Autor: Adelaida Loukota

  • caminos

    Vivo una hermosa relación de amor odio conmigo misma, similar a mi hermosa relación de amor odio con la carretera, a esa forma de adorar el camino pero odiar el tráfico; similar a esa maravillosa forma de creerme todas mis mentiras, de buscarte en todos lados.

    El fin de semana me largué con unos amigos a un pueblito perdido en medio de la nada. Manejé muchos kilómetros y encontré partes de mí misma entre cada puente que atravesamos de ida y vuelta. A veces uno descubre que hay árboles hermosos que se quedan al lado del camino para despedirte y decirte que ojalá vuelvas a pasar algún día por ahí. A veces uno descubre que la carretera es eterna y te llevaría al fin del mundo si así lo quisieras.

  • La señora Dalloway, de Virginia Woolf

    La señora Dalloway, Virginia WoolfAdmito que cuando tomé por primera vez La señora Dalloway, lo abandoné en las primeras diez páginas; la segunda no avancé mucho más, y fue hasta la tercera cuando logré llegar al final. También admito que esa última vez incluso disfruté la lectura.

    Este libro presenta ciertas dificultades para el lector. Nos introduce al mundo visto desde los ojos y pensamientos de los personajes, literalmente, con lo complejo que pueden resultar los procesos de pensamiento de muchas personas juntas en una sala. Puede resultar caótica la forma en que la autora nos lleva de un pensamiento a otro para luego volver al punto de partida, de un personaje a otro para volver al momento presente.
    Trata un tema bastante irrelevante, porque un día en la vida de una señora que camina por Londres y que ofrece una fiesta no es algo trascendente en la historia del mundo. Sin embargo, la complicada trama de reflexiones e ideas que la autora obtiene de estos hechos tan intrascendentes es asombrosa. Quizás la muerte del poeta haya cambiado algo en el mundo. Quizás haya cambiado algo en nosotros.
  • Poemas para Joe. IV

    A veces lo único que queda frente a mí es una carretera vasta y gris, una barda de metal, una hilera de postes pintados de verde. Otras veces, la simple sucesión de luces rojas que forman una barrera que me impide acelerar a más de 20 kilómetros por hora, correr y volar.

    Hay horas en que el camino es un poco más largo de lo habitual y no tengo radio para dejar de pensar en los múltiples ruiditos de carro; para dejar de pensar en vos que quizás no estés pensando en mí, en la carretera, en los poemas que te escribo en mi mente cuando manejo para salir de la ciudad.

  • Agosto

    Antenoche tenía mucho frío y un ataque de tos no me dejó conciliar el sueño entre las 9:20 y 9:52 p.m. Anoche el frío continuó pero me tomé un té antes de acostarme para ahorrarme la angustia de toser y toser y sentirme heroína romántica a punto de ceder ante la tisis.

    Esta mañana no quería leventarme, estaba en ese fabuloso estado entre el sueño y la vigilia que no te deja moverte de la cama pero que también te impide un sueño reparador y profundo. Estaba pensando mucho. De prontó pensé que mi corazón tiene un cuarto vacío que debería llenar un gran amor.

    Los grandes amores que tengo y tuve ya tienen un lugar asignado en el complejo multifamiliar del órgano que bombea sangre en mi cuerpo y me permite seguir viviendo. Hoy descubrí que tengo un espacio disponible para aquel que ha de venir.

    Entonces, amor, tus manos han de guardar mi camino y yo he de guardarte en mi corazón; he de soñar con vos en mis mañanas y tu boca ha de guardar los besos que le reservo.

  • variaciones

    Es lunes por la tarde y tengo calor. Puede que sea lunes por la tarde y que tenga fiebre. Puede que no sea lunes y que yo no esté. Puede que sea miércoles depronto. Puede que no tenga calor sino una mezcla de silencios contenidos que me ruboriza y me impide moverme de la silla.

    Es lunes por la tarde y me tomé el café de las 3 un poco antes. Puede que sea lunes por la mañana y que la falta de cafeína me haga alucinar con la hora de salida. Puede que sea sábado y la goma me haga pensar que es lunes de mañana. Puede ser que esté deshidratada.

    Es lunes por la tarde y te extraño. Puede que te extrañe a diario. Puede que la falta de cordura me afecte a las 3:46 de la tarde. Puede que te piense todo el tiempo y que tenga antojo de una siestecilla con vos, de un sueño tranquilo y sin sobresaltos ajustada a tu lado, atada a tu costado.

  • a estas horas

    Son las 5:08 de la mañana y yo juego PacMan, empiezo a considerar la idea de una siesta y luego pienso en vos. Seguro que vos eras bueno jugando estos jueguitos, a mí me matran cada dos mil puntos. ¿Cómo fue tu tiempo de PacMan?, ¿cómo fuiste en aquellos años? A estas alturas debería estar corrigiendo el texto que me pagan por corregir. Ese texto en el que me abandono en las madrugadas; pero mi cerebro necesita un descanso y el jueguito sigue en mi compu, después de tantos años.

