Categoría: Uncategorized

  • divisiones de Penélope

    Te vas sin despedirte. Sólo me queda buscar la banca de algún parque y sentarme a ver pasar el mundo. Pasa el tiempo y me refugio detrás de una ventana que ha de contener al mundo y mantenerme a salvo. No quiero ponerme a llorar. Te extraño y te espero, veo espejismos e intento convencerme de que todo ha de mejorar. Intento creer que vendrán nuevos días. De pronto pasas frente a mí. La historia que estaba tejiendo se me cae y las palabras me abandonan. Comprendo cuánto hemos cambiado, cuán diferentes somos. Sólo me queda buscar la sombra de tus recuerdos, esperar que vengan nuevos días.

  • Visiones de Penélope

    A veces soy Penélope y te espero en los prósperos días y en los días adversos.

    Claro, a veces sí implica que a veces no. Entonces me detengo para tejer alguna historia con alguno que no es marinero. Sin embargo, no doy un paso atrás, no destejo ni una puntada porque esa manta gigante de recuerdos y esperas me abriga cuando me desespero por no encontrarte.
    Sé que esas historias alternativas no te preocupan porque no soy capaz de volver con los que pasaron y se fueron. Sé que quisiera que estuvieras aquí, reconocerte y tener la mínima certeza de que sos vos al que espero. Sé que soy Penélope, que soy distinta cada día.
  • y a rodar y a rodar y a rodar

    No me da pena decir que nadie te extraña como yo. No me da pena admitir que pienso en vos en momentos inverosímiles; que me pregunto si te gustaría el dibujo que veo en la pared, la canción que suena en la radio, el olor que flota en el ambiente. No me da miedo contarte que constantemente pienso que disfrutarías ese párrafo del libro que estoy leyendo, que te sentirías feliz a cierta hora de la tarde en la que el sol calienta mi oficina o acompañándome a comprar café. Vos los sabes, nadie te quiere como yo, amor.

  • una tarde de aquellas

    escena 1: camino por una calle. Avanzo en sentido contrario a los vehículos.

    escena 2: aparece frente a mí un mini cooper corinto y dentro de él va un tipo verdaderamente lindo. Sonrío, porque uno siempre sonríe cuando ve cosas bonitas.
    escena 3: el siguiente carro es conducido por un policía, quien no conforme con darme una chequeada de esas que pareciera que lo escanean a uno con rayos x, baja la velocidad y termina de golosearme en su mente con una mueca absurda en su cara. Si hubiera tenido tiempo me hubiera dicho alguna patanada, estoy segura.
    escena 4: ambos carros desaparecen y un escalofrío me recorre la espalda. Supongo que eso es lo que uno siente cuando es testigo del paso de lo sublime a lo grotesco.
  • random

    1.

    Me sentí pequeña y tonta, aunque nadie me dijo «come chocolates» para confirmarme que puedo tener dentro de mí todos los sueños del mundo.

    2.
    Venía al trabajo una hora más tarde de lo habitual y el tráfico no era problema. El sol no me quemaba y el viento me alborotaba el pelo. Pasé frente al zoológico y pensé en la posibilidad de no venir a trabajar, de quedarme ahí, viendo bichos todo el día. Pensé que el mundo puede tener ese tipo de recursos para los que nos queremos escapar un viernes cualquiera.
    3.
    Nunca pensé en cuánto jugo se le puede sacar a una berenjena, quizás porque las berenjenas no me parecen las verduras más jugosas de la cuadra. Y bueno, mientras paso mis mañanas exprimiendo berenjenas para hacer jugos imposibles, tengo la impresión de que encontrarte tampoco debe ser imposible.

  • días anónimos

    Es lunes y, aunque apenas inicia la semana, estoy en ese gracioso punto conocido como el límite de mis fuerzas. Empiezo a desvariar, a comprender que hacía mucho no me daba tanto sueño por la tarde y si ahora ame dio será por alguna buena razón (o por lo menos tendría que serlo).

