Autor: Adelaida Loukota

  • I am Jack’s broken heart

    Anoche estaba buscando un archivo en mi computadora y me encontré con un documento que no conocía. Lo abrí y resultó ser un cuento. Empecé a leerlo y dudé que fuera mío. Digamos que había palabras que no uso en mis narraciones. Llegué al final y lo supe. Escribí ese cuento como una variación al tema que me persigue. Me hicieron gracia los nombres de los personajes (no uso nombres de gente que conozco). Me hizo gracia la idea de huir a Japón.

    Y bueno, comparto con ustedes un cuentecillo al que le puse un nombre absolutamente arbitrario que tomé de una película que estuve viendo antes de encontrar el dicho texto.

    ¡salú!

    I am Jack’s broken heart

    Su problema se reduce esencialmente a la imposibilidad de aislar y proyectar una sola imagen en su cabeza. Necesita ver el mar, cualquier mar. La ciudad prácticamente arde. Es apenas febrero y parece que los árboles van a prenderse en llamas espontáneamente. Es difícil pensar y alejarse del vapor caliente que despide el asfalto. Parece no haber sombra ni refugio en ningún lugar.

    Espera un bus para ir a la universidad. Está sentada en una banca a la orilla de una calle poco transitada a esta hora. Como cosa poco común, hoy lleva puesta una falda larga y amplia, una blusa de algodón abotonada al frente, sandalias. Como cosa más extraña aún, se dejó el pelo suelto, sin el moño que acostumbra a la altura de la nuca. Todo su problema se reduce a evocar la sola imagen del mar, de un mar calmo, nada devastador.

    Está sentada en una banca y espera un bus que tarda como nunca, no tiene ganas de hablar. Poco antes de salir de casa discutió con su madre. La discusión fue similar a muchas otras; cuentas pendientes de las que Sara pocas veces se hace cargo, más por olvido que por mala voluntad. La madre está suspendida del trabajo por una lesión en la espalda que le provoca un dolor intenso, un mal humor punzante e irónico, difícil de soportar sin salir herido. La mayor parte del tiempo está dormida a causa de los sedantes que le ofrecen como único alivio. Cuando está despierta sabe convertir sus pocos ratos de lucidez en un verdadero infierno para cualquiera que esté cerca.

    Sara dio un portazo y se fue; al diablo con el maquillaje que tenía planeado ponerse; al diablo con el libro que estaba leyendo un momento antes y dejó abierto sobre su cama; al diablo con la vida. Hacía mucho tiempo que no lloraba por esas peleas, hacía mucho tiempo se resignaba a esa rutina. Esta vez fue diferente porque hace un par de meses la persigue una imagen constante, imborrable. La imagen de Mauricio que no le da descanso ni tregua.

    Cuando lo conoció en el colegio no imaginó que algún día llegaría a obsesionarla de esa forma. Era un muchachito flaco que no se distinguía del resto. Era buen futbolista, no le importaban mucho las clases y cuando podía se iba de pinta a jugar billar. Nunca dio señales de interesarse por ella hasta que un día de San Valentín le dejó sobre el escritorio una tarjeta y chocolates y luego la rogó durante meses para ir al cine o a comer un helado o a hacer los deberes juntos, la rogó incluso para que lo dejara acompañarla a su casa a la salida. Ella permaneció inmutable todo el tiempo, jamás quiso estar con él, su madre le tenía bien advertido cada peligro de andar con los muchachos. Ella no podía permitirse un desliz que la hiciera desilusionar a su madre, los hombres no traen nada bueno.

    Luego de graduase dejó de verlo, empezó a trabajar casi como un pasatiempo, luego vino la lesión de su madre, la necesidad real de trabajar y escapar de su casa. Logró entrar a la universidad estatal y ahora está en segundo año de ingeniería civil, trabaja en un video club por las noches y lleva los asuntos de la casa por las mañanas. No tiene tiempo para nada más.

    La universidad no es muy distinta del colegio en cuanto al esfuerzo por pasar inadvertida. Hay pocas mujeres en la carrera, menos aún en su clase, así que ha optado por un bajo perfil, viste siempre jeans y sudaderos enormes, botas de obrero y el pelo recogido. Sara se sabe fea. Siempre ha pensado que sus facciones son demasiado duras, no es muy alta, tiene las manos pequeñas, se siente gorda, muy morena, con los ojos muy achinados y con el pelo largo y rizado que no acata órdenes ni se deja dominar.

    Lleva veinticinco minutos en la parada y no pasa el bus. Deja de llorar y se siente al borde de la insolación, todo el calor del medio día está encerrado en esta cuadra, todo el calor intenta consumirla. Vuelve la imagen de Mauricio sobre la del mar que intenta proyectar en su mente. Vuelven con violencia cada uno de sus rechazos, vuelven los ojos de Mauricio después de la última negativa, la promesa de no molestarla nunca más, vuelven las lágrimas. Nunca supo por qué lo rechazó desde el primer día, por qué jamás se opuso a todo lo que su madre le decía. Ahora no puedo explicarse por qué lo necesita tanto.

