Cuando desperté, ya era el 2010

Me tomó más de una semana ordenar ese nido que tengo como cuarto, incluso hice la cama y lavé la alfombra. Ordené librera y libros y descubrí que soy una…

Me tomó más de una semana ordenar ese nido que tengo como cuarto, incluso hice la cama y lavé la alfombra. Ordené librera y libros y descubrí que soy una coleccionista irremediable de libretas en blanco. Tengo cualquier cantidad de cuadernos y libretas que son como la promesa de millones de poemas y cuentos que alguna vez escribiré. Serán hermosos y terribles, serán cautivadores, silenciosos. Sí, serán cortos y llenos de adjetivos porque siempre se me acaban las palabras y por ello soy madre de miles de inconclusiones. 

Es cierto, me gustan las libretas nuevas, las posibilidades que encierra una página que mi lápiz no se ha animado a tocar (supongo que por eso escribo en este blog, porque no me da pena que se “ensucie”). Me gusta escribirte a mano y que con ello venga la esperanza de animarme a darte un fajo de hojas manuscritas un día de estos. Vos no lo sabés, pero después de la selva mi letra regresó más pequeña y ello me recuerda un poema en prosa que te escribí hace mucho. Tampoco sabés que en la madrugada del 1 de enero encontré un ángel o que la titánica tarea de ordenamiento habitacional me llevo a concluir que tengo demasiados libros por leer y que debería comprar libros nuevos hasta después de reducir esa torre de palabras que me espera. Que la cosa es así, que no logro evitar guardar libretas en blanco o escribirte.
  

Comentarios

6 respuestas

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