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  • cuando uno lo moja todo

    Uno de mis hábitos insoportables y más arraigados a lo largo de los años es llevar siempre conmigo un pachón con agua pura, así como llevaba mi termo con fresco al colegio. El asunto es que los accidentes pasan, a mí siempre me pasan, y a veces se sale el agua del pachón.

    Hace algunos años mojé el sillón de atrás del carro de mi papá, y me di cuenta hasta el día siguiente, cuando él abrió su carro y tenía ese peculiar olor a perro mojado que no se quita con nada. Me vio y me dijo, con toda la seriedad y frustración de su alma, «es que vos todo lo mojás». Y si, para qué lo niego, yo todo lo mojo. El miércoles pasado venía tomando agua en el carro y de la garita al parqueo mojé unas hojas que acababa de imprimir, además del sillón de mi carro y mi bolsa. Cuando noté el desastre recordé la voz de mi papá y su famosa frase.

    El regaño ha estado dando vueltas en mi cabeza. Sé que con mi papá la sigo mojando al no graduarme de la U, al no darle nietos, al no cumplir la parte de la vida que espera de mí. La reflexión llegó a otros ámbitos de mi vida y concluí que con Juan Pablo nos mojamos mutuamente, tanto que aún estamos empapados. La mojé con Carlos, intenté no mojarla con Homero, pero aún no sé qué tanto lo logré.

    A mis amigos también les ha tocado algo de agua, sé que la mojé feo una vez con Marlon Francisco y espero que él no se acuerde. Sé que la mojo con Laura con esta manía de no llamarla. Con Guillermo la mojo de vez en cuando y por eso salimos a almorzar al jardín, para que el aire y el sol lo sequen.

    Muchos de mis libros tienen huellas del paso del agua por sus páginas. Los he mojado con lágrimas, vino, lluvia. Muchos de mis días tienen huellas del paso del agua en mi vida.

  • Yo

    Soy la que a veces se despierta pensando en sí misma como quien piensa en otra persona. Ocuerre entonces que comprendo que soy muchas a la vez. Soy la que maneja como si hubiera perdido el juicio, la que ama los dulces de anís y la que no sale de su casa sin desayunar. También sé en esos momentos que soy invisible. Pocos saben de mi existencia, pocos me notan si me ven por la calle.

    Me enamoro a diario y me construyo castillos en el aire. Soy la que te extraña con especial testarudez, la que te llevará siempre la contraria y estará dispuesta a abrazarte cuando haga falta. No soy tan mala amiga, aunque a veces hay que agunatarme cada cosa. Soy la que no llama, la que dará muestras de existencia de maneras muy distintas.

    Soy la que cree que sus amigos están bien, porque la gente que uno quiere merece ser feliz aunque aún o encuentre la receta. Si, soy la que se repite con cierta frecuencia, la que no abandona los mismos temas, la que ama la poesía aunque a veces no encuentre las palabras justas.

  • llueve

    Llueve y me parece hermoso que llueva. Mi ventana está gris por fuera y las plantas replican las gotas que caen sobre ellas. Esta mañana venía pensando en el camino que recorro todos los días mientras el sol me derretía sobre el asiento del carro. Ahora es curioso pensar en ello porque la brisa me recuerda que el mundo puede ser un lugar frío y húmedo de vez en cuando, que mi corazón está frío y húmedo de vez en cuando.

    Supongo que el jardín está vacío ahora, que el tráfico estará insoportable en un rato, que es un buen momento para reiterar mis ganas de verte, mis ganas de contarte un cuento en el que seás gaviota y yo sea el viento que te ayuda a planear sobre los barcos detenidos en puertos remotos.

  • Poemas para Joe. I

    Tomás mi mano
    tu voz tiende puentes
    que salvan mis horas muertas en el tráfico

    a medio camino
    me encuentro con una luna
    que parece la sonrisa del gato de cheshire
    y me dan ganas de verte
    me dan ganas de dejar que pase el tiempo

    anoche llovió
    escuché la lluvia por horas

  • La foto de Joe

    Por cierto, me olvidé de decirles que la foto de Joe la tomé prestada de Flickr, es parte de una serie que se llama street kids, de Stoneth. Vean el resto de la serie en http://www.flickr.com/photos/stoneth/sets/72057594094012011/

    La historia, me la robé de mis propios anhelos. Igual me invento otra y les cuento.

  • Joe

    En los últimos días me han preguntado con alguna frecuencia quién es aquel a quien le escribo en el blog. Quieren saber si tiene nombre y apellido, una dirección, un lugar en mi pasado, presente y futuro. Pues bien, hoy confesaré toda la verdad.

    Le escribo al chavo de la foto. Se llama Joe, tiene 34 años y nació en San Francisco. Proviene de una familia irlandesa y es biólogo marino. Ha viajado por el mundo, trabajó en diversos puertos de Australia, en barcos pesqueros y en cruceros, hasta que decidió que el negocio de la vida era cultivar tilapias en Amatitlán. Ahorró un poco y luego viajó a Guate, alquiló un pequeño chalet junto al lago (era más barato que vivir en Pana, digo, con lo contaminado del lago y lo cercano a la ciudad se las arregló fácil). Lo conocí hace unos seis meses.

    Un domingo por la tarde fui sola al cine y por azares del destino él se sentó a mi lado. Como soy una llorona irremediable al final de la película necesitaba un momento para enjugar mis lágrimas y él se ofreció a invitarme un café. Nos enamoramos en el Café Saúl de Miraflores. A partir de ese día ha sido mi amor, mi cómplice y todo.

