Autor: Adelaida Loukota

  • 1421: el año en que China descubrió al mundo, de Gavin Menzies

    1421, el año en que China descubrió el mundo, Gavin MenziesCierren los ojos e imaginen por un momento que en lugar de ir en el tráfico de los viernes por la noche, van en un barco que salió del puerto hace 10 días, a su alrededor solo está el inmenso océano. El cielo les regala un atardecer espectacular y a la hora de la cena los marinos más viejos les contarán maravillosas historias de tierras desconocidas, de largas travesías, de tormentas y hechos maravillosos.

    Sin duda las historias de los viejos marinos tienen la cualidad excepcional de transportarnos. No importa si no tratan sobre hechos verdaderos, no importa si los chinos no descubrieron América o si jamás vieron una jirafa viva, lo importante es que un viejo marino nos la cuente.

    Así, descubrimos animales maravillosos que viajaron miles de kilómetros hasta llegar a nuestro continente, conocimos las costumbres de los hombres que se aventuraban en travesías que les costaban la vida, accedimos a una posibilidad dentro del mar de posibilidades que conforman la historia.

    El mundo es ancho y ajeno, diría Ciro Alegría. El mar, por su parte, es inconmensurable, inasible. Y del universo ¿para qué les cuento?

    Sin embargo, el punto importante de todas estas magnificaciones es que ha habido hombres capaces de tomar pequeños elementos de la inmensidad para establecer rutas entre un punto A y un punto B y definir caminos que les ayudarían a encontrar maravillas inexploradas.

    Sé que dicho así suena simple, pero el punto A puede ser un puerto chino y el punto B una pequeña isla perdida debajo de una estrella en el extremo del polo sur; también puede ser que sea el siglo XV y que los barcos no cuenten con equipos de navegación y que los hombres sólo sepan mirar al cielo, creo que por suerte sabían mirar al cielo.

  • Yo quiero ser una chica Almodóvar

    Yo quiero ser una chica Almodóvar
    como la Maura como Victoria Abril,
    un poco lista, un poquitín boba,
    ir con Madonna en una limousine.

    Yo quiero ser una chica Almodóvar
    como Bibi, como Miguel Bosé,
    pasar de todo y no pasar de moda,
    bailar contigo el ultimo cuplé.

    Y bueno, a veces vivo en medio de un ataque de nervios, sé que el amor es algo que va y viene y me gustaría ser fuerte, como las chicas de Almodóvar; sin embargo, me gustaría decirle a Joaquín que eso no me basta. De pronto me gustaría más ser una chica Tarantino y que no me importe la violencia y ser completamente absurda. Me gustaría vengarme solo por tener un sentido de la venganza y saber que puedo salir de mi tumba y ser fuerte como las chicas de película D.

    Yo quiero ser una chica Tarantino,
    como la Turman como Rosario
    un poco lista, un poco ruda
    ir a toda velocidad a encontrar la muerte

    Yo quiero ser una chica Tarantino
    como Beatrix como Zoe the cat
    caminar entre el fuego
    besarte una vez más

  • La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata

    La casa de las bellas durmientes, Yasunari KawabataAlguien me dijo alguna vez que cuando reímos no pensamos en nada; para él el momento de la risa era el único en que nuestra mente se pone en blanco, se despoja de todo pensamiento. Quizás eso sea cierto, porque incluso al momento del sueño nos acompañan algunos pensamientos y, bueno, luego llega la inconsciencia. De lo que estoy segura es que Eguchi tuvo ocasión de las más diversas y complejas reflexiones mientras observaba a las muchachas dormidas. Su sueño, su inconsciencia despertaban en él recuerdos maravillosos, anhelos, sensaciones.

    La casa de las bellas durmientes nos muestra el viaje de un hombre. En este viaje él no tiene que cambiar de escenario continuamente, no tiene que recorrer los caminos inmensos de la noche, solo tiene que llegar a una casa perdida entre la oscuridad y el rumor del mar, tomar un poco de té y recostarse al lado de una joven que no lo conocerá nunca. Solo entonces le llega el momento del viaje hacia sus más lejanos pensamientos.

    Hay noches en las que, sin duda, necesitamos un poco de silencio, un cama tibia y una buena dosis de recuerdos.

  • noches de neblina

    Pienso en vos, amor. La carretera está recién llovida, el carro sube a 80 kilómetros por hora, la neblina no es tan densa como esperaba, con un simple gesto veo por el retrovisor que el vidrio de atrás está empañado y llovido, que no veo nada, mi mano activa el limpiabrisas trasero y cuando veo cómo se limpian las gotas que pueblan el vidrio pienso en vos.

    Mi mirada regresa al frente, entonces tengo la certeza de la noche, de los días sin verte, de la canción que suena en el radio. Tengo la certeza del frío, de la necesidad de tu abrazo, del azar que conduce mis gestos simples hasta tu recuerdo. En estas noches no hay luna, sólo la neblina que hace que todo vaya más lento, sin ritmo. Las luces se escapan en esas noches.

  • los días

    Sucede, amor, que me canso del mundo cada cierto tiempo; que reitero las ganas de escaparme de los setenta kilómetros de camino diario, de mis cuatro metros cuadrados de oficina, de mis dedos fríos.

    Hay días en que cuento las horas para que llegue el momento de verte, pero nunca llega. Hay días en que te borrás de los intentos de mi vida posible y entonces sólo me queda el silencio.

