan los mejores clubes, entre amigos.
La experiencia de presentar la experiencia
(Escribí esto en julio de 2008, luego de haber presentado la ponencia).
Hace un par de días estuve en FILGUA, la Feria Internacional del Libro en Guatemala, que sirvió de marco para la Conferencia internacional sobre literatura centroamericana, en la cual se me ocurrió la brillante idea de presentar una ponencia sobre la experiencia de los clubes de lectura de nuestra biblioteca.
Tuve la oportunidad de compartir mesa con dos profesionales de la lengua y la literatura. Una de ellas fue mi maestra en la universidad y presentó su experiencia en el Instituto de Estudios de la Literatura Nacional (INESLIN), de la Universidad de San Carlos de Guatemala. A la otra señora la conocí ese día y su presentación hizo todo lo posible por hacernos sentir mal a los que vivimos en la ciudad, trabajamos, sabemos leer y tenemos acceso a los libros y a la cultura.
Después de tan grata conferencia las palabras de dicha señora han seguido haciendo ruido en mi cabeza. No sé por qué ella no tenía claro que literatura y alfabetización no son lo mismo, que saber leer no te otorga nada si no lees. No sé por qué se dedicó a quejarse. El punto es que yo, Adelaida Loukota, estoy bastante consciente de los problemas de mi país. Sé de sus índices de pobreza, analfabetismo, marginación de las áreas rurales, etcétera, etcétera, etcétera. También sé que yo no puedo solucionarlos. Yo puedo trabajar (y necesito trabajar para pagar la renta) en cosas que están más a mi alcance. Yo puedo venir a la biblio todos los días y tratar de convencer a algún incauto de que hay un libro muy bueno que espera ser leído por él. Yo puedo escribir de vez en cuando en este blog y recomendarles que se sumerjan en el inmenso placer de tal o cual lectura. Todos los días hago un esfuerzo por recuperar a lectores traumados de las garras de la desidia por la lectura.
Yo sé que no me voy a ir a un recóndito pueblito a alfabetizar a nadie. No digo que no lo haré nunca, pero por lo pronto prefiero hacer mi parte con la gente que no cabe en los grandes proyectos culturales porque sabe leer, trabaja o pudo darse el lujo de dejar de trabajar, aquella gente que puede comprarse libros y asistir a los eventos culturales de la ciudad, los que pueden dedicarle una hora a la semana a la reunión de un club de lectura. Yo prefiero dejarme de utopías y tener un proyecto específico, con un fin específico, en lugar de buscarle culpables a que los niños no puedan publicar libros con poemas en su lengua maya.
Bueno, una vez presentado mi punto, que sentí ninguneado y atacado por una señora que espero si pueda agarrar su mochila, subirse a un bus e ir a vivir a dicho recóndito pueblito para alfabetizar a niños indígenas (a menos que el abundante dinero de su esposo se lo impida); bueno, que espero que por lo menos tenga un proyecto específico, con objetivos específicos, que esté funcionando y que sea pagado por el abundante dinero de su marido y que se dedique a darle libros en su lengua maya a los niños, y que por ello piense que tiene alguna autoridad para pasar encima de los proyectos de los demás. Una vez liberado mi trauma, los invito a leer lo que escribí acerca de la experiencia de los clubes de lectura de la Biblioteca Ludwig von Mises.
20 años no es nada
Sí, sé que ya casi pasaron 20 años de esa ponencia y de esa experiencia. Ante la posible duda de ¿por qué no dejarlo ir? Diré que me veo en la obligación de compartirlo en este blog porque creo que mi experiencia con clubes de lectura es valiosa, quizás porque fue antes de que «fuera cool o mainstream». También porque creo que un club de lectura bien llevado es mejor que una clase obligatoria de literatura y que le haría mucho bien a los maestros de educación media para fomentar el hábito de la lectura en ellos mismos y en sus alumnos; y porque es uno de los temas que ahora, casi veinte años después, sigue apasionándome. Hablaré más al respecto en algún post por venir, pero ahora ya saben de dónde viene la cuestión.

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