Etiqueta: Mario Payeras

  • Los motivos del elefante

    Los motivos del elefante

    Me he preguntado muchas veces dónde reside la necesidad de tu vida en mis actos y la razón de que estando tú lejos, arda bajo la lluvia la pólvora de mi alma, le escribió Mario Payeras a Yolanda Colom en un tiempo cuando eran jóvenes y el amor estaba naciendo entre ambos. Muchos años después esos versos llegaron a mis manos en un pequeño libro llamado Poemas de la Zona Reina, que leí y leí hasta que podía recitar de memoria ese y otros poemas, porque las palabras me recordaban que existe la nostalgia. Llegué incluso a escribir esos dos primeros versos en el borde de la suela de mis zapatos, con un marcador indeleble, para que me acompañaran a cada paso del camino.

    Después de leer muchas otras cosas he vuelto a hacerme esa pregunta, ya no en relación con alguien que me recuerde mi condición de elefante (que ha vivido sin amor, que no olvida y que se avergüenza un poco de su propia ternura), sino con relación a la propia poesía, porque ¿quién necesita poesía en sus actos? Después de reflexionar un poco, creo que quizá esa no es la pregunta correcta, en especial cuando uno ha vivido experiencias conmovedoras con un poema. A estas alturas no les extrañará si les cuento que lloré con un poema de Gelman. Y que lloré con Cómo escupir fuego de Luis Chaves, a quien tuve que rastrear en Internet y escribirle para decírselo. Siempre me ha parecido maravillosa la capacidad que tienen algunos escritores de tomar una serie de palabras y provocar reacciones físicas con ellas.

    Yo no leo los libros de poesía en orden. Me gusta abrir una página al azar y ver qué es lo que el poeta guarda para mí; quizá encuentre preguntas de Sabines ¿Qué puedo con inteligentes podridos y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía? ¿Qué puedo entre los poetas uniformados por la academia o por el comunismo? O una sentencia de Pavese: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Puede pasar que Darío me asombre con la riqueza de ese rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes, porque nadie puede ser magníficamente rico si no tiene un rebaño de elefantes. O quizá no, quizá solo me encuentre con la historia de la Newtonian Girl, un poema que me hizo recordar por qué me gusta de la poesía un día en que ya le había perdido la esperanza, porque Nada es real hasta que lo lavas. Entonces no vuelve a ser lo mismo.

  • Los caminos de los hombres y las aves

    Los caminos de los hombres y las aves

    Un comentario previo: hace dos años trabajé en el periódico Siglo 21 y empecé con esta serie de columnas sobre literatura, llamé a mi columna «Comelibros». Cuando dejé de trabajar con ellos le acreditaron los textos a otra persona, solo en un par de casos me devolvieron el crédito. Por ello decidí publicarlas acá, porque aunque a ellos no les importe, a mí me importa que mi nombre acompañe mis comentarios.

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    Hola: Antes de empezar con la primera columna de la serie Comelibros, quiero explicar de qué se tratará este proyecto. Me llamo Adelaida Loukota Estrada, alguna vez trabajé en una librería que estaba sobre la Reforma en la 14 calle de la zona 10 y durante diez años dirigí discusiones de clubes de lectura en una biblioteca. Amo los libros, y ahora que ya no me pagan por leer, lo que más extraño es dedicarle tiempo a hablar de lecturas, así que este espacio estará consagrado a presentar mis ideas sobre libros y lo que pensé al leerlos, más que a escribir reseñas o críticas literarias.

    El primer libro del que hablaré será El mundo como flor y como invento, de Mario Payeras, porque marcó una época de mi vida. Es el texto que seleccioné para mi tesis cuando terminé la Licenciatura en Letras en la Usac, algunas de sus ideas me acompañan todos los días y ese me parece un buen criterio para saber si un libro es bueno. Los lectores recordamos aquellos libros que dejaron una huella profunda en nuestra forma de ver la vida, esos a los que recurrimos cuando queremos explicar algo.

    Así, cuando camino al trabajo y veo algún pájaro volando comprendo que nuestros caminos no se cruzarán de nuevo, porque La vida de un pájaro no siempre es suficiente para coincidir dos veces con los circunstanciales itinerarios del mismo hombre. Idea que me produce cierta nostalgia, porque es definitiva y por las pocas posibilidades que tendría yo de reconocer a un zanate específico si me lo topara otro día en un parque o en la terraza de la oficina. Admito que también le he dedicado algún tiempo a imaginar hacia dónde irá después esa ave, cuál será su invisible ruta de navegación.

    En los nueve relatos que conforman el libro hay temas que el narrador aborda reiteradamente, imágenes con las cuales nos explica que el tiempo no es más que otro invento del hombre y que la naturaleza no sigue nuestros itinerarios, que tomará posesión de todo lo que el hombre olvide o abandone. Sin embargo, también nos regala personajes maravillosos como el guacamayo cuya sabiduría se redujo a la certeza de que la materia está llena de pájaros y de que estos tienen caminos innumerables. De ahí las infinitas posibilidades de olvido. O un maestro músico que se dio cuenta de que en el orden y en la sucesión de la música hay mucho de las costumbres de los números; que la música es una matemática de los sentimientos y que para expresar el movimiento de las  cosas en el espíritu se hacen necesarios números que fluyan.