Autor: Adelaida Loukota

  • La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata

    La casa de las bellas durmientes, Yasunari KawabataAlguien me dijo alguna vez que cuando reímos no pensamos en nada; para él el momento de la risa era el único en que nuestra mente se pone en blanco, se despoja de todo pensamiento. Quizás eso sea cierto, porque incluso al momento del sueño nos acompañan algunos pensamientos y, bueno, luego llega la inconsciencia. De lo que estoy segura es que Eguchi tuvo ocasión de las más diversas y complejas reflexiones mientras observaba a las muchachas dormidas. Su sueño, su inconsciencia despertaban en él recuerdos maravillosos, anhelos, sensaciones.

    La casa de las bellas durmientes nos muestra el viaje de un hombre. En este viaje él no tiene que cambiar de escenario continuamente, no tiene que recorrer los caminos inmensos de la noche, solo tiene que llegar a una casa perdida entre la oscuridad y el rumor del mar, tomar un poco de té y recostarse al lado de una joven que no lo conocerá nunca. Solo entonces le llega el momento del viaje hacia sus más lejanos pensamientos.

    Hay noches en las que, sin duda, necesitamos un poco de silencio, un cama tibia y una buena dosis de recuerdos.

  • noches de neblina

    Pienso en vos, amor. La carretera está recién llovida, el carro sube a 80 kilómetros por hora, la neblina no es tan densa como esperaba, con un simple gesto veo por el retrovisor que el vidrio de atrás está empañado y llovido, que no veo nada, mi mano activa el limpiabrisas trasero y cuando veo cómo se limpian las gotas que pueblan el vidrio pienso en vos.

    Mi mirada regresa al frente, entonces tengo la certeza de la noche, de los días sin verte, de la canción que suena en el radio. Tengo la certeza del frío, de la necesidad de tu abrazo, del azar que conduce mis gestos simples hasta tu recuerdo. En estas noches no hay luna, sólo la neblina que hace que todo vaya más lento, sin ritmo. Las luces se escapan en esas noches.

  • los días

    Sucede, amor, que me canso del mundo cada cierto tiempo; que reitero las ganas de escaparme de los setenta kilómetros de camino diario, de mis cuatro metros cuadrados de oficina, de mis dedos fríos.

    Hay días en que cuento las horas para que llegue el momento de verte, pero nunca llega. Hay días en que te borrás de los intentos de mi vida posible y entonces sólo me queda el silencio.

  • Poemas para Joe o variaciones de un beso

    Joe tiene los dedos largos. Cuando camina a mi lado pone la mano en mi nuca y enreda los dedos en mi pelo o acaricia suavemente mi cuello.

    El otro día vino a buscarme para que fuéramos por el café de las tres, mientras caminábamos por el jardín me dijo que no fuera boba, que no era importante recordar exactamente nuestro primer beso, que no fue el mejor.

    Me dijo que había sido una tarde de esas en que me cuenta historias. Me dijo que me metí tanto en el relato que en el momento en que el príncipe besa a la princesa para despertarla del hechizo de la bruja, se había acercado a mí y había rozado mis labios. Yo le dije que eso pasó en Los pilares de la tierra, que de ninguna manera había sido nuestro primer beso.

    Entonces ya sé cuál fue, dijo, caminábamos del parqueo al cine en Miraflores y me detuve y te detuve y te besé. No, le dije, ése no fue el primero.

    Llegamos al edificio donde está el café, llegamos a la puerta del elevador, entramos y subimos cuatro pisos. En ese momento Joe sonrío y me besó suavemente. Me abrazó y me dijo al oído que todo estaba bien, que comprendía mi nostalgia, mis ganas de asir todos los recuerdos posibles para que no brinquen al mundo y se pierdan.

    Nuestro primer beso fue de despedida, dijo, estábamos en el parqueo de Miraflores la tarde en que nos conocimos y al despedirnos nos besamos en los labios como esas viejas parejas que han estado juntas media vida. Seguro no lo recordás porque fue un gesto simple y natural, como la certeza de biendormir cuando he estado con vos toda la tarde.

    Salimos del elevador y supe que todo estará bien, que mis días son mejores cuando Joe está cerca.

  • la ausencia de Joe

    Era de noche y debiste estar ahí, amor, porque somos animales de nostalgia.

    Me infiltré en los senderos de bancas de parques, de aceras, de la certeza de una vida distinta que ya no fue. Descubrí los rastros de migajas que dejamos porque sabíamos que tendría que encontrar sola el atajo para salir del bosque de los días que fueron.

    Recordé detalles pendejos de nuestras conversasiones, el tono exacto de tu voz y no fui capaz de recordar nuestro primer beso, nuestro primer gesto de complicidad, y aún así sigo esperando que estés.

