Se sube al carro dispuesta a terminar de escuchar el libro que ha traído y llevado durante días y días, por caminos de ida y vuelta. Cuando enciende el radio truena “karma chameleon” y es incapaz de quitarla hasta que, varios kilómetros después, el club de la cultura termina su interpretación. Ha venido pensando en que “karma is a bitch… only if you are”, y no está segura si ahora podrá seguir con el libro, si logrará ponerle atención a la historia de ese señor que le parece tan interesante. A pesar de que le parece tan interesante. Porque su mente ya se desvió por sendas que la llevan lejos del embotellamiento en que se metió por salir tarde. Quizás cantar en voz alta aliviaría la incertidumbre, repasar las declinaciones del dativo de rosa, sumar las placas de los carros rojos que van adelante, cualquier tren de pensamiento que le quite de la cabeza la idea de que las cosas le pasan porque no hace lo suficiente, porque no es suficiente. Hay días en que la música debería corresponder a un estado mental distinto, hay días en que toda la gente debería quedarse en su casa para que ella pudiera llegar a tiempo. Si alguna de las placas sumara 14 podría pensar en algún cuento de Borges y partir por una de sus infinitas puertas, cosa que es imposible porque al final tendría que sumar el uno y el cuatro, y no logra llegar muy lejos pensando en cuentos que tengan que ver con el 5. Se le termina el camino y solo tiene esa metáfora del karma y el camino como el continuo donde uno cosecha justo lo que sembró, espera que el regreso sea más productivo, espera terminar el libro y ya.
Autor: Adelaida Loukota
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una especie de flashback
A estas alturas de la vida no recuerdo si vi el final de Candy, sí sé que descubre que en realidad el tío abuelo William era Albert; también sé que no me la perdía, que cantaba la cancioncita del inicio y del final y supongo que sufría horrores con el drama. Hay un capítulo en que ella regresa al Hogar de Pony después de la muerte de Anthony, va subiendo a la colina y hablando con él (con su recuerdo) y le va enseñando todo lo que el canchito ya no pudo ver. Hoy venía manejando y después de virar arbitrariamente a la izquierda en una rotonda, empecé a subir la cuesta frente al Intecap, en la zona 4 y pensé que alguna vez podría contarle a alguien que ayudé al Homa a hacer la maqueta de su proyecto de graduación, que esa maqueta era un proyecto en ese terreno que queda en una colina y, bueno, me sentí un poco Candy con una voz en la cabeza que representa la nostalgia por el tiempo que fue. A veces le hago caso a ese narrador que habita en mi cerebro y que todo el tiempo me está dictando historias. A veces escucho esa voz que me habla de los días que se fueron, que me hace darme cuenta de lo autorefencial que soy. Sé que un día de estos vamos a ir juntos y te voy a contar historias que hablan de mí, que te van a dejar conocer quién era yo en ese tiempo en que no me conocías.
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La tarde anuncia otro aguacero
Me gustaría saber qué hacer con estas ganas de salir a buscarte, con este presentimiento que me dice que estás ahí afuera, esperando a que salga y te diga que te he extrañado, que te quiero, que te anhelo. Me gustaría saber qué hacer con los besos que te tengo guardados, con la ansiedad, con el miedo a no encontrarte; con el miedo a no tener fuerzas para buscarte de nuevo si no estás ahí. Me gustaría saber qué hacer con esta certeza de que esperás a otra, con esta certeza de tu necesidad por esa que no soy yo. La tarde anuncia gris que vienen gotas gordas que nos aislarán por un rato, que no dejarán que salga a saciar mis ganas de encontrarte, quizás para protegerme de la autoinmolación que es repetir tu nombre.
