Ayer no vine a trabajar. Un feriado oficial me permitió quedarme en casa. Cualquiera agradece un día en que uno puede quedarse dormido hasta tarde, en que no hay que hacer medio desayuno en la calle. Sin embargo, el camino me obligó a despertar temprano, a leer el día entero. El camino que se mete por mis venas y me hace parte de la rutina de salir y llegar a horas razonables, a lugares razonables.
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Todas las voces
Venía en la doce calle, entre la segunda y quinta avenida, un mp3 de Café Tacuba me recordó por qué me gustan las canciones de trenes. ¿Quién dirige el gran locomotor?
Charly por su parte me despierta la nostalgia: se va el tren, se va lejos, muertos hay en la estación, estoy solo si me deja, estoy vivo, si me voy.
Una vez más abordé las cinco calles en las que llevo la vía y pensé en qué haría si no tuviera que llegar a la oficina, en que haría si no viniera una hora tarde, madreando a los que no llevan prisa.
Cada vez que sueño, cada vez al despertar, lo único que escucho es ese tren.
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Camino a la biblioteca
Hoy que venía para el trabajo me di cuenta de la recurrencia de las calles en mi camino de todos los días. Me pasó porque a diario paro en el mismo semáforo, salvo felices excepciones, luego hago un alto y luego paro en otro semáforo. Después de eso vienen cinco cuadras en donde llevo la vía, hasta el último semáforo.
Siempre las mismas paradas.