    Mira el reloj de nuevo, es la una de la tarde, lleva media hora esperando un bus que se retrasa inexplicablemente. Sabe que es imposible encontrarlo; una amiga le contó que se fue al lago después de la graduación y conoció a una antropóloga japonesa que quedó prendada de él y lo convenció de acompañarla en un viaje de estudio por todo el altiplano del país. La gente dice que la doctora especializada en bailes ceremoniales del mundo solo quiso llevarse un souvenir del país, pero qué saben ellos de Mauricio.

    A Sara se le detiene el corazón solo de imaginar la imposibilidad de encontrarlo y pedirle que se quede con ella.

    El sudor le recorre la frente, la espalda, las piernas. Empieza a creer que es mala idea ir vestida así a la universidad. Calcula que si regresa a su casa podría ducharse y cambiarse en veinte minutos y no perder más que el inicio de la primera clase, piensa que se ve ridícula así, le queda mejor su apariencia habitual. De todas formas el bus se niega a pasar y a ella ya le están dando mareos. De todas formas no ganará nada con esa pinta.

    Espera quince minutos más, que el mundo se vaya al infierno. Le arde la espalda y no encuentra consuelo no logra evocar la imagen del mar, no logra sacarse de la cabeza a Mauricio, que seguramente estará en Japón con una hermosa y brillante mujer, sin enterarse de todo lo que ella siente, sin pensar por un minuto en ella. Está a punto de gritar, pero piensa que no vale la pena. Se está consumiendo en vida. Inicia el lento regreso a su casa, con suerte su mamá estará dormida, si no es así tal vez no llegue a clases. No se quedó para ver cómo tres minutos después pasó el bus, no se quedó para abordarlo y ver a Mauricio que iba a buscarla a la universidad para preguntarle por última vez si quería estar con él, antes de decidir irse a Japón con Yuriko, antes de decidir no volver a buscarla más.

  • Las Cenizas de Ángela, de Frank McCourt

    Las cenizas de Ángela, Frank McCourtCuando la obra termina ella me deja jugar con el botón de la radio y busco en el dial los sonidos lejanos de onda corta, raros chisporroteos y zumbidos, el ruido del océano que va y viene y el alfabeto Morse dit dit dit dot. Oigo mandolinas, guitarras, gaitas españolas, los tambores del África, lamentos de barqueros del Nilo. Veo marineros que sorben tazas de chocolate caliente en sus atalayas. Veo catedrales, rascacielos, cabañas. Veo beduinos del Sahara y la Legión Extranjera francesa y vaqueros en las praderas de América. Veo cabras que brincan en las costas rocosas de Grecia donde los pastores son ciegos porque se casaron con sus madres por equivocación. Veo gente charlando en los cafés, tomando vino, paseándose por bulevares y avenidas. Veo mujeres de la noche en los portales, monjes cantando vísperas, hasta que suena el campanazo del Big Ben: Escuchan el servicio internacional de la BBC y estas son las noticias.

    Frank McCourt, Las cenizas de Ángela. Página 306

    Nada mal para un niño que sobrevivió a la brumas mortales del Shannon, a los húmedos veranos y más húmedos inviernos. Que descubrió la poesía en la cama de un hospital y que tuvo que robar para darle de comer a sus hermanos menores. Nada mal para un hombre que siguió soñando y logró convertirse en un gran escritor.

  • Madame Bovary, de Gustave Flaubert

    Madame Bovary, Gustave FlaubertEmma vive en un mundo de velos y fantasía, espera que su querido Charles sea como el héroe de las novelas y, en realidad, no soporta muy bien ese pequeño pueblo donde nunca pasa nada, no soporta una vida en la que no tiene tanto dinero, no soporta a una hija a la que debería amar.

    Y así transcurre la vida de este personaje, quizás porque como dice Mario Vargas Llosa, “Flaubert llegó a la conclusión de que la mediocridad era profundamente representativa de lo humano (…) Esta convicción de que la vida no está hecha solo de antípodas, de que en la mayoría de los casos la dicha y la desgracia son simplemente la acumulación gradual e insensible de hechos menudos y banales, de que lo pequeño y lo opaco son más propios del hombre que lo grande y lo radiante.”

  • son casi las 8

    Son como las 7:40 p.m. en esta ciudad y aun hay luz de dia, demasiada luz de dias largos. Tengo atrasado el cafe de las 3, hoy me lo tome como a las 5 y eso fue despues de varios dias con las rutinas interrumpidas. Tengo cierta nostalgia de hablar español, aunque, who cares? No encuentro las tildes en estos teclados, no te encuentro entre la gente que me cruzo por la calle.