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De adentro hacia afuera
Empecé a escribir a mediados de los 90, cuando las canciones Laura Pausini y de de la Shakira de pelo oscuro estaban de moda. De ese tiempo par acá me enamoré de un pintor, de un par de poetas que no creo que me hayan inmortalizado en alguna obra maestra, pero que me dieron algunas de las características de quien ahora es la configuración de mi sujeto poético, ese a quien le escribo y a quien le dedico toda mi nostalgia. De ese tiempo para acá ya me tocó lidiar con la crítica que me decía que para poemas de aire inconcluso ya teníamos a Vallejo, que para poetas precoces ya teníamos a Rimbaud. Con aquella otra crítica que me aseguró que en unos años la frescura de mi juventud habría desaparecido y que esas manos que escribían poemas estarían cambiando pañales. Jamás me acosté con ningún editor, pero hice el intento de publicar mis libros de manera artesanal e independiente. Logré que algunos de mis textos aparecieran en revistas, en antologías. Ahora tengo un par de libros que dejé que esperaran el momento correcto para publicarse porque soy más autocrítica de lo que fui y no quería más de esas publicaciones inmaduras, de juventud, que hasta dan un poco de pena con el pasar de los años. Ya lloré por haber perdido un concurso de cuento; por supuesto, después de leer el cuento ganador y no entender qué lo hacía mejor que el mío. En este tiempo ya perdí algunos amigos, ya me enamoré y desenamoré. Ya aprendí a vivir con la sensación de que escribo para niñas de 17 años, porque quizás no he agotado el desencanto que uno puede tener a los 17, que fue lo que me impulsó a escribir en primer lugar. Ahora leo para vivir, literalmente. Llegué a la conclusión de que sigo escribiendo porque aún tengo una historia que contar, una que jamás leí, que nadie ha leído. Mientras amarro las palabras y hago la transición entre la poesía y la prosa, sigo leyendo, buscando partes de mí en lo que leo. No me gustan las clasificaciones que unen grupos porque ciertos individuos comparten edad, sexo, ubicación geográfica. Así que no estoy junto a las “Literatas que dan lata” solo porque incidentalmente somos mujeres, sino porque encuentro que quienes se han involucrado en el grupo son escritoras que se toman en serio su trabajo, porque comparten mi búsqueda de las palabras precisas para lo que quieren contar. Cuando uno escribe, elige una pequeña parte de la realidad que quiere atrapar y explorar. Muchas mujeres escriben sobre mujeres y sus relaciones, sobre su propio mundo, porque es lo que mejor conocen, pero ello no es lo único sobre lo que saben hablar. Yo sé que mucho de lo que escribo es una amplia descripción de la pelusa de mi ombligo. Sin embargo, mi búsqueda no se reduce a esa catarsis. ¿Cuál creo que es el papel de la mujer en la literatura? Si es escritora, es el papel de quien escribe, de quien tiene que decidir qué quiere contar y cómo quiere contarlo. Si es lectora, ella es lo que lee. Si es personaje, puede ser una heroína o una caricatura, pero eso no depende de ella, depende de quien cuenta la historia. ¿Qué espero de las escritoras? Lo mismo que espero de los escritores, que me cuenten una buena historia. No le pido a ellas que me hablen de menstruación y maternidad porque son mujeres, tampoco le pido a ellos que me hablen de sexo, drogas y carros porque son hombres. Les pido que me muestren el mundo que construyeron para mí y que ese mundo sea verosímil. No puedo hacer nada respecto a las lecturas con las que crecí, no puedo cambiar que solo leyéramos a autores o que no me hablaran de los libros que escribían ellas, que ellas son muy pocas, que nadie les da su lugar, que si tuvieron que luchar y conformarse con las migajas de la historia, que si su voz se perdió criando niños y qué lástima y cuánto talento perdido. En todo caso, puedo hacer algo para el futuro, darle a mis alumnos cuentos de Miranda July, Flannery O’connor, Patricia Highsmith o de Clarice Lispector. No busco reivindicarlas por ser mujeres, solo creo que son buenas escritoras y por ello merecen que sus cuentos sean leídos, así como me gusta que lean, porque son buenos escritores, a Tobias Wolff, a Julio Cortázar o a Severo Sarduy. A final de cuentas, después de media vida de dedicarme a escribir y algo más de dedicarme a leer, solo espero buenas historias para llenar mi mundo, para tener de qué hablar, para seguir haciéndole publicidad a la buena literatura, para vivir mi vida y todas esas otras vidas.