    Es increíblemente tierno y como no es artista, lo que escribo le parece una maravilla. No somos «novios», porque nuestra relación va más allá de los convencionalismos, simplemente sabemos que la vida con el otro es mejor que andar solos, cada quien por su lado. Me gustan sus dedos, verlo fumar, sentarme a escribir en el muelle cuando lo visito en su casa y que él se siente a mi lado y me abrace.

  • luna llena

    La luna ha estado llena, terriblemente llena y amarilla. Creo que por eso es posible que yo haya tenido tantas ganas de hablar con vos, de platicar y platicar. Me hubiera gustado tenerte a mi lado en el jardín para ver la luna, para tendernos sobre la grama y contarnos cosas irrelevantes, grandiosas, para contarnos esos silencios que solo nosotros dos entendemos.

  • autocrítica

    Nunca quise ser una escritora dominguera. Es más, no quiero ser una escritora dominguera; así que a pesar de lo irreverente que soy con mi trabajo, más cuando me toca presentarlo en público, a pesar de los chistes que hago a mis costillas y lo mucho que me río de mí, me lo tomo en serio.

    Hoy una amiga me invitó a leer mis poemas en un colegio y, como siempre, me burlé mucho de mí misma, de mis poemas de desamores, de reconocerme «poeta». Creo que esta vez, por lo menos en parte, fue porque anoche, cuando estaba recolectando los textos que leería hoy, comprendí que sigo siendo la bruja que te escribe y te extraña. Esa loca que no ha superado bien eso de tu partida, eso de la soledad de todos los días.

    En un sincero ataque de autocrítica pensé que llevo algo más de diez años escribiendo, que tengo poemas suficientes para un par de libros, aunque no sé si los publicaré alguna vez, que de alguna extraña manera el dolor sigue intacto. Me di entre ternura y angustia. Por suerte en la mañana ya había digerido el sentimiento y le leí mis poemas a niñas que están en el momento justo para encontrar la poesía. Quizás no la mía, aunque por algún lado hay que comenzar. Y bueno, hasta yo admito que tengo un par de poemas que salvaría de la hoguera.

    Como no me gusta especialmente hablar mucho de mí, mejor comparto algunos de los poemas que leí:

    (como no tienen título, el cambio de color es para diferenciar unos de otros)

    No sé si es posible decir algo hermoso
    a partir de un cesto de ropa sucia
    de una cama deshecha
    de una ventana que por fuera está oscura
    y se llena de ruidos para ocultarme el mundo

    a veces creo
    a pesar de lo cual no entiendo los mecanismos de la luz
    o mis ganas de contarte cuentos

    sé qué calles camino
    cómo buscar series de palabras inconexas
    sé dónde no estás



    Se pasó el día entero y no llamé a mi madre
    el gato sigue mordiéndome los pies
    aún tengo ganas de salir corriendo

    intento dormir
    pero escucho una llave que se abre
    y un chorro de agua que corre
    que también podría ser la cena friéndose en un sartén

    sueño que te beso
    porque es el mejor final de los cuentos
    un perro ladra
    la noche se arrastra
    no duermo
    no me voy

    Es así
    salir a la calle y encontrar una puerta abierta
    brincar hasta despostillar el suelo
    esperar que no vengan a detenernos

    hay mañanas en que cuesta menos
    decidirnos a intentar hazañas
    convertirnos en gatos
    solo para saltar


    Hablo conmigo misma
    para no perderme en el azar de las lecturas
    me hablo de la soledad y otros males menores
    porque en realidad no quiero saber por qué me cambia la letra
    o por qué me llueve tanto

    Cuántas veces tendré que perderlo todo
    para no dejar que me cierren los ojos

  • las canciones de amor

    Vuelvo a casa
    es la hora en que los camiones despiertan
    y la carretera se convierte en estampida
    ajena a la prisa pienso en vos

    nunca me gustó fumar
    prefiero verte hacerlo
    tomar el cigarro
    llevarlo a tus labios
    suspender el tiempo mientras el humo recorre tu cuerpo
    dejarlo ir

    el vértigo me atraviesa
    pronto lo hará la certeza de tu ausencia
    las ganas de verte fumar

  • señales

    Cuando llegué al parqueo hoy por la mañana y me bajé del carro, lo primero que escuché fue el rechinido de una carretilla de mano, ruido peculiar y ajeno a mis mañanas. Luego, mientras caminaba hacia la oficina, escuché la caída de agua en el estanque debajo de la biblioteca. Cuando encendí mi compu y puse música (con café en mano he de decir) la canción con la que Itunes me dio la bienvenida fue el amor después del amor.

    No suelo buscar señales en mis días, admito que a veces no tengo tiempo siquiera para notar las cosas evidentes como para ponerme a buscar las que no están tan a la mano, pero a veces es bueno recordar que el amor después, del amor tal vez, se parezca a este rayo de sol.

    Sé que no sos el príncipe azul con el que sueño, ni siquiera te has de acercar a una versión resumida de esa idea que me ronda en la cabeza. Sé que no has de estar cerca, que no te puedo convencer. Sé que llegarás una mañana de éstas, buscando una dirección o compañía para tomar café. Sé que tengo momentos de debilidad y desespero, pero también sé que estás en el mundo esperando por mí.