    Igual, me abandono a vos cada vez que puedo. Sé que ya te he dicho que me gusta tu boca, tus camisas de cuadros, tu forma de fumar. ¿Qué pasaría si un día de estos me animo y te beso sin pedirte permiso?

    Y si, yo creo que pienso en vos porque es de madrugada y estoy sola, y cuando uno está solo y es de madrugada piensa en esas cosas. Piensa en que hay mejores formas de invertir una madrugada que pensar y pensar, que corregir textos, que jugar jueguitos de computadora y oír a Drexler, aunque lo mejor de toda esta situación sea oír a Drexler.

    Ya son las 5:32 según el reloj de los números rojos. Quizás ahora venga bien esa siesta, una media hora de oportunidad para soñar con vos, para soñar que te beso, que es mi sueño favorito de madrugada cuando estás lejos en tu cama y yo estoy lejos en la madrugada.

  • Poemas para Joe. III

    Caminar a tu lado encierra la certeza de encontrar salidas donde otros solo ven piedras y charcos. Quizás, porque tomarte de la mano es hermoso, quizás porque las noches deberían ser más largas y porque no deberías irte jamás.

  • La luna llena y redonda

    La luna está llena y yo pienso en vos.

    Ayer iba en la carretera a esa inevitable hora en que los camiones despiertan y pensaba inevitablemente en vos.

    La luna te acarrea a mi mente y no logro sacarte de ella hasta que la luna mengua. Curioso ciclo en el que tu imagen se llena y se vacía al ritmo de una pelota que llena el firmamento y se atraviesa por mi camino cada cierta cantidad de curvas.

    La luna que vi era blanca, no era como esas lunas rojas que presagian algún evento brutal y lamentable; supongo que era una buena luna para soñar con vos.

    Es inevitable, mis lunas llenas te pertenecen.

  • I am Jack’s broken heart

    Anoche estaba buscando un archivo en mi computadora y me encontré con un documento que no conocía. Lo abrí y resultó ser un cuento. Empecé a leerlo y dudé que fuera mío. Digamos que había palabras que no uso en mis narraciones. Llegué al final y lo supe. Escribí ese cuento como una variación al tema que me persigue. Me hicieron gracia los nombres de los personajes (no uso nombres de gente que conozco). Me hizo gracia la idea de huir a Japón.

    Y bueno, comparto con ustedes un cuentecillo al que le puse un nombre absolutamente arbitrario que tomé de una película que estuve viendo antes de encontrar el dicho texto.

    ¡salú!

    I am Jack’s broken heart

    Su problema se reduce esencialmente a la imposibilidad de aislar y proyectar una sola imagen en su cabeza. Necesita ver el mar, cualquier mar. La ciudad prácticamente arde. Es apenas febrero y parece que los árboles van a prenderse en llamas espontáneamente. Es difícil pensar y alejarse del vapor caliente que despide el asfalto. Parece no haber sombra ni refugio en ningún lugar.

    Espera un bus para ir a la universidad. Está sentada en una banca a la orilla de una calle poco transitada a esta hora. Como cosa poco común, hoy lleva puesta una falda larga y amplia, una blusa de algodón abotonada al frente, sandalias. Como cosa más extraña aún, se dejó el pelo suelto, sin el moño que acostumbra a la altura de la nuca. Todo su problema se reduce a evocar la sola imagen del mar, de un mar calmo, nada devastador.

    Está sentada en una banca y espera un bus que tarda como nunca, no tiene ganas de hablar. Poco antes de salir de casa discutió con su madre. La discusión fue similar a muchas otras; cuentas pendientes de las que Sara pocas veces se hace cargo, más por olvido que por mala voluntad. La madre está suspendida del trabajo por una lesión en la espalda que le provoca un dolor intenso, un mal humor punzante e irónico, difícil de soportar sin salir herido. La mayor parte del tiempo está dormida a causa de los sedantes que le ofrecen como único alivio. Cuando está despierta sabe convertir sus pocos ratos de lucidez en un verdadero infierno para cualquiera que esté cerca.

    Sara dio un portazo y se fue; al diablo con el maquillaje que tenía planeado ponerse; al diablo con el libro que estaba leyendo un momento antes y dejó abierto sobre su cama; al diablo con la vida. Hacía mucho tiempo que no lloraba por esas peleas, hacía mucho tiempo se resignaba a esa rutina. Esta vez fue diferente porque hace un par de meses la persigue una imagen constante, imborrable. La imagen de Mauricio que no le da descanso ni tregua.

    Cuando lo conoció en el colegio no imaginó que algún día llegaría a obsesionarla de esa forma. Era un muchachito flaco que no se distinguía del resto. Era buen futbolista, no le importaban mucho las clases y cuando podía se iba de pinta a jugar billar. Nunca dio señales de interesarse por ella hasta que un día de San Valentín le dejó sobre el escritorio una tarjeta y chocolates y luego la rogó durante meses para ir al cine o a comer un helado o a hacer los deberes juntos, la rogó incluso para que lo dejara acompañarla a su casa a la salida. Ella permaneció inmutable todo el tiempo, jamás quiso estar con él, su madre le tenía bien advertido cada peligro de andar con los muchachos. Ella no podía permitirse un desliz que la hiciera desilusionar a su madre, los hombres no traen nada bueno.

    Luego de graduase dejó de verlo, empezó a trabajar casi como un pasatiempo, luego vino la lesión de su madre, la necesidad real de trabajar y escapar de su casa. Logró entrar a la universidad estatal y ahora está en segundo año de ingeniería civil, trabaja en un video club por las noches y lleva los asuntos de la casa por las mañanas. No tiene tiempo para nada más.

    La universidad no es muy distinta del colegio en cuanto al esfuerzo por pasar inadvertida. Hay pocas mujeres en la carrera, menos aún en su clase, así que ha optado por un bajo perfil, viste siempre jeans y sudaderos enormes, botas de obrero y el pelo recogido. Sara se sabe fea. Siempre ha pensado que sus facciones son demasiado duras, no es muy alta, tiene las manos pequeñas, se siente gorda, muy morena, con los ojos muy achinados y con el pelo largo y rizado que no acata órdenes ni se deja dominar.

    Lleva veinticinco minutos en la parada y no pasa el bus. Deja de llorar y se siente al borde de la insolación, todo el calor del medio día está encerrado en esta cuadra, todo el calor intenta consumirla. Vuelve la imagen de Mauricio sobre la del mar que intenta proyectar en su mente. Vuelven con violencia cada uno de sus rechazos, vuelven los ojos de Mauricio después de la última negativa, la promesa de no molestarla nunca más, vuelven las lágrimas. Nunca supo por qué lo rechazó desde el primer día, por qué jamás se opuso a todo lo que su madre le decía. Ahora no puedo explicarse por qué lo necesita tanto.

    Mira el reloj de nuevo, es la una de la tarde, lleva media hora esperando un bus que se retrasa inexplicablemente. Sabe que es imposible encontrarlo; una amiga le contó que se fue al lago después de la graduación y conoció a una antropóloga japonesa que quedó prendada de él y lo convenció de acompañarla en un viaje de estudio por todo el altiplano del país. La gente dice que la doctora especializada en bailes ceremoniales del mundo solo quiso llevarse un souvenir del país, pero qué saben ellos de Mauricio.

    A Sara se le detiene el corazón solo de imaginar la imposibilidad de encontrarlo y pedirle que se quede con ella.

    El sudor le recorre la frente, la espalda, las piernas. Empieza a creer que es mala idea ir vestida así a la universidad. Calcula que si regresa a su casa podría ducharse y cambiarse en veinte minutos y no perder más que el inicio de la primera clase, piensa que se ve ridícula así, le queda mejor su apariencia habitual. De todas formas el bus se niega a pasar y a ella ya le están dando mareos. De todas formas no ganará nada con esa pinta.

    Espera quince minutos más, que el mundo se vaya al infierno. Le arde la espalda y no encuentra consuelo no logra evocar la imagen del mar, no logra sacarse de la cabeza a Mauricio, que seguramente estará en Japón con una hermosa y brillante mujer, sin enterarse de todo lo que ella siente, sin pensar por un minuto en ella. Está a punto de gritar, pero piensa que no vale la pena. Se está consumiendo en vida. Inicia el lento regreso a su casa, con suerte su mamá estará dormida, si no es así tal vez no llegue a clases. No se quedó para ver cómo tres minutos después pasó el bus, no se quedó para abordarlo y ver a Mauricio que iba a buscarla a la universidad para preguntarle por última vez si quería estar con él, antes de decidir irse a Japón con Yuriko, antes de decidir no volver a buscarla más.

  • Las Cenizas de Ángela, de Frank McCourt

    Las cenizas de Ángela, Frank McCourtCuando la obra termina ella me deja jugar con el botón de la radio y busco en el dial los sonidos lejanos de onda corta, raros chisporroteos y zumbidos, el ruido del océano que va y viene y el alfabeto Morse dit dit dit dot. Oigo mandolinas, guitarras, gaitas españolas, los tambores del África, lamentos de barqueros del Nilo. Veo marineros que sorben tazas de chocolate caliente en sus atalayas. Veo catedrales, rascacielos, cabañas. Veo beduinos del Sahara y la Legión Extranjera francesa y vaqueros en las praderas de América. Veo cabras que brincan en las costas rocosas de Grecia donde los pastores son ciegos porque se casaron con sus madres por equivocación. Veo gente charlando en los cafés, tomando vino, paseándose por bulevares y avenidas. Veo mujeres de la noche en los portales, monjes cantando vísperas, hasta que suena el campanazo del Big Ben: Escuchan el servicio internacional de la BBC y estas son las noticias.

    Frank McCourt, Las cenizas de Ángela. Página 306

    Nada mal para un niño que sobrevivió a la brumas mortales del Shannon, a los húmedos veranos y más húmedos inviernos. Que descubrió la poesía en la cama de un hospital y que tuvo que robar para darle de comer a sus hermanos menores. Nada mal para un hombre que siguió soñando y logró convertirse en un gran escritor.