  • Poemas para Joe o variaciones de un beso

    Joe tiene los dedos largos. Cuando camina a mi lado pone la mano en mi nuca y enreda los dedos en mi pelo o acaricia suavemente mi cuello.

    El otro día vino a buscarme para que fuéramos por el café de las tres, mientras caminábamos por el jardín me dijo que no fuera boba, que no era importante recordar exactamente nuestro primer beso, que no fue el mejor.

    Me dijo que había sido una tarde de esas en que me cuenta historias. Me dijo que me metí tanto en el relato que en el momento en que el príncipe besa a la princesa para despertarla del hechizo de la bruja, se había acercado a mí y había rozado mis labios. Yo le dije que eso pasó en Los pilares de la tierra, que de ninguna manera había sido nuestro primer beso.

    Entonces ya sé cuál fue, dijo, caminábamos del parqueo al cine en Miraflores y me detuve y te detuve y te besé. No, le dije, ése no fue el primero.

    Llegamos al edificio donde está el café, llegamos a la puerta del elevador, entramos y subimos cuatro pisos. En ese momento Joe sonrío y me besó suavemente. Me abrazó y me dijo al oído que todo estaba bien, que comprendía mi nostalgia, mis ganas de asir todos los recuerdos posibles para que no brinquen al mundo y se pierdan.

    Nuestro primer beso fue de despedida, dijo, estábamos en el parqueo de Miraflores la tarde en que nos conocimos y al despedirnos nos besamos en los labios como esas viejas parejas que han estado juntas media vida. Seguro no lo recordás porque fue un gesto simple y natural, como la certeza de biendormir cuando he estado con vos toda la tarde.

    Salimos del elevador y supe que todo estará bien, que mis días son mejores cuando Joe está cerca.

  • la ausencia de Joe

    Era de noche y debiste estar ahí, amor, porque somos animales de nostalgia.

    Me infiltré en los senderos de bancas de parques, de aceras, de la certeza de una vida distinta que ya no fue. Descubrí los rastros de migajas que dejamos porque sabíamos que tendría que encontrar sola el atajo para salir del bosque de los días que fueron.

    Recordé detalles pendejos de nuestras conversasiones, el tono exacto de tu voz y no fui capaz de recordar nuestro primer beso, nuestro primer gesto de complicidad, y aún así sigo esperando que estés.

  • Gabriel dos prazeres

    Anoche leí María dos Prazeres, de García Márquez antes de dormir. Luego llegó la lluvia y me entregué al arrullo de las gotas en el techo de lámina. Como nunca he comprendido bien los mecanismos del sueño no puedo explicar cómo llegué al museo en el que me encontraba, no puedo explicar por qué era una mezcla entre el tortugario de Monterrico y los salones del parque de la industria; no puedo explicar cómo apareció García Márquez (viejo, no de joven), cómo se desvistió, cómo me acostó en mi cama y me hizo el amor, que sin entrar en detalles abrumadores fue todo lo que se puede esperar de un amante experimentado y galante.

    Me hace mucha gracia el sueño, en parte por los cuentos del propio Gabriel y sus personajes que se encuentran en sueños, en parte por lo onírico y conceptual incomprensible de la situación, en parte porque yo hubiera elegido a otro para ocupar su lugar y en parte porque me hizo despertar con una sonrisa impertinente en los labios.

    Temo confesarle a Joe que anoche le fui infiel, que otro ocupo su lugar en mis sueños, que me gustó.

  • Poemas para Joe. II

    Busco restos de tu voz en el aire
    la tarde pasa sin gloria y mi ventana se puebla de ruidos
    de gotas que no llegan a cristalizarse

    tengo ganas de contarte historias
    de dormir abrazada a vos

  • cuando uno lo moja todo

    Uno de mis hábitos insoportables y más arraigados a lo largo de los años es llevar siempre conmigo un pachón con agua pura, así como llevaba mi termo con fresco al colegio. El asunto es que los accidentes pasan, a mí siempre me pasan, y a veces se sale el agua del pachón.

    Hace algunos años mojé el sillón de atrás del carro de mi papá, y me di cuenta hasta el día siguiente, cuando él abrió su carro y tenía ese peculiar olor a perro mojado que no se quita con nada. Me vio y me dijo, con toda la seriedad y frustración de su alma, «es que vos todo lo mojás». Y si, para qué lo niego, yo todo lo mojo. El miércoles pasado venía tomando agua en el carro y de la garita al parqueo mojé unas hojas que acababa de imprimir, además del sillón de mi carro y mi bolsa. Cuando noté el desastre recordé la voz de mi papá y su famosa frase.

    El regaño ha estado dando vueltas en mi cabeza. Sé que con mi papá la sigo mojando al no graduarme de la U, al no darle nietos, al no cumplir la parte de la vida que espera de mí. La reflexión llegó a otros ámbitos de mi vida y concluí que con Juan Pablo nos mojamos mutuamente, tanto que aún estamos empapados. La mojé con Carlos, intenté no mojarla con Homero, pero aún no sé qué tanto lo logré.

    A mis amigos también les ha tocado algo de agua, sé que la mojé feo una vez con Marlon Francisco y espero que él no se acuerde. Sé que la mojo con Laura con esta manía de no llamarla. Con Guillermo la mojo de vez en cuando y por eso salimos a almorzar al jardín, para que el aire y el sol lo sequen.

    Muchos de mis libros tienen huellas del paso del agua por sus páginas. Los he mojado con lágrimas, vino, lluvia. Muchos de mis días tienen huellas del paso del agua en mi vida.