    Hay tardes como ésta, amor, en que me pongo sentimental y te espero.

  • cartas sin final

    Se me acaban las palabras, amor, para contarte cómo te he extrañado en estos días.

    Eso es un problema, desde luego, porque el silencio trae tu recuerdo de la mano y caigo en ese círculo vicioso de mi nostalgia por vos. Entonces, tengo que contarte historias para no necesitar que me abracés y compartás el silencio que compartimos tantas veces.

  • 50 metros lineales

    «¿Sabes cuántas preguntas puede hacerse una persona a lo largo de las sesenta cuadras que se estiran desde nuestro apartamento hasta ese hotel? Por lo menos cuatro por cuadra, o sea 240 preguntas, todas inconducentes y disparatadas. Pero entre todas ellas había una pregunta reina, una duda más pertinaz que las demás, y era si tú me querrías, Agustina, si me seguirías queriendo pese a eso que te había sucedido y que yo aún no sabía qué era.»

    Delirio, Laura Restrepo.
    Soy de esas personas a las que no les gusta correr, soy muy mala para los deportes en equipo (mi falta de coordinación es evidente en esos casos), no tengo bici, ni paciencia para ir a un gimnasio, así que cuando me agarra la onda deportiva me dedico a nadar. ¿Sabés cuántas preguntas puede hacerse una persona a lo largo de 50 metros lineales de agua?
    Una vez que tengo controlado el asunto de las brazadas, patadas y respiración (es decir, cuando estoy segura de no tragar demasiada agua y mantenerme a flote) debo controlar a mi cabeza. A veces me dedico a buscar fórmulas para darme ánimos y seguir nadando. Otras, me dedico a pensar en vos y las múltiples formas de sobrellevar tu ausencia. Pienso en las cosas que dejo de hacer, en las promesas que no he cumplido, en la gente que quiero, que no he visto hace mucho, en las cartas que debería escribirte para que sepás que te pienso.
    Entre mis líneas sin respuesta podría contarte, por ejemplo, que me gusta ver el reflejo del sol debajo del agua, que mi piel ya tiene ese peculiar olor a cloro y que el sol quema mi espalda. Que cuando nado estoy sola conmigo misma y no tengo esa puerta de escape que es la música cuando manejo de noche. Que exploro los rincones de mi cabeza para descubrir dónde guardo el recuerdo de tus sonrisas y de las cosas lindas que me dijiste alguna vez.
  • gracias por todo

    Lo admito, he estado de mal humor por estos días y por eso no he escrito gran cosa. Digo, no es como para ir por la vida esparciendo veneno. Sin embargo, hoy amanecí con el firme propósito de dejar de hacerme mala sangre, así que como primer paso, quiero compartir con ustedes una buena noticia.

    Hace un par de semanas Francisco Díaz, de la revista Semifusa, me escribió para contarme que había escrito algo sobre mí. Pueden leer el artículo acá. A veces me resulta extraño darme cuenta de que alguien en el mundo piensa en mí. Muchas gracias Francisco 🙂
  • de cuando uno elige no oír a los Beatles

    Tendría que decidirme a contestar los correos atrasados hace semanas. Aunque supongo que mis amigos ya se acostumbraron a recibir pocas letras de mi parte y los del trabajo ya deben estar contestados. Tendría que decidirme a limpiar mi escritorio, a archivar papeles y poner mis cosas en orden. Tendría que corregir mi ensayo de tesis, tendría que leer para los clubes. Pero estoy acá, atorada en una tarde que llueve, negándome a reconocer por qué las letras de tu nombre siguen siendo mi password para ciertas páginas de Internet.

    Afuera de mi oficina hay algunos estudiantes que hacen ruido y me perturban un poco. Elijo no poner ninguna de las canciones de Los Beatles por hoy e inicio de nuevo el catálogo de cosas que tengo por hacer. Tendría que lavar mi taza de café antes de que se pudra, tendría que limpiar mi cabeza antes de que se pudra. ¿Por qué sigo usando tu nombre como password?