Autor: Adelaida Loukota

  • los viajes. Los planes. Variante 2

    Podría ser que Guate amanezca nublada y que yo decida salir en un vuelo que me lleve hasta Miami. Ahí pasaría unas cuatro horas en el aeropuerto y luego saldría con rumbo a Madrid. Una vez en suelo español buscaría una pequeña pensión para que sea mi base de operaciones. Caminaría mucho, mucho por la ciudad. Buscaría ventas de libros usados y parques con malabaristas. Luego tendría que conocer Granada y luego llenarme los ojos de Barcelona. Porque cuando tenía 16 decía que Barcelona era mi ciudad y que alguna vez tendría un pequeño apartamento allá.

    Después el camino debería llevarme a Marruecos, porque ya me soñé ahí alguna vez.
  • de viajes. Los planes. Variante 1

    Pudiera ser que decidiera un destino diferente. Podría partir de Guate en bus y llegar a Panamá. Pasar un par de días en cada país de Centro América. Encontrar a mis viejos amigos de El Salvador,  ir a comerme un par de pupusas con un par de chelas. Hacer una parada en Honduras y luego seguir recto, recto hasta el lago de Nicaragua. De ahí brincar a San José, a caminar por las calles que camina Luis Cháves, a buscar las paredes de las que habla ese poeta que me ha hecho llorar alguna vez.

    La escala final sería Panamá. Compraría un boleto de avión y saltaría hasta el viejo continente. Quizás me iría directo a Irlanda. Para tomar más chelas (solo que de las Guiness), para ver los campos, los ríos irlandeses, para ir a algún bosque a buscar hadas.
    Después iría a Escocia, a buscar a un príncipe escocés, aunque esté tan loco como el último rey de allá.
  • de viajes. Los planes

    Me gusta mucho hacer listas, me gusta ver programas de listas, leer listas (y que conste que las únicas listas que me joden son las que se sienten poemas, esas largas listas de palabras inconexas que algunos disfrazan de poesía). También me gusta hacer planes, largos y laboriosos planes.

    Entonces, si de viajar se trata, puedo hacer muchas listas de lugares y de formas para llegar a ellos. Hoy se me ocurre que el D.F. es un buen lugar para tomar un avión y dar el salto. He estado pensando en Europa y sus posibilidades. Quizás París sería un buen punto de partida para este viaje, para cumplir con el ideal «intelectual» latinoamericano de tanto poeta (de mí que me creo poeta a veces).

    Supongo que hay que ver la torre Eiffel, aunque sea una vez en la vida; y hay que comerse un croissant de desayuno, claro, con un café con leche; y hay que ir a los grandes museos y al Pere lachaise; y hay que quedarse a dormir en algún albergue para indigentes porque la policía te agarró cuando te disponías a dormir en una banca y con cinco euros en la bolsa no alcanza ni para el más cutre de los hostales.

    Si, supongo que hay que subirse al metro en París y ver a donde te lleva.

  • de viajes

    Hace unos días vinieron de visita unos primos a los que tenía muchos años de no ver. Su visita fue hermosa. No sólo porque es agradable toparse con gente que entiende tus chistes y tus anécdotas de infancia, porque comparten algo de esa intrincada genética que te hace insoportable, sino porque te recuerdan de alguna manera quien sos.

    Ellos revivieron mi viejo anhelo de viajar. No explicaré cómo ni porqué, las razones están de más cuando uno piensa en que hay algo que debería haber hecho hace mucho y no ha podido por cualquier excusa pendeja que se les ocurra.

    El caso es que quiero irme de esta ciudad. Encontrar puertas, encontrar nuevas banquetas para caminar y caminar. He estado pensando en las posibilidades (y aunque uno de mis peros sea del orden económico) empezaré a divagar hasta que logre subirme al avión, al bus, al carro o me decida a largarme a pie.

    Creo que el primer lugar al que iría, en orden de ir acoplando recuerdos con perspectivas de futuro, es a Oaxaca. Ahí me comería una torta con quesillo y me tomaría una foto en el parque, claro, como que ya fuera para la contraportada de mi libro.

    Luego caminaría algunos días por el D.F., porque sería bueno volver a caminar frente a Bellas Artes, volver a perderme en el metro.

