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  • Niñas como flores

    Hace unos días vi en una calle del centro histórico un cartel con el retrato de una de las niñas que perdió la vida en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, que se quemó en marzo de este año. El cartel contiene poca información, un dibujo a lápiz de ella, su nombre y unas flores al fondo. Recuerdo que pocos días después de la tragedia varios artistas hicieron esos retratos como un homenaje a las niñas, como una forma de darle rostro a los nombres en una nómina de víctimas para que no nos olvidáramos de que lo que se perdió fueron vidas. 
    Yo vi el cartel de pasada y recordé la pena por la noticia, la indignación porque se solucionen así los problemas del país por ponerlo como una metáfora bastante burda. Luego me quedé pensando en las flores, en la sonrisa de la niña. Pensé en lo poco que entendemos a esas niñas, a todas las niñas, y en lo poco que hasta el día de hoy entendemos su tragedia. 
    La terquedad de la imagen de las flores dando vueltas en mi cabeza surgió de la pregunta de si a ella le hubieran gustado las flores en su retrato. Porque quizás odiaba las flores, en una de esas porque le recordaban las que su abuela tenía en la casa, ese lugar al que tal vez no quería regresar. Puede que ella fuera una metalera de corazón y hubiera preferido calaveras y alas de murciélago en un fondo negro. También, podría ser que le gustara el perreo intenso y hubiera preferido unas cuantas palmeras y luces de neón al fondo de su retrato. Quizás, incluso, hubiera preferido salir seria, porque no tenía mucho por qué sonreír. Entiendo que al final, esta es una mera especulación mía que no tiene mucho que ver con la niña o con su tragedia que ahora se resume en ese retrato perdido en una de las calles del centro, porque ese retrato no representa lo que fue la niña, lo que pudo ser. 
    Las flores en ese retrato me hacen mucho ruido porque de alguna forma intentan idealizar a las niñas, acercarlas a una imagen de perfección o por lo menos de paz que les era tan ajena como a cualquiera que viva en este mundo. Supongo que no soy la única que ha escuchado esas opiniones que se resumen en decir que lo que les haya pasado se lo ganaron por andar en malos pasos. Hay muchos que intentan justificar la violencia porque esas niñas eran unas perdidas, porque su vida de todas formas no valía nada. Ellas no eran niñas de bien. Comprendo que las dibujen con flores, sonrisas y rostros en calma como un homenaje a su memoria, pero no puedo evitar la sensación de que pintarlas así sea una débil defensa de su humanidad. Esos retratos, de alguna forma, falsean su memoria. Si admitimos que ellas no eran perfectas, niñas de su casa, ni nada por el estilo, eso no las hace menos dignas de vivir, quizás lo contrario. 
    En mi memoria esas niñas van a permanecer rebeldes y me gustaría que en la memoria de todos ellas permanecieran, por lo menos, como un recordatorio de lo que nos hace falta arreglar en el mundo.  #TodasSomosLas40
  • Horas

    Hay una hora en la tarde en que me dan ganas de hacerle punta a todos mis lápices. No lo logro, porque para ello tendría que encontrar los lápices que se esconden debajo de las pruebas por revisar, los que se cayeron atrás del escritorio, los que dejé en una taza en mi cuarto, los que alguien tomó prestados y los que andan en mi mochila. De tenerlos todos juntos, tendrían el mismo tamaño y habrían sufrido una horrible estandarización en el borrador o carencia del mismo, en el talento para morderlos o carencia del mismo. Si los pusiera uno detrás del otro la fila tal vez llegaría a la puerta, al otro lado del patio, a mis terribles ganas de salir corriendo.

  • mariposa

    Si el uniforme fuera distinto
    diría que es un niño de escuela
    atento a la mariposa
    que vuela cerca de sus pies
    Nada importa lo que pase en el mundo 
    mientras el bicho siga suspendido en el aire
    un parpadeo después
    la escena me parece tan frágil
    como la policía que dejó su bici a un lado en la banqueta
    y mira perdida a un horizonte
    que trasciende el otro lado de la calle
     
  • Laberintos de silencio

    Ilustracion de La casa de Asterion
    The House of Asterion, Editorial Design, 2013.

