Categoría: del día

  • Cuando nos perdemos

    Cuando nos perdemos

    En algún momento entre el fin del año pasado y el inicio de este me metí a la página y descubrí, con cierto horror, que en lugar de mi sitio había un mensaje 403. Todo lo que vino después fue buscar alguna forma de recuperar mi blog, lo logré parcialmente. Hay seis años que no pude recuperar, aunque no sé qué tanto escribí en ese tiempo.

    Lo mejor es lo que pasa

    O no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Supongo que debo hacer copias de respaldo más seguido, desconfiar siempre de las empresas de hosting y guardar lo que escribo en lugares más confiables que internet.

    Lo cierto es que tenía ganas de volver, de escribir acá y dejar que las palabras rueden por internet. Quizás incluso le lleguen a alguien que las lea, que me entienda, quizás tiendan algún puente que me comunique con el mundo o con alguien que está allá, lejos.

    Quería volver y esta debería ser la manera, porque el tiempo pasa y aunque no escriba tan seguido por acá, siempre escribo y sigo, porque no nos queda más que seguir, escribir, resistir.

  • tintintintero

    Me pasa, amor, que pierdo la línea de mis pensamientos. Entonces, sólo entonces, entiendo que hay cosas que no te cuento, detalles de los que no te hablo. Quizás olvido lo menos importante, quizás mi mirada se pierde en el vacío y me olvido de decirte que tuve frío por la mañana porque no amaneciste conmigo o que mi voz se escuchó muy sola anoche cuando iba de camino a mi casa y cantaba a viva voz una de aquellas canciones que compartimos.

    No sé si alguna vez te dije que prefiero la tarde para dormir, para escuchar grillos y buscar verdades fuera de la ventana. No sé si alguna vez te confesé que mis hermanos grandes no son sólo ese par con los que comparto lazos de sangre; que tengo algunos hermanos con los que leía poesía y cantaba y reía y compartía esa manera extraña de perder la línea de nuestros pensamientos porque hacíamos planes y teníamos utopías (vos sabés que en ese tipo de charlas es imposible mantener una línea recta que nos lleve directo al punto). Ahora doy vueltas en torno a un recuerdo, en torno a los poemas que no les leo, que no me leen.
    En fin, amor, la tarde es un estado tranquilo en el que podría dormir y escuchar a los grillos y abrazarme a vos. En fin, amor, siempre es importante decirte que podría pasar horas abrazada a vos. 
      
  • veredas verdaderas

    Me visto con colores de árbol y ando en la carretera, sola y de noche. No fui princesa cuando tenía 6, tampoco fui una damita a los 12, menos a los 24. Ahora soy una bruja un poco más amarga, un poco más desilusionada de la vida. El límite de velocidad me empuja a 70 kilómetros por hora, la inercia me empuja a mantener íntegras las ganas de largarme un buen día de estos.

  • por último

    La vida, pensó el hombre desnudo, era un infierno, con algunos atisbos de antiguos felices paraísos. (Calvino, Italo. Por último el cuervo. Colombia: Tusquets Editores, 1990)

    Tengo los pies fríos, tengo en los labios un beso que no te di. Me duele la garganta, quizás por el beso condensado en la angustia de verte partir, quizás por esa oscura certeza de que nuestros fantasmas siempre han de volver para atormentarnos. Afuera está oscuro; no sólo afuera de mi carro, afuera de mí. El frío sube desde mis dedos, la oscuridad me consume. Me gustaría creer que con llorar se arregla algo, por lo menos en cuanto al asunto del desahogo, pero no, ya ni siquiera tengo fuerzas para llorar por lo que no fue y no será.
     
  • lo que ves es

    Digamos que lo que hay es lo que hay (aunque suene a pan con lo mismo). Aunque suene a justificación barata por ser la misma de siempre sólo que un poco más agria. 