  • Gabriel dos prazeres

    Anoche leí María dos Prazeres, de García Márquez antes de dormir. Luego llegó la lluvia y me entregué al arrullo de las gotas en el techo de lámina. Como nunca he comprendido bien los mecanismos del sueño no puedo explicar cómo llegué al museo en el que me encontraba, no puedo explicar por qué era una mezcla entre el tortugario de Monterrico y los salones del parque de la industria; no puedo explicar cómo apareció García Márquez (viejo, no de joven), cómo se desvistió, cómo me acostó en mi cama y me hizo el amor, que sin entrar en detalles abrumadores fue todo lo que se puede esperar de un amante experimentado y galante.

    Me hace mucha gracia el sueño, en parte por los cuentos del propio Gabriel y sus personajes que se encuentran en sueños, en parte por lo onírico y conceptual incomprensible de la situación, en parte porque yo hubiera elegido a otro para ocupar su lugar y en parte porque me hizo despertar con una sonrisa impertinente en los labios.

    Temo confesarle a Joe que anoche le fui infiel, que otro ocupo su lugar en mis sueños, que me gustó.

  • Poemas para Joe. II

    Busco restos de tu voz en el aire
    la tarde pasa sin gloria y mi ventana se puebla de ruidos
    de gotas que no llegan a cristalizarse

    tengo ganas de contarte historias
    de dormir abrazada a vos

  • cuando uno lo moja todo

    Uno de mis hábitos insoportables y más arraigados a lo largo de los años es llevar siempre conmigo un pachón con agua pura, así como llevaba mi termo con fresco al colegio. El asunto es que los accidentes pasan, a mí siempre me pasan, y a veces se sale el agua del pachón.

    Hace algunos años mojé el sillón de atrás del carro de mi papá, y me di cuenta hasta el día siguiente, cuando él abrió su carro y tenía ese peculiar olor a perro mojado que no se quita con nada. Me vio y me dijo, con toda la seriedad y frustración de su alma, «es que vos todo lo mojás». Y si, para qué lo niego, yo todo lo mojo. El miércoles pasado venía tomando agua en el carro y de la garita al parqueo mojé unas hojas que acababa de imprimir, además del sillón de mi carro y mi bolsa. Cuando noté el desastre recordé la voz de mi papá y su famosa frase.

    El regaño ha estado dando vueltas en mi cabeza. Sé que con mi papá la sigo mojando al no graduarme de la U, al no darle nietos, al no cumplir la parte de la vida que espera de mí. La reflexión llegó a otros ámbitos de mi vida y concluí que con Juan Pablo nos mojamos mutuamente, tanto que aún estamos empapados. La mojé con Carlos, intenté no mojarla con Homero, pero aún no sé qué tanto lo logré.

    A mis amigos también les ha tocado algo de agua, sé que la mojé feo una vez con Marlon Francisco y espero que él no se acuerde. Sé que la mojo con Laura con esta manía de no llamarla. Con Guillermo la mojo de vez en cuando y por eso salimos a almorzar al jardín, para que el aire y el sol lo sequen.

    Muchos de mis libros tienen huellas del paso del agua por sus páginas. Los he mojado con lágrimas, vino, lluvia. Muchos de mis días tienen huellas del paso del agua en mi vida.

  • Yo

    Soy la que a veces se despierta pensando en sí misma como quien piensa en otra persona. Ocuerre entonces que comprendo que soy muchas a la vez. Soy la que maneja como si hubiera perdido el juicio, la que ama los dulces de anís y la que no sale de su casa sin desayunar. También sé en esos momentos que soy invisible. Pocos saben de mi existencia, pocos me notan si me ven por la calle.

    Me enamoro a diario y me construyo castillos en el aire. Soy la que te extraña con especial testarudez, la que te llevará siempre la contraria y estará dispuesta a abrazarte cuando haga falta. No soy tan mala amiga, aunque a veces hay que agunatarme cada cosa. Soy la que no llama, la que dará muestras de existencia de maneras muy distintas.

    Soy la que cree que sus amigos están bien, porque la gente que uno quiere merece ser feliz aunque aún o encuentre la receta. Si, soy la que se repite con cierta frecuencia, la que no abandona los mismos temas, la que ama la poesía aunque a veces no encuentre las palabras justas.

  • llueve

    Llueve y me parece hermoso que llueva. Mi ventana está gris por fuera y las plantas replican las gotas que caen sobre ellas. Esta mañana venía pensando en el camino que recorro todos los días mientras el sol me derretía sobre el asiento del carro. Ahora es curioso pensar en ello porque la brisa me recuerda que el mundo puede ser un lugar frío y húmedo de vez en cuando, que mi corazón está frío y húmedo de vez en cuando.

    Supongo que el jardín está vacío ahora, que el tráfico estará insoportable en un rato, que es un buen momento para reiterar mis ganas de verte, mis ganas de contarte un cuento en el que seás gaviota y yo sea el viento que te ayuda a planear sobre los barcos detenidos en puertos remotos.