     Estos días ir y venir en la bici se han convertido en una serie de ruidos, voces e intervalos de silencio. No uso audífonos porque mi relación con la música es complicada y porque prefiero tener todos los sentidos en ese camino que no dibujo con luz y oscuridad, sino con sonidos.

    Por las mañanas paso por el parque Morazán y tomo la sexta avenida, esas últimas dos cuadras antes del Palacio Nacional son de silencio, son pedalear en relativa soledad, moverme en el silencio, lo más cercano a alejar de mi mente todo pensamiento y concentrarme en una sola cosa, en un solo silencio. Cuando paso frente al parque central empiezan las voces que se quedan por varias cuadras hasta que tomo alguna calle que me lleve a la 12 avenida. Ahí está ya un crecendo de motores que a veces concluye en el motor de un bus que me rebasa o que me respira en la nuca y me urge a ir más rápido, a pedalear con todo para no dejar que me alcance. En ese tramo hay bocinas y silbatos de la policía de tránsito, hay motores de moto y voces que el viento arrastra hasta que se quedan muy lejos.

    Llegar a la ciclovía es la transición, cuando escucho con claridad la voz en mi cabeza que me ha acompañado todo el tiempo cuando ando en la calle, ya sea que vaya manejando, caminando o en la bici, la voz de mi papá que me dice que tenga cuidado, que me fije bien si viene un motorista o si algún carro que no puso el pidevías va a cruzar. Pienso en él cuando estoy en las rotondas esperando que pasen los carros para atravesar la calle y seguir con mi camino. Él siempre dijo que el fin del mundo le llega a cada uno cuando se muere. Su fin del mundo llegó hace ya más de seis meses y en ese tiempo todo siguió su curso, estuvimos a punto de entrar a la tercera guerra mundial, como siempre, tuvimos tragedias, alegrías, pequeños logros y muchas otras cosas de las que él ya no pudo indignarse o comentarlas o hacer chistes. El mundo siguió y nosotros seguimos siendo los mismos idiotas que repiten la historia y están condenados a la miopía, seguimos estando solos en ese laberinto que se llama planeta tierra, con aljibes y múltiples salas, solos como Asterión del cuento de Borges.

    En ese tramo de la ciclovía veo a los carros de frente, llego a un retorno, paro y espero a ver algún pidevías o a predecidir si ese que viene será el carro que me haga caer de la bici. Pienso en Asterión, que se pregunta cómo será su redentor, si será capaz de reconocerlo. Él sabe que su redentor llegara, yo me pregunto si será inminente que me atropellen, el susto, el golpe, lo grave o quizás no, puedo evitarlo mientras siga atenta a lo que pasa a mi alrededor.

    Quedan unas cuantas cuadras y en mi cabeza se van entrelazando otras ideas, planes, cosas que debería empezar a escribir para que no se pierdan en los laberintos de mi cabeza.

  • Una historia de Copi y Paste

    Hay historias que uno puede contar sin decir una sola palabra, este corto es un hermoso ejemplo de ello. Cuando lo vi ayer pensé muchas cosas que podría decir sobre él, relacionarlo con otras historias y metáforas, hablar sobre la mochila que llevamos a la espalda todos los días, sea la de lecturas que recordamos y amamos o la de recuerdos, buenos y malos, que no queremos dejar ir.
    Después pensé que todo aquel que tenga hijos, sobrinos, nietos, ahijados, conocidos, alumnos, papás, tíos, abuelos, padrinos, conocidos, profesores, debería verlo y compartirlo.
    Al final, decidí que también debería verlo todo aquel que pase largas horas del día haciendo el trabajo que le permitirá pagar la renta, no debe olvidar que siempre puede volver al lugar feliz en que la música, literatura, el arte en general nos recuerda que la imaginación es el camino para sobrevivir. Lo dejo acá, no quiero arruinarlo más con comentarios que podrían resultar redundantes, obvios, aburridos. https://player.vimeo.com/video/194276412?color=ece6e5&title=0&byline=0&portrait=0&badge=0
    Alike short film from psl on Vimeo.