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A esta hora
A esta hora, en este momento y lugar, tengo ganas de verte, de estar con vos un ratito, para que platiquemos de nada y nos contemos secretos con los silencios que pueblan nuestras charlas. Mi corazón es un colibrí acelerado que se desespera por verte. Mi corazón no entiende de una paz que no sea un abrazo tuyo. Guardo palabras dulces que se derriten en mi boca, en esta boca que se hace agua de pensar en vos.
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Cuando leo algo de ellas
Alguna vez pasé por las aulas de la Facultad de Humanidades de la USAC y leí todo lo que me decían que tenía que leer para sacar la licenciatura en Letras y leí algunas otras cosas más. De esos tiempos guardo algunos recuerdos arbitrarios que me vienen a la mente cuando tengo un libro escrito por una mujer y debo decidir si quiero leerlo o no. Alumnos de un año superior al que yo cursaba hicieron un seminario sobre la literatura femenina hispanoamericana contemporánea (cuyas representantes para ese tiempo eran Isabel Allende, Marcela Serrano, Laura Restrepo, entre otras) y algunas de sus conclusiones fueron que esas autoras eran feministas o decían representar al feminismo, pero siempre situaban la acción de sus relatos en la cocina o hacían que sus protagonistas fueran esposas, madres. Esa poca correlación entre el discurso y la forma de retratar a sus personajes me pareció atroz, así que me cuidé mucho de no leer a esas señoras durante un buen tiempo.
Una de esas mañanas en que salía temprano de clase fui a parar con un amigo a la Alianza Francesa para ver una documental sobre Farinelli il castrato, después de la cual tuvimos una discusión sobre las mujeres y su rol en el arte y terminamos preguntándonos si era posible que un hombre supiera mejor cómo debía ser representada una mujer. Tiempo después leí Pubis angelical, de Manuel Puig y Pájaros de playa, de Severo Sarduy y llegué a creer que ellos sabían representar mejor a los personajes femeninos que muchas de las escritoras latinoamericanas con su feminismo y todo, quizás porque supe identificarme mejor con la Siempreviva de Sarduy que con la Clara de Allende.
Muchas lecturas y muchos autores después, he dejado algunos de mis prejuicios y entro a buscar en los libros lo que las historias quieran darme. Ya no espero que un autor, solo por ser hombre, me hable sobre la naturaleza masculina, o que una mujer, solo por ser mujer, me hable de la naturaleza femenina. Ahora me dejo arrastrar por las páginas de algunos relatos, sintiendo que el autor o autora es capaz de ver un detalle en el alma humana, del que tiene que contar algunas cosas importantes. Así dejé que Laura Restrepo me sorprendiera con Delirio, que yo diría es una novela contada de forma muy femenina y por ello no me sorprende que no le guste a muchos hombres; así dejé que Carmen Matute, Denise Phé-Funchal y Lorena Flores me dijeran algunas cosas de mí misma o que Jessica Masaya me contara cómo puede haber diosas decadentes. Así dejé que Miranda July me sedujera con sus historias tan simples y tan perversas.
Si empecé a hablar de estos libros y de autoras y su visión del mundo, es porque a veces encasillamos a los escritores y esperamos que si son indígenas nos hablen de sus pueblos o si son mujeres, nos hablen sobre maternidad, menstruación y asuntos por el estilo. Contar historias es un asunto complicado, lograr el retrato de esa parte del mundo que queremos contar, convencer a los lectores para que se dejen llevar a nuestras historias o poemas es un fenómeno maravilloso, así que ahora, cuando tengo un libro en mis manos y estoy tratando de decidir si leerlo o no, le doy el beneficio de la duda, no le pido más de lo que me puede dar y lo abandono si es pretencioso y no logra mi complicidad.
