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  • las cartas que no te escribo

    No sé cuando recuperé las ganas de escribirte cartas, quizás cuando comprendí que en realidad no tengo nada importante que contarte o cuando dejaste de aparecer en mis días, en mis sueños con ratones de feria y fiestas electrónicas con muchos ambientes.

    Sé que te guardo en alguno de mis bolsillos cada mañana, que el silencio se mantiene igual estés o no estés. Sé que a veces tengo que evocarte para que tu nombre no se pierda en los abismos de mi memoria de teflón, en las carreras por llegar temprano a la oficina y resolver todos los problemas, todos los vacíos.

    Quizás me dieron ganas de escribirte el fin de semana, cuando quemé mis libretas de poemas, con todos los poemas y las páginas en blanco que no eran otra cosa que la posibilidad de nuevos poemas; cuando descubrí entre los papeles viejos la historia del circo y no tuve valor para quemarla; cuando recordé que siempre has sido como el sueño de darle la vuelta al mundo en un barco de vela.

  • los siete locos

    Y bueno, a veces habría que hablar más de Arlt, a veces habría que leer más a Arlt en vez de estar buscando pretextos para no leerlo.

    Sin embargo no será hoy. Hoy hablaré de los tres locos que me tocaron en el camino la semana pasada. El primero estaba en una banqueta de la zona 9 y se empeñaba en exprimir un panatalón (que se miraba seco) haciéndolo girar y estirándolo. El segundo estaba parado en el arriate central de la Roosevelt, debajo del puente del trebol. Estaba quieto, viendo de fernte a los carros que parecía se iban sobre él (éste pude ser yo, es fascinante ver a los carros pasar ). El tercero estaba caminando sin rumbo (por lo menos no se le miraba como que supiera exactamente a dónde iba) cerca de la universidad.

    Es curioso encontrar a este tipo de personajes en el camino diario. Es curioso saber que estoy más cerca de ellos de lo que imaginan, saber que podría convertirme en uno de ellos en cualquier momento. Y salir a caminar sin un rumbo determinado, sin que la lluvia me detenga, sin que el hambre o el sueño sean un problema.

  • Los nombres, los días

    Tendría que estar leyendo El nombre de la rosa, tendría que ser un poco más prudente y tenerlo en un formato físico, pero lo encontré en una página de intenet y lo bajé y ahora lo tengo en la pantalla frente a mí.

    Tendría que tener el libro entre las manos o estar trabajando o que pedirme un café, pero no logro más que subir y bajar las páginas con la mayor velocidad posible, para que las letras se conviertan en una autopista que pasa veloz bajo mi vista.

    Tendría que estar haciendo rótulos o investigando sobre el celibato de los curas o planeando alguna actividad, pero estoy frente a la computadora intentando convertirla en carretera, para que mi condición de ser que se despide no entre en conflicto con el trabajo, porque tendría que estar leyendo y hoy no quiero.

  • ¿y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?

    Hace unos días estaba viendo mis libros (porque guardo la costumbre ancestral de detenerme frente a mi librera para leer los títulos, ver los lomos, pensar en los que no he leído, en los que nunca me devolvieron, los que yo no devolví, los que no tengo, los que quiero tener y ese tipo de debilidades) y pensé que podría pasar algunos meses sin salir de mi casa y dedicarme a leer, unas 15 horas al día, digamos.

    Pensé que podría refugiarme (del mundo, de todo) entre cuatro paredes con mis libros que al final del día son mi isla personal. Sé que Saramago descubriría su propia isla desconocida, que Cortázar tendría una isla a medio día y que la de Eco sería la del día antes. Sé, que de alguna forma yo sobreviviría solo con su compañía, aunque tuviera que levantarme a darle de comer al gato de vez en cuando.

  • para leer poesía

    Tengo ganas de una tarde libre, una botella de vino, un monumento en las Américas a falta de parques y un buen libro de poesía.

    Quizás un poco de Sabines, para que el corazón se me llene de ternura. O un poco de Gelman para la nostalgia. Bukowski o Rojas para recordar que no tengo talento, que debería ser una gran poeta y solo tengo sueño por la tarde y necesito un poco de silencio.

    Después de eso, te escribiría las despedidas que no te escribo aún, todas las cartas que te debo, todos los días que nos dejamos para después.

  • Volver

    http://youtube.com/v/gQpmznpR99U

    ¡hay que ver cómo la cantaba Gardel!
    Esta grabación es de 1935.

  • Y si, te morías por voler, con la frente marchita, cantaba Gardel…

    Y entre citas de Borges hoy no amanecí muy en el mood Sabina (aunque siempre estoy en el mood Sabina). Hoy prefiero un buen tango cantado por Carlitos. Quizás porque veinte años no es nada y yo ya tengo unos cuantos más en el recuerdo. Quizás porque a veces prefiero imaginar una película en blanco y negro (casi como Casa Blanca) y pensar que alguna vez en mi vida ha habido amores que llenan el guión de la despedida a la perfección.