  • Voglio andare a casa

    No recuerdo cuál fue el último libro que leí completo, no sé si era de cuentos o una novela, seguro no fue un libro de poesía porque son pocos los que he leído de principio a fin, aunque no necesariamente en orden. Sé que la última película que me dejó con ganas de haberla escrito yo fue la de Walter Mitty, salí del cine con la certeza de que alguna vez yo debería ser capaz de contar una historia que se vea así, por si eso tiene algún sentido. Días después escuché a alguien leyendo el cuento de James Thurber «La vida secreta de Walter Mitty» que salió publicado en el New Yorker y seguí pensando en que alguna vez quiero escribir algo así. El último ilustrador cuyo trabajo vi por primera vez hace poco fue Cory Godbey y por eso uno de sus dibujos ilustra este texto. Sé que hay ciclos que se abren y otros que se cierran y por eso estoy de vuelta en este blog, que contiene muchos de mis ciclos. Contiene etapas muy tristes, quizás no haya alguna verdaderamente feliz y eso me da un poco de vergüenza. Sé que estoy pensando en las cosas que hice por última vez porque de pronto recuerdo la última vez que le dije a mi papá que lo quería. Porque hay cosas así, hay últimos libros que leímos hasta que leemos uno más, últimas películas que vimos hasta que vemos una más y todo depende de nosotros de que querramos leer algo nuevo o ir al cine un sábado por la tarde, hay últimas veces que dijimos algo hasta que definitivamente es la última vez no porque decidamos no decirlas de nuevo, sino porque a quien se las decíamos no puede escucharnos más. He pensado mucho en él y hoy fue la primera vez que hablé de su muerte sin ponerme a llorar como una boba, no porque el tiempo todo lo cure, sino porque hice un gran esfuerzo para no pensar en lo mucho que lo extraño y en cambio pensar en lo que le gustaba y lo hacía feliz.

  • Todo mundo tiene algo que decir

    Ayer por la tarde el mundo se enteró de que Robin Williams había muerto, los titulares hablaban de suicidio, de la pérdida de uno de los grandes del cine. Yo no le puse demasiada atención a la noticia, no salí corriendo a poner mis condolencias o a hacer comentarios en las redes sociales, pensé que era una pena que alguien con tanto talento se sintiera tan desesperadamente solo y no quisiera continuar con su vida. Hoy por la mañana me topé con comentarios que van desde que el suicidio es un hecho deleznable y nadie debería conmoverse porque alguien se suicidó, hasta los lamentos por la muerte del actor o los reclamos porque a la gente le duele la muerte del actor y no la situación de violencia en que vivimos y la gente que se muere acá por montones. A mí no me interesa discutir la moralidad del suicidio o los motivos que pueden llevar a un hombre a terminar con su vida. Solo sé que hoy por la mañana sentí una enorme nostalgia porque ese hombre ya no va a estar, él al que he visto toda mi vida en la pantalla, en papeles divertidos, ridículos, poéticos, serios; ese hombre cuya carrera duró poco más de lo que ha durado mi vida hasta hoy, será de ahora en adelante la certeza de su ausencia en mi mundo. Nunca lo conocí en persona, nunca me hizo falta hablarle, no sé nada de su vida personal, sé que era parte de mi imaginario, de esos momentos que nos construyen como personas cuando nos dejamos envolver por una historia, por el carisma de un personje. Sé que no lo voy a ver en una conferencia o haciendo algún nuevo chiste. Ahora es parte del pasado. Gracias por todo Robin.