    Sabés, amor, sigo buscándote, sigo negándome a cerrar todos los círculos, a escribir nuevas historias, a creer en nuevas posibilidades. Creo que uno debería amanecer un día con la certeza de ser un poco más sabio, un poco más sensible por lo menos. Uno debería escribir mejor, ser más brillante o por lo menos más firme. Pero resulta que uno no cambia sus viejas manías, uno persiste en sus viejas esperanzas y se da cuenta una tarde de éstas, y ya, no pasa nada.
    El cielo se nubla de pronto. No es señal de lluvia, es señal de frío, de un frío inconmensurable que sólo se compara al frío en mi corazón cuando no te encuentro; cuando pierdo la esperanza de encontrarte alguna vez.
  • puedo ponerme triste

    puedo ponerme triste y decir que me basta
    con ser tu enemigo, tu todo, tu esclavo, tu fiebre tu dueño
    y si quieres también puedo ser tu estación y tu tren,
    tu mal y tu bien, tu pan y tu vino, tu pecado tu Dios tu asesino…


    si, definitivamente puedo mentirme un poco y decir que me basta con ser tu enemiga; que no necesito que me necesités, que querras estar conmigo. Puedo ponerme triste y admitir que la vida sin vos continúa, que ya llegará alguien que se dedique a llenar los vacíos que deja en mi crucigrama la ausencia de tus palabras. Hay canciones que te llegan de lejos un día en que no las esperabas, un día en que mejor hubiera sido que no sonaran sólo por no recordarte que hay amores que se van; porque la autocrítica no sirve a la hora de pensar en que puedo ponerme cursi y decir que me basta con ser esa sombra que camina a tu lado aunque no la veas.
  • cuerdas

    Anoche llegué a la conclusión de que no puedo ser un instrumento de cuerda porque a veces suenan como un montón de eñes y erres sin vocales de por medio. Quizás por que sé que soy un conjunto de eñes y erres cuando estoy de mal humor y me gusto más cuando estoy de buenas. Además, eso de la falta de vocales me molesta. 

    Me gusta usar todas las letras, combinarlas; me gustan las palabras que no usan muchas aes y erres, digamos que carcajada no es mi palabra favotira (la aguanto de lejos) pero aún peor es su verbalización (carcajeándose) me parece una palabra fea, pinche, sin gracia. Amo palabras como lechuga, libélula, antofagasta. 
    Aún no sé qué pienso de mí en relación a los instrumentos de percusión, quizás soy un gran tambor.
  • 200

    Cuando llegué a un año no dije nada. Cuando llegué a cien no dije nada. Hoy llego a 200 posts en este blog y pienso en él ciomo en una larga relación. Es el novio que me ha aguantado el mal humor, las ganas de ternura, los deseos y el amor inconmensurable. 

    Me ha aguantado los berrinches y las calenturas, las ganas de acabar con todo, de acabar con él, las ganas de gritar o de quedarme encerrada, viendo películas. Celebro mis 200 posts. Mis 200 gritos, dos-siento-s ganas de hablar y romper el silencio y ser instrumento de viento.
    Gracias.
  • vientos

    Hace mucho tiempo, cuando estaba en el colegio, le dije a un amigo que me encantaría aprender a tocar el saxofón. Él, por supuesto, se burló de mí y me dijo que era imposible que yo tocara un instrumento con el que no pudiera cantar al mismo tiempo. Después de tan ilustrativa conversación, me compré una guitarra. Pasó el tiempo y no aprendí a hilar dos acordes, menos a entender un tono.

    Digamos que como han pasado algunos años he aprendido un par de cosas; ahora sé que no tengo ritmo (ni oído, para el caso) y que no tengo la voz ni la actitud para cantar con mi guitarra en mano y aunque me gustaría cantar, no tengo una voz como la de Aurora (la bella durmiente) que convoca a los pajarillos del bosque a duetos inolvidables. Y ésa es sólo una de las cosas que me separan de ser princesa de cuento; tampoco fui criada por hadas, el príncipe azul no me despertará de un hechizo con un suave beso y no tengo idea de cómo se usan las ruecas.
    Sin embargo, no todo está perdido, porque el paso del tiempo algo nos deja. Ahora sé que amo los instrumentos de viento, que hay otros mecanismos para transformar el aire en sonido y que existe música que no necesita de letra alguna. Quizás el saxofón no era para mí, pero doy gracias al genio que inventó los clarinetes.