    Volver, de Carlos Gardel

    Yo adivino el parpadeo
    de las luces que a lo lejos
    van marcando mi retorno.

    Son las mismas que alumbraron
    con sus pálidos reflejos
    hondas horas de dolor.

    Y aunque no quise el regreso
    siempre se vuelve
    al primer amor.

    La vieja calle
    donde me cobijo
    tuya es su vida
    tuyo es su querer.

    Bajo el burlón
    mirar de las estrellas
    que con indiferencia
    hoy me ven volver.

    Volver
    con la frente marchita
    las nieves del tiempo
    platearon mi sien.

    Sentir
    que es un soplo la vida
    que veinte años no es nada
    que febril la mirada
    errante en las sombras
    te busca y te nombra.

    Vivir
    con el alma aferrada
    a un dulce recuerdo
    que lloro otra vez.

    Tengo miedo del encuentro
    con el pasado que vuelve
    a enfrentarse con mi vida.

    Tengo miedo de las noches
    que pobladas de recuerdos
    encadenen mi soñar.

    Pero el viajero que huye
    tarde o temprano
    detiene su andar.

    Y aunque el olvido
    que todo destruye
    haya matado mi vieja ilusión,
    guardo escondida
    una esperanza humilde
    que es toda la fortuna
    de mi corazón.

    Volver
    con la frente marchita
    las nieves del tiempo
    platearon mi sien.

    Sentir
    que es un soplo la vida
    que veinte años no es nada
    que febril la mirada
    errante en las sombras
    te busca y te nombra.

    Vivir
    con el alma aferrada
    a un dulce recuerdo
    que lloro otra vez.

  • las calles después de llover

    Venía para la oficina hoy por la mañana, me pasé de largo un alto sin darme cuenta y luego un par de semáforos en rosadito (como diría mi amiga Laura). No es que tuviera prisa por llegar a sentarme frente a la computadora, pero tampoco tenía una especial intención de no venir.Creo que simplemente fue que mi camino de todas las mañanas amaneció mojado por la lluvia y yo me percaté de ello.

    Hoy lo importante fue ver que el mundo se lava la cara eventualmente para que los seres que rodamos por él sintamos que hay días en que se puede vivir y poco importa lo demás. Seguro lloverá a medio día, seguro no podré salir a caminar bajo la lluvia, pero de alguna forma mañana me contagiaré un poco de la humedad de estos días en que me descubro.

  • Todavía una canción de amor

    Estoy tratando de decirte que me desespero de esperarte, que no salgo a buscarte porque sé que corro el riesgo de encontrarte; que me sigo mordiendo noche y día las uñas del rencor; que te sigo debiendo todavía una canción de amor.

    El Xibal siempre dijo que el tal Pablo se le había adelantado a escribir Yolanda. Yo tengo una lista un poco más extensa de canciones que debí escribir antes que muchos, de historias que sólo yo tendría que haber contado.

    Hoy pensé en vos y en mi manía de no escribirte. Pensé en que he dejado de buscarte, porque sé que al llamarte me vas a decir que no. Pensé en que de alguna forma te sigo debiendo una canción de amor porque debería enamorarte como nadie te ha enamorado jamás.

  • Manifiesto

    Tengo 27 años y contando. No me suicidé como los grandes del rock al llegar a esta dorada edad, pero tampoco dejé de creer en vos como en la poesía ni de preferir las caricaturas a los noticieros. Me gustan las mañanas, las madrugadas después de un buen sueño, soy mala para la noche y para lidiar con el desvelo.

    Me gusta que llueva y que las tardes sean largas. Me gusta el vino, los dulces de anís y creer que todo se resuelve con darle un par de golpecitos a la tele cuando no quiere encender. Tengo algunos hábitos insoportables como tomar café a las 3 p.m. o marcar con un lapicero rojo los errores gramaticales de las revistas. Leo porque no conozco otra forma de vivir.

    Soy completamente aburrida y hago cosas abrurridas todo el tiempo. No bailo, no hago rafting, no me voy de juerga. En cambio puedo pasar horas viendo películas o documentales de la selva, tomando vino en algún monumento o armando rompecabezas. Puedo oir la misma canción hasta 30 veces seguidas.

    Espero, todo el tiempo espero. A veces me enojo con la vida y conmigo misma y creo que «todo» es la palabra que explica «todo»; soy ambigua e incrédula; cínica y lo bastante sarcástica para que nadie sepa qué me tomo en serio y qué no. Sé cómo estar sola todo el tiempo y cómo encontrar todo lo que pierdo. Sé cómo destruir todo lo que me rodea y cómo meterlo todo en una frase.

    Si, a veces necesito hablar de mí.