  • Te desencadena el recuerdo

    Cuando era pequeña acompañaba a mi mamá a todos lados. Andábamos en camioneta porque ella nunca aprendió a manejar, caminábamos mucho y siempre teníamos prisa porque los buses para mi casa dejaban de salir temprano en la noche y no podíamos perder el último. Una vez perdí un zapato al tratar de subirnos por la puerta de atrás a un bus prácticamente en movimiento, yo había insistido en que no me compraran zapatos de trabita, sino zapatillas. Regresamos por el zapato y perdimo el bus. Tuvimos que quedarnos a dormir en la casa de una tía. Mi mamá estaba embarazada de mi hermana menor. En esa época ella cosía, era ese tiempo en que no había muchas tiendas de ropa, no se diga pacas o ventas de coreanos. Las señoras miraban los modelos en revistas y ella se los confeccionaba; a veces, hacía camisas para una tienda de ropa para niños. Íbamos las tiendas de telas, las vendedoras ya la conocían y se ponía a platicar con ellas. Recuerdo que siempre me gustaron esos rollos enormes de tela, los colores, los dibujitos, las texturas. Hace rato salí a comprar galletas y pasé por una esquina donde acaban de abrir una tienda de telas. No entré al local, estaba parada esperando a que el semáforo cambiara para atravesar la calle, cuando sentí el olor de la tela. Eso desencadenó un sentimiento primero, luego una serie de recuerdos. Yo suelo pensar en palabras, en imágenes, es curioso darme cuenta que también recuerdo en olores.

  • Aparece y desaparece

    Se sube al carro dispuesta a terminar de escuchar el libro que ha traído y llevado durante días y días, por caminos de ida y vuelta. Cuando enciende el radio truena “karma chameleon” y es incapaz de quitarla hasta que, varios kilómetros después, el club de la cultura termina su interpretación. Ha venido pensando en que “karma is a bitch… only if you are”, y no está segura si ahora podrá seguir con el libro, si logrará ponerle atención a la historia de ese señor que le parece tan interesante. A pesar de que le parece tan interesante. Porque su mente ya se desvió por sendas que la llevan lejos del embotellamiento en que se metió por salir tarde. Quizás cantar en voz alta aliviaría la incertidumbre, repasar las declinaciones del dativo de rosa, sumar las placas de los carros rojos que van adelante, cualquier tren de pensamiento que le quite de la cabeza la idea de que las cosas le pasan porque no hace lo suficiente, porque no es suficiente. Hay días en que la música debería corresponder a un estado mental distinto, hay días en que toda la gente debería quedarse en su casa para que ella pudiera llegar a tiempo. Si alguna de las placas sumara 14 podría pensar en algún cuento de Borges y partir por una de sus infinitas puertas, cosa que es imposible porque al final tendría que sumar el uno y el cuatro, y no logra llegar muy lejos pensando en cuentos que tengan que ver con el 5. Se le termina el camino y solo tiene esa metáfora del karma y el camino como el continuo donde uno cosecha justo lo que sembró, espera que el regreso sea más productivo, espera terminar el libro y ya.

  • una especie de flashback

    A estas alturas de la vida no recuerdo si vi el final de Candy, sí sé que descubre que en realidad el tío abuelo William era Albert; también sé que no me la perdía, que cantaba la cancioncita del inicio y del final y supongo que sufría horrores con el drama. Hay un capítulo en que ella regresa al Hogar de Pony después de la muerte de Anthony, va subiendo a la colina y hablando con él (con su recuerdo) y le va enseñando todo lo que el canchito ya no pudo ver. Hoy venía manejando y después de virar arbitrariamente a la izquierda en una rotonda, empecé a subir la cuesta frente al Intecap, en la zona 4 y pensé que alguna vez podría contarle a alguien que ayudé al Homa a hacer la maqueta de su proyecto de graduación, que esa maqueta era un proyecto en ese terreno que queda en una colina y, bueno, me sentí un poco Candy con una voz en la cabeza que representa la nostalgia por el tiempo que fue. A veces le hago caso a ese narrador que habita en mi cerebro y que todo el tiempo me está dictando historias. A veces escucho esa voz que me habla de los días que se fueron, que me hace darme cuenta de lo autorefencial que soy. Sé que un día de estos vamos a ir juntos y te voy a contar historias que hablan de mí, que te van a dejar conocer quién era yo en ese tiempo en que no me conocías.