Autor: Adelaida Loukota

  • temprano

    Me levanto
    Me baño
    Despierto

    Con suerte un poco de café. Con más suerte el día iniciará sin tráfico. Me estiro, me estiro y decido que es tiempo de salir al mundo. Siempre tengo cosas por hacer, pendientes, pendientes que no me dejarán en paz porque se reproducen como enajenados. La música será la de costumbre, porque es la que se sabe el camino para salir y volver. En la oficina pocas veces hay cosas nuevas, aunque puede pasar que en el camino pasen cosas extraordinarias.

    Esta mañana pensé en vos. Quizás no soñaste conmigo, ni me pensaste insistentemente toda la noche. Mi imagen no desveló tu lejanía. Pensé en que no pienso en vos con la frecuencia y reiteración que anuncian en las canciones y en las historias de enamorados. Pensé en que quizás vos no estarías pensando en mí. Pensé que eso está bien porque los lunes son terribles.

  • tardes de sol

    Afuera hay una tarde soleada como esas tardes soleadas de noviembre. No deja de hacer frío, no deja de parecer un regalo la luz de media tarde. Si, sería como para estar afuera, en el mundo.

  • todo lo que soy

    Las luces del carro que viene enfrente son un verdadero insulto, demasiado altas, demasiado fuertes, demasiado ineludibles.

    Cuando por fin pasan, puedo continuar con el tren de mis pensamientos. Es de noche, manejo en línea recta por una carretera que conozco de memoria. Pienso en que no estás. No vas a llamar para decirme que vayamos al cine o a comer. Pienso en tu ausencia y sus repercusiones en mi vida. Porque no he dejado de ser yo misma. Antes y después de vos he sido yo misma. La que no termina la tesis, la que llora con algunas películas, la insufrible e intolerante.

    Pasa otro carro y uno que me deja atrás. Paso de una línea a la otra y dejo algunas más para después.

  • las cartas que no te escribo

    No sé cuando recuperé las ganas de escribirte cartas, quizás cuando comprendí que en realidad no tengo nada importante que contarte o cuando dejaste de aparecer en mis días, en mis sueños con ratones de feria y fiestas electrónicas con muchos ambientes.

    Sé que te guardo en alguno de mis bolsillos cada mañana, que el silencio se mantiene igual estés o no estés. Sé que a veces tengo que evocarte para que tu nombre no se pierda en los abismos de mi memoria de teflón, en las carreras por llegar temprano a la oficina y resolver todos los problemas, todos los vacíos.

    Quizás me dieron ganas de escribirte el fin de semana, cuando quemé mis libretas de poemas, con todos los poemas y las páginas en blanco que no eran otra cosa que la posibilidad de nuevos poemas; cuando descubrí entre los papeles viejos la historia del circo y no tuve valor para quemarla; cuando recordé que siempre has sido como el sueño de darle la vuelta al mundo en un barco de vela.

  • los siete locos

    Y bueno, a veces habría que hablar más de Arlt, a veces habría que leer más a Arlt en vez de estar buscando pretextos para no leerlo.

    Sin embargo no será hoy. Hoy hablaré de los tres locos que me tocaron en el camino la semana pasada. El primero estaba en una banqueta de la zona 9 y se empeñaba en exprimir un panatalón (que se miraba seco) haciéndolo girar y estirándolo. El segundo estaba parado en el arriate central de la Roosevelt, debajo del puente del trebol. Estaba quieto, viendo de fernte a los carros que parecía se iban sobre él (éste pude ser yo, es fascinante ver a los carros pasar ). El tercero estaba caminando sin rumbo (por lo menos no se le miraba como que supiera exactamente a dónde iba) cerca de la universidad.

    Es curioso encontrar a este tipo de personajes en el camino diario. Es curioso saber que estoy más cerca de ellos de lo que imaginan, saber que podría convertirme en uno de ellos en cualquier momento. Y salir a caminar sin un rumbo determinado, sin que la lluvia me detenga, sin que el hambre o el sueño sean un problema.

  • Los nombres, los días

    Tendría que estar leyendo El nombre de la rosa, tendría que ser un poco más prudente y tenerlo en un formato físico, pero lo encontré en una página de intenet y lo bajé y ahora lo tengo en la pantalla frente a mí.