  • (vos)

    Vos sos mi ojalá
    porque sos mi luna llena
    y ojalá que la luna
    pueda salir sin ti.

  • puertas

    Anoché pensé en vos antes de dormir. Hoy pensé en vos cuando abrí la puerta de mi cuarto y me dispuse a salir al mundo que queda afuera de mi nido. Sabés, yo he visto algunas puertas hermosas. Una tenía un timbre que el Chino y yo decidimos tocar y correr, complicidad instantánea con una mirada. Otra quedaba en la zona 10 y te arrinconé contra ella y te besé. Una muy angosta queda en la Antigua y otra más te encierra en mi corazón y no te deja salir.

    Seguro que un día de estos me lanzo al mundo a buscarte en las puertas que quedan abiertas en las callecitas italianas, en las que quedan cerradas en los aeropuertos, en las que guardan tesoros y princesas dormidas, en la que abre tu cuarto y mi certeza de hacerte feliz.

  • los nombres

    Soy del tipo de gente que le pone apodos a las personas especiales en su vida (no solo a mis novios). A estas alturas del mundo tengo a mi Sky walker, a mi Patojuelo (patohojuelo), a mi Maremoto, a mi Homaruga, a Canon, la niña del futuro (alias Pikis the future girl), al Bebuki o Bebu, a Memo el gordi.

    Este asunto me vino a la mente porque recordé una película en la que la mamá y el hijo se inventan una forma de decirse «te amo» con una palabra clave especial. Siempre he creído que estos apodos cariñosos son una forma de decirle a la gente que es especial y que la amas profundamente. Y bueno, creo que por eso mismo yo soy Ade, Ades, Adelou.

  • poemas para Joe. V

    cierro los ojos y descubro tus ojos
    cierro la boca y descubro tus besos guardados en mi lengua
    cierro la mano y soy incapaz de asir la tuya
    que se escapa
    que se aleja
    que se va
    cierro las ganas de verte con la certeza de esperarte
  • Joe de lejos

    Hace unos días Joe decidió irse a San Francisco. Vendió su granja de tilapias y compró un boleto de vuelta a casa. Extrañaba a su familia (por primera vez en muchos, muchos años), extrañaba las calles que sus pies recorrieron hace mucho, el Golden Gate, el parque cerca de su casa.

    Yo no estaba incluida en su valija, además, dicen por ahí que uno sólo conserva lo que no amarra, así que me quedo acá y comparto la carta de despedida para Joe.

    – Hoy –
    Hay noches en que no sueño, vos sabes, noches en que me duermo extrañándote y no logro llegar al blando lugar de nuestros encuentros nocturnos. Los días que le siguen a esas noches siempre están medio vacíos, como hoy, en que es casi la hora del café, pero llueve y no podré moverme de acá en un rato; y el murmullo de la lluvia se mezcla con la voz de Tracy Chapman, con mis ganas de verte de nuevo, con mis ganas de correr y encontrarte y no dejarte partir.
    En lugar de esta madura resignación elegiría que decidieras que no podes vivir sin mí; que no te fueras a miles de kilómetros de acá; que una tarde de éstas supieras que soy the one; que cada noche con vos durara lo que duran veinticinco días seguidos.
    Supongo que esta noche tampoco soñaré gran cosa. Quizás sea porque los días se me quedaron vacíos de pronto y no me bastan los consuelos y explicaciones que me encuentro en mi lado racional. Por lo pronto el corazón me ruega que no acepte tu ausencia como parte del proceso lógico de la vida, de una vida sin vos.
    Me gustaría encontrarte de nuevo, que te quedaras conmigo, que me besaras en la boca y supieras que no queres besar a nadie más, nunca más.
    Sin promesas, te espero.
  • te das cuenta

    Sucede que existe la madrugada. A esas horas, afuera, también debe existir la oscuridad y dentro de ella, deben existir miles de parejas que duermen juntas y se dan calor y se acarician y se sueñan.

    El reloj de los números rojos tiene más de media hora insistiendo en despertarme. Yo, que duermo con una playera que te robé y que guarda tu olor, pienso en escribirte poemas solitarios que hablen de lo hermoso de tu sonrisa y lo cálido de tus manos.

    Sucede que existe el frío cuando no estás.