Me gustaría saber qué hacer con estas ganas de salir a buscarte, con este presentimiento que me dice que estás ahí afuera, esperando a que salga y te diga que te he extrañado, que te quiero, que te anhelo. Me gustaría saber qué hacer con los besos que te tengo guardados, con la ansiedad, con el miedo a no encontrarte; con el miedo a no tener fuerzas para buscarte de nuevo si no estás ahí. Me gustaría saber qué hacer con esta certeza de que esperás a otra, con esta certeza de tu necesidad por esa que no soy yo. La tarde anuncia gris que vienen gotas gordas que nos aislarán por un rato, que no dejarán que salga a saciar mis ganas de encontrarte, quizás para protegerme de la autoinmolación que es repetir tu nombre.
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A esta hora
A esta hora, en este momento y lugar, tengo ganas de verte, de estar con vos un ratito, para que platiquemos de nada y nos contemos secretos con los silencios que pueblan nuestras charlas. Mi corazón es un colibrí acelerado que se desespera por verte. Mi corazón no entiende de una paz que no sea un abrazo tuyo. Guardo palabras dulces que se derriten en mi boca, en esta boca que se hace agua de pensar en vos.
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Primero el té
Llego a la oficina y me preparo un té de anís. Respiro profundo, antes que el mundo empiece a girar y tenga que responder correos, escribir cosas, terminar con los pendientes, leer. ¿Qué pasaría si te llamara? ¿Qué pasaría si lo primero de mi día fuera escribir algo para vos? El té está caliente, como debe ser, y debo esperar un poco para empezar a beberlo con sorbos pequeños y empezar a sentir el dejo dulce de anís en mi boca. Antes me gustaban los dulces de anís y comía uno tras otro. Antes caminaba más, escribía más, creía en más cosas. Otra serie de sorbos de té humeante. ¿Qué me dirías si te digo que quiero besarte? ¿Qué harías si doy un paso al frente y dejo mi nariz muy cerca de tu nariz y respiro despacio y te tomo de la mano? ¿Rechazarías esos dedos fríos de nervios, esos labios que tiemblan de incertidumbre? ¿Me empujarías y te alejarías de mí maldiciendo? La taza calienta mis dedos fríos, el té calienta mi lengua que no tiembla de expectación. Un vago sabor a anís va quedando en el fondo de mi garganta y el mundo empieza a girar. Durante la mañana beberé más té. Por la tarde será un café amargo. El poema que te escribo va con mala letra al cuaderno que no te mostraré. El poema habla de cómo me devolvés las palabras aunque no te das cuenta.
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Mientras te veo
Me llevo un trozo de fruta con miel a la boca. Te veo a través de la ventana y el dulce me colma. Pienso que me gustaría que te enamoraras de mí. Que me gustaría necesitarte para endulzar mis mañanas. No me gustaría que fuéramos indispensables el uno para el otro. Más bien, que me necesités como esa miel que magnifica el sabor de la fruta. Que me dejés magnificar la luz de tus días.
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Si tú no vuelves
En los audífonos un violín y la voz de Bosé llenan el silencio de la tarde. Los dedos recorren el teclado, solo cuatro de ellos porque nunca aprendí a usar los diez para esos menesteres. Empiezo a seguir con más atención la letra que estaba cantando mecánicamente después de haberla oído tantas veces: “y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía, que te cuente cómo estoy y sepas lo que hay…”. Porque no, acá ya no ha vuelto estrella alguna y está bien porque estoy segura de que ya ni te preguntás cómo estoy, yo tampoco me detengo a preguntarme esas cosas. Debo admitir que en una temporada fui tierra yerma por tu ausencia, después de vos no quedaron más que plantas rodantes en mi corazón, tan vacío estaba. Pero si después de algunos inviernos volvió a crecer la hierba por donde pasaron las huestes de Atila, era de esperarse que mis territorios también se calmaran y florecieran de nuevo. Dejé de llover y de beber la lluvia de mi tristeza.
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Confesión I
Anoche te lloré miles de palabras. Me había prometido dejar de tenerte nostalgia. Me había prometido no volver a escribir con un lapicero que no fuera negro y a pesar de mí, las letras fueron cayendo como gotas azules que inundaron páginas y páginas con historias para vos. Hace unos días leí algo que escribiste y me dio por extrañar lo que supongo que fuimos. Ayer vi una foto donde estás con ella y me fijé en que se ven felices; me fijé en que tus zapatos dejaron de ser como esas botas que tuviste que abandonar en aquel viaje para que te cupieran más libros en la maleta. Admito que me duele un poco el ego al pensar que sobreviviste mi ausencia. Admito que yo tampoco me morí de amor.