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Primero el té
Llego a la oficina y me preparo un té de anís. Respiro profundo, antes que el mundo empiece a girar y tenga que responder correos, escribir cosas, terminar con los pendientes, leer. ¿Qué pasaría si te llamara? ¿Qué pasaría si lo primero de mi día fuera escribir algo para vos? El té está caliente, como debe ser, y debo esperar un poco para empezar a beberlo con sorbos pequeños y empezar a sentir el dejo dulce de anís en mi boca. Antes me gustaban los dulces de anís y comía uno tras otro. Antes caminaba más, escribía más, creía en más cosas. Otra serie de sorbos de té humeante. ¿Qué me dirías si te digo que quiero besarte? ¿Qué harías si doy un paso al frente y dejo mi nariz muy cerca de tu nariz y respiro despacio y te tomo de la mano? ¿Rechazarías esos dedos fríos de nervios, esos labios que tiemblan de incertidumbre? ¿Me empujarías y te alejarías de mí maldiciendo? La taza calienta mis dedos fríos, el té calienta mi lengua que no tiembla de expectación. Un vago sabor a anís va quedando en el fondo de mi garganta y el mundo empieza a girar. Durante la mañana beberé más té. Por la tarde será un café amargo. El poema que te escribo va con mala letra al cuaderno que no te mostraré. El poema habla de cómo me devolvés las palabras aunque no te das cuenta.
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Mientras te veo
Me llevo un trozo de fruta con miel a la boca. Te veo a través de la ventana y el dulce me colma. Pienso que me gustaría que te enamoraras de mí. Que me gustaría necesitarte para endulzar mis mañanas. No me gustaría que fuéramos indispensables el uno para el otro. Más bien, que me necesités como esa miel que magnifica el sabor de la fruta. Que me dejés magnificar la luz de tus días.
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Si tú no vuelves
En los audífonos un violín y la voz de Bosé llenan el silencio de la tarde. Los dedos recorren el teclado, solo cuatro de ellos porque nunca aprendí a usar los diez para esos menesteres. Empiezo a seguir con más atención la letra que estaba cantando mecánicamente después de haberla oído tantas veces: “y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía, que te cuente cómo estoy y sepas lo que hay…”. Porque no, acá ya no ha vuelto estrella alguna y está bien porque estoy segura de que ya ni te preguntás cómo estoy, yo tampoco me detengo a preguntarme esas cosas. Debo admitir que en una temporada fui tierra yerma por tu ausencia, después de vos no quedaron más que plantas rodantes en mi corazón, tan vacío estaba. Pero si después de algunos inviernos volvió a crecer la hierba por donde pasaron las huestes de Atila, era de esperarse que mis territorios también se calmaran y florecieran de nuevo. Dejé de llover y de beber la lluvia de mi tristeza.
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El aleph, Jorge Luis Borges
Los libros son, entre muchas otras cosas, los momentos en que los leemos. Para mí El aleph es un viaje en bus urbano por la séptima avenida de la zona 9, desde la oficina en que trabajaba hacia la universidad. Era de tarde e iba sentada del lado derecho junto a la ventana, en el relato había un hombre que descifraba la escritura de dios en los dibujos de la piel de un jaguar y tuve que levantar la vista para terminar de asimilar cierta fascinación por la historia. Muchas veces antes había fracasado en mis intentos por comprender los cuentos de ese tal Borges del que tanto hablaban mis amigos. Los libros son, también, el recuerdo de la gente con que hablamos de ellos. Mi tío me hizo ver la genialidad de este autor que te cuenta cómo un hombre se obsesiona con una moneda de lo más vulgar y corriente cuando otros en el pasado se obsesionaron con cosas más exóticas y mágicas como un tigre, el fondo de un pozo, un astrolabio, una veta en el mármol de uno de los mil doscientos pilares en la aljama de Córdoba. Mi amigo el Valo me regaló una copia del libro y me dijo que hay demasiados alephs, que quizás alguna vez encontraría uno para saltar dentro. Ese libro se perdió de mi librera por unos ocho años y volvió en un momento inesperado, pero cuando me hacía falta. Los libros son, cada vez, la lectura que hacemos de ellos. La casa de Asterión es la explicación que del cuento nos dio María del Carmen de Alonzo en clase y las explicaciones que ahora le doy a mis alumnos cuando se animan a explorarlo conmigo. Los libros son aquello que sentimos al leer, así uno de mis cuentos favoritos es La busca de Averroes que me hizo reír en voz alta, aún cuando no recuerdo qué fue exactamente.