    Tendría que tener el libro entre las manos o estar trabajando o que pedirme un café, pero no logro más que subir y bajar las páginas con la mayor velocidad posible, para que las letras se conviertan en una autopista que pasa veloz bajo mi vista.

    Tendría que estar haciendo rótulos o investigando sobre el celibato de los curas o planeando alguna actividad, pero estoy frente a la computadora intentando convertirla en carretera, para que mi condición de ser que se despide no entre en conflicto con el trabajo, porque tendría que estar leyendo y hoy no quiero.

  • ¿y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?

    Hace unos días estaba viendo mis libros (porque guardo la costumbre ancestral de detenerme frente a mi librera para leer los títulos, ver los lomos, pensar en los que no he leído, en los que nunca me devolvieron, los que yo no devolví, los que no tengo, los que quiero tener y ese tipo de debilidades) y pensé que podría pasar algunos meses sin salir de mi casa y dedicarme a leer, unas 15 horas al día, digamos.

    Pensé que podría refugiarme (del mundo, de todo) entre cuatro paredes con mis libros que al final del día son mi isla personal. Sé que Saramago descubriría su propia isla desconocida, que Cortázar tendría una isla a medio día y que la de Eco sería la del día antes. Sé, que de alguna forma yo sobreviviría solo con su compañía, aunque tuviera que levantarme a darle de comer al gato de vez en cuando.

  • para leer poesía

    Tengo ganas de una tarde libre, una botella de vino, un monumento en las Américas a falta de parques y un buen libro de poesía.

    Quizás un poco de Sabines, para que el corazón se me llene de ternura. O un poco de Gelman para la nostalgia. Bukowski o Rojas para recordar que no tengo talento, que debería ser una gran poeta y solo tengo sueño por la tarde y necesito un poco de silencio.

    Después de eso, te escribiría las despedidas que no te escribo aún, todas las cartas que te debo, todos los días que nos dejamos para después.

  • Volver

    http://youtube.com/v/gQpmznpR99U

    ¡hay que ver cómo la cantaba Gardel!
    Esta grabación es de 1935.

  • Y si, te morías por voler, con la frente marchita, cantaba Gardel…

    Y entre citas de Borges hoy no amanecí muy en el mood Sabina (aunque siempre estoy en el mood Sabina). Hoy prefiero un buen tango cantado por Carlitos. Quizás porque veinte años no es nada y yo ya tengo unos cuantos más en el recuerdo. Quizás porque a veces prefiero imaginar una película en blanco y negro (casi como Casa Blanca) y pensar que alguna vez en mi vida ha habido amores que llenan el guión de la despedida a la perfección.

    Volver, de Carlos Gardel

    Yo adivino el parpadeo
    de las luces que a lo lejos
    van marcando mi retorno.

    Son las mismas que alumbraron
    con sus pálidos reflejos
    hondas horas de dolor.

    Y aunque no quise el regreso
    siempre se vuelve
    al primer amor.

    La vieja calle
    donde me cobijo
    tuya es su vida
    tuyo es su querer.

    Bajo el burlón
    mirar de las estrellas
    que con indiferencia
    hoy me ven volver.

    Volver
    con la frente marchita
    las nieves del tiempo
    platearon mi sien.

    Sentir
    que es un soplo la vida
    que veinte años no es nada
    que febril la mirada
    errante en las sombras
    te busca y te nombra.

    Vivir
    con el alma aferrada
    a un dulce recuerdo
    que lloro otra vez.

    Tengo miedo del encuentro
    con el pasado que vuelve
    a enfrentarse con mi vida.

    Tengo miedo de las noches
    que pobladas de recuerdos
    encadenen mi soñar.

    Pero el viajero que huye
    tarde o temprano
    detiene su andar.

    Y aunque el olvido
    que todo destruye
    haya matado mi vieja ilusión,
    guardo escondida
    una esperanza humilde
    que es toda la fortuna
    de mi corazón.

    Volver
    con la frente marchita
    las nieves del tiempo
    platearon mi sien.

    Sentir
    que es un soplo la vida
    que veinte años no es nada
    que febril la mirada
    errante en las sombras
    te busca y te nombra.

    Vivir
    con el alma aferrada
    a un dulce recuerdo
    que lloro otra vez.