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yo sé que estaré bien, los gatos como yo caen de pie
Me pasé tanto tiempo preguntándome por qué no era suficiente para vos, que no me detuve a preguntarme si vos eras suficiente para mí. Ahí está cariño que todo este tiempo tuviste razón y no eras el indicado, ese al que espero. Yo con esa idea de que la culpa es de uno cuando no enamora, que bastaría un poco de tiempo conmigo y llegar a conocerme, sin pensar en que la culpa es de uno cuando se niega a ver la realidad y aceptar que el otro no quiere saber de enamorarse. Sé que hace tiempo vengo diciéndolo, pero esta vez me dijiste adiós por última vez. Ahora yo te digo adiós, te doy las gracias por los montones de poemas tristes que te escribí y por negarte a llevar una relación apasionada y terrible conmigo. Supongo que la referencia no te dirá nada, pero ay te dejo Madrid, yo no quiero cobardes que me hagan sufrir, mejor le digo adiós a tu boca de anís.
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Me di cuenta hoy
Uno de mis alumnos dijo hoy en clase que le había regalado “Rayuela” a su novia. Yo estaba a punto de decirle que la Maga era lo máximo, cuando me di cuenta de que he estado equivocada todo este tiempo. He pasado años tratando de ser como la Maga cuando en realidad yo soy como Pola París. Yo no tengo que buscarte por los puentes, Oliveira, no soy ingenua de ese modo, no hablo con las hojitas y no quiero cantarle canciones de cuna al Rocamadour que se nos murió cuando dejamos de ser esos que fuimos en el tiempo en que todo lo que importaba era la poesía y sabernos ahí, en el muro. Yo soy esa otra que puede ser cómplice tuya después de tomar café una tarde completa, esa que te hablará de libros y te contará historias tristes de amores trágicos. Yo soy esa que no querrás convertir en palabras.
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Yo debería decirle que
Con usted, señor, me acostaría con los ojos cerrados. Con los ojos abiertos. Con la luz apagada para besarlo en lugares poco ortodoxos y adivinar dónde será el próximo punto en que sus dedos dejarán demorados roces, huellas de la exploración que hará del territorio desconocido de mi piel. Con la luz encendida para verlo a los ojos y acercarme despacio, estirando los segundos antes de sonreír y morderle los labios.
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La última vez
La última entrada que hice a este blog está fechada el 21 de agosto de 2012 y cuando me di cuenta me pareció muy curioso porque un día después de ese martes, es decir, el miércoles 22 de agosto, a eso del mediodía, me caí de las gradas de manera bastante dramática y al mejor estilo de telenovela mexicana. Rodé unas tres veces sobre mí misma y el resultado fue el codo derecho dislocado y dos fracturas, una en el cuello del radio y otra en la cabeza del húmero. A eso le siguió el viaje en ambulancia a la sala de urgencias, dolor al poner el hueso en su lugar sin anestesia, un yeso provisional porque el brazo estaba demasiado hinchado, otro yeso por cinco semanas, fisioterapia para volver a mover el brazo. Una operación para corregir una desviación del codo, más fisioterapia, más dolor, drogas para quitar el dolor, que dicho sea de paso me provocan pesadillas y me destruyen el estómago. No podía usar la derecha y mis alumnos lamentaron el resto del semestre que usara la izquierda para escribir en el pizarrón. Por un tiempo me costó vestirme, comer, dormir. Ahora el brazo está casi bien, aún estoy en fisioterapia y aún tengo un poco de dolor, pero ya puedo escribir y comer y vestirme. Me gustaría tener una moraleja para esta historia, contar un montón de cosas profundas que he aprendido en estos meses, empezar con una historia dolorosa para luego contar algo esperanzador y maravilloso, pero creo que aún no he digerido bien la experiencia porque todavía no estoy llena de esperanza y buena voluntad. Sé que uno aprende a vivir con el dolor, que tuve suerte de no partirme el cuello, que tuve pequeños logros de los cuales sentirme orgullosa como poder abrocharme el botón del pantalón, partir la carne que me estoy comiendo, escribir en la compu o manejar (la quinta todavía duele un poco, así que ando más en cuarta). Hoy tuve ganas de volver acá, quizás este año hasta tenga ganas de celebrar mi cumpleaños cuando llegue el momento. Me asombra lo frágiles que somos los seres humanos y a la vez lo resistentes que somos. Tengo ganas de escribir poesía de nuevo, quizás en estos días nublados de enero pase algo por el estilo. Por lo pronto, volví a lo cotidiano.