    Hay amor, sin ti mi cama es ancha, pero who cares? Hay amor, los cielos de este centro de convenciones son altos, muy altos, quizas seria bueno decidir volar un poco, dar el salto.

    Lo bueno es que se camina mucho aca, se anda y se anda, como el tiempo.

  • Amor

    Sos el minuto 6 del segundo movimiento de la sinfonía del nuevo mundo. Sos el instante previo, la confirmación de que el mundo puede ser un lugar habitable. Nunca te lo dije, ¿verdad?

    Hay tantas cosas que no te dije, quien sabe si un día de estos tengamos uno de esos momentos en que el resto no importa, quien sabe si tendré la oportunidad para verte a los ojos y decirte:

    Me he preguntado muchas veces
    por la necesidad de tu vida en mis actos

    o algo parecido, mejor escrito por aquel poeta que le regaló a su amor la misma sinfonía de la que hoy te hago parte.

    La felicidad, amor, está en decirte de pronto que pienso en vos y por eso mi vida es buena.

  • ¿y Joe?

    Eras lo último entre el desasociego y yo. Ahora me queda esta manía de pensar en vos en pasado, esta terrible sensación de olvido y ansias de resignación. Es cierto, tengo el corazón roto y hasta ahora soy capaz de admitirlo. Quizás fue porque no supe cómo enamorarte, quizás porque la felicidad siempre dura menos de lo que uno quisiera.

  • el viernes por la mañana

    Desperté pensando en cuál sería el antónimo más adecuado para sublime. Cuando abrí los ojos me invadió una sensación que nada tenía de: «Excelsa, eminente, de elevación extraordinaria».

    Después de los 35 kilómetros de diario llegué a un diccionario que me regaló, entre otros vocablos, vulgar, ruin, abominable, material, bajo, mediocre. En ese momento supe que ninguno se acercaba a ese dolor de cabeza, a mi estómago blandito, a la certeza de una soledad inconmensurable y a esa cierta náusea (de la que llega después de demasiadas cervezas).

    Desperté con el corazón roto en 525 partes iguales, con la certeza de que no hay nada en el mundo más sublime.

  • carreteras

    Pasé cinco días con el mismo disco en el carro. Sabina cantado por mujeres sonó una y otra vez en mis idas y venidas. Cada vez canté cada una de las canciones (menos la de Chabela porque no me pasa ni con aceite), cada vez intenté dejar de pensar y callar esa voz en mi cabeza que me habla de vos. Ya ves, la nostalgia diluida con música pesa menos.

    Todo estuvo bien hasta que hoy por la mañana fue imposible retomar la fórmula. Me hace mucha falta platicar con vos, contarte mis fantasías animadas de ayer y hoy; contarte que me dio miedo el loco que estaba debajo del puente del Trébol y blandía un palo de escoba como si de ello dependiera su vida; contarte que la lluvia está bien, que las calles se inundan, que descubrí que el sonido de mi voz en alto mitiga la certeza de tu ausencia.

  • vos

    El domingo soñé que te besaba. Hermosa sensación de beso en sueños. Ahora tengo tres vinos encima y una carretera que me ofrece el vacío. Habito el camino y una cama donde no te encontraré. Repito tu nombre como un mantra contra los maleficios de tu ausencia, mi cabeza se llena con los versos del poema que nos explica.

  • Muñeca mala, de Carmen Matute

    Muñeca mala, Carmen MatuteSé que Muñeca mala está dando mucho de qué hablar. Lo presentaron hace poco, así que estamos en el boom de opiniones a favor y en contra. Como a mí me pareció un buen libro, les copio un par de fragmentos de comentarios a su favor:

    El tono equilibrado y maduro, sostenido durante todo el libro, puede confundir al lector y hacerlo pensar que se encuentra frente a una novela de episodios fragmentados o “un extenso (y agonizante) poema en prosa” (como me señaló una lectora). En este sentido, se aprecia la secuencia en que fueron ordenados los relatos, lo cual evidencia una esmerada edición.

    http://www.ronaldflores.com/2008/04/08/muneca-mala-de-carmen-matute/

    Y claro que Marcela y las otras protagonistas del libro (que sigo creyendo una) son iguales a muchas otras mujeres que forman legión: Las que lloraron en silencio el desamor de una madre que no supo o quizás no quiso comprenderlas y reciprocar su ternura, las que lamentaron las experiencias amargas de una adolescencia triste y las otras, las que tienen la certeza de que pronto la muerte inexorable, y quizás adelantada, las recogerá.

    http://www.prensalibre.com/pl/2008/